El Comercio

Acento asturiano sobre el tatami

Armando Carriles, a la puerta de un templo en Tokio.
Armando Carriles, a la puerta de un templo en Tokio.
  • El krav magá ya se codea en Japón con artes marciales más arraigadas. El instructor gijonés Armando Carriles impartió en Tokio una clase de esta disciplina de combate ante un grupo de alumnos nipones

Cuando se habla de artes marciales en Japón, muy pronto se recrea en la imaginación el tradicional dojo, con paredes y suelo de madera y su maestro sensei al frente de los alumnos. Así es todavía, pero también se ha dado paso a unos gimnasios más remozados, enfocados a deportes de contacto más ‘jóvenes’ como el kickboxing y las artes marciales mixtas (MMA). Y aquí también entra en escena el krav magá.

Así lo pudo comprobar de primera mano Armando Carriles. El instructor de krav magá Gijón impartió el mes pasado en Tokio una clase de esta disciplina de combate ante un grupo de alumnos japoneses. «La diferencia cultural, en el ámbito de las artes marciales, no tiene nada que ver con otros países como en España. En Japón hay un componente de respeto y de admiración hacia la gente que pelea bien», asegura Carriles.

En un país donde el sumo es deporte nacional –sus luchadores «son como ‘dioses’»–, e imperan disciplinas como el karate y el judo, el krav magá ha comenzado a codearse para ganar adeptos. «Es complicado que allí entre un sistema de combate o un arte marcial externo, porque por cultura tienen muy arraigado el karate, el jiu jitsu y el kendo», recuerda el instructor, pero asegura que «a nivel de eficacia el krav magá está muy, muy valorado, y ha comenzado a entrar poco a poco».

Acostumbrado a viajar por otros países, Carriles se sorprendió del nivel mostrado por sus alumnos en el gimnasio de Tokio, ya que se encontró con personas que «llevan años realizando artes marciales, prácticamente desde que comenzaron a caminar», por lo que «los movimientos siempre se cogen más rápido, se interiorizan mucho mejor». Además, recuerda que allí «es raro encontrarse a alguien que no ha practicado un arte marcial desde pequeño».

Acento asturiano sobre el tatami

La idea de viajar al país asiático partió de la empresa japonesa de eventos Tokyo Nightcrawlers, que se puso en contacto con el instructor asturiano. «Al principio pensé que se trataba de una broma de un amigo, pero me mandaron la información por email y la idea prosperó», describe Carriles.

Una vez allí, después de 22 horas de viaje, lo primero que le llamó la atención nada más aterrizar fue el contraste cultural. El silencio de los pasajeros en el metro y «la gente que iba disfrazada, con total naturalidad, al lado de personas trajeadas».

El instructor tenía programado impartir cuatro seminarios, pero por motivos personales debió regresar antes de lo previsto a Asturias. Pese a todo, el balance de su clase en Tokio, con dos grupos de diferentes niveles, fue bueno. Para dar las instrucciones a sus alumnos se ayudó de una traductora, «pero todo es algo muy visual, sin tener un dominio muy grande del idioma puedes hacerte entender».

Armando Carriles, que en los gimnasios de Gijón en los que da clases cuenta con cerca de 150 alumnos, confía en volver pronto al país nipón para completar las sesiones pendientes. Aunque sus viajes no terminarán aquí, ya que también tiene propuestas de ciudades como Moscú y Estocolmo. «Es raro que a un instructor español le llamen de fuera», valora.

De esta forma, una disciplina surgida en sus inicios en territorio israelí se expande poco a poco por el resto del mundo, incluso en el país del sol naciente, donde las artes marciales tradicionales tienen enorme arraigo.

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