Mayweather gana a McGregor por KO técnico en el décimo asalto y sigue invicto

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El combate programado a 12 asaltos dentro de la categoría del peso mediano junior se disputó en el T-Mobile de Las Vegas, que no registró un lleno como se había anticipado

JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Nada que no se esperara. Al final, todos contentos. Mayweather porque corona su carrera deportiva desbancando del libro de los récords a Rocky Marciano con su flamante 50-0 y McGregor porque evitó besar la lona aunque perdiera por k.o. técnico en el décimo asalto. El itinerario fue una extraña mezcolanza en la que imperó el vale todo propio del showtime. Lentejuelas, brillos, luces y efectos especiales. Que no decaiga el espectáculo aunque se aleje de las lindes del boxeo. Tampoco el noble arte acabó muy dañado con esta pantomima de enfrentar a dos rivales incompatibles sobre un cuadrilátero. Por portar zapatillas, coquilla, calzón y guantes sobre manos vendadas no se es púgil. Que se acepta para que corra el dinero y se da por válido pulpo como animal de compañía, perfecto. A fin de cuentas, ‘The Beste Ever’ se lo guisa y se lo come como promotor de la millonaria reunión en Las Vegas. Otra cosa es su concepto de imagen y sus pintas con pasamontañas en el lote en su llegada al cuadrilátero, mientras el irlandés era más aaséptico,sólo con su bandera a los hombros. Tampoco es un escarnio sacar doce euros de la hucha para comprar una velada que pobló de salones iluminados la geografía de medio mundo, aquí pasadas las seis de la mañana.

Recordó mucho el arranque de la cita al no menos histórico pulso -aquel con verdaderos motivos- del pluricampeón de Michigan Contra Manny Pacquiao en 2015, al que el de esta madrugada desbancó al superar la barrera de los 500 millones de dólares recaudados en el pago por visión. Entonces, Mayweather optó por la cautela, por dejar al héroe del pueblo que soltara lo más pesado de su carga, que llevara la iniciativa mientras él se encargaba de convertir en magia su facilidad para esquivar y rodar golpes, la clave para dejar el boxeo 50 combates después sin una marca fea en su rostro. En esta ocasión contó con la ventaja de que su oponente era un tosco engendro incapaz de saber moverse y tomar las distancias. Valiente como ningún otro, cierto. Pero el irlandés estuvo fuera de lugar asalto tras asalto.

De haber tenido visos de pelea oficial, seria, académica, no habría pasado del tercer asalto. McGregor apuntillaba una y otra vez la nuca de Mayweather como cuando de pequeños asistíamos con estupor al ritual de dejar el conejo listo para la cazuela tras un capotón certero entre las orejas. Visiblemente subido de peso en las 24 horas previas al pesaje -se comentaba que llegó al ring con cinco kilos más que le hacían ganar en potencia y perder en movilidad-, el irlandés recordaba a los gigantes con pies de plomo, descendientes de los guionistas que explotaron el fenómeno Frankestein, que en las viejas películas en blanco y negro trataban de perseguir en vano a su posible víctima que acababa escapando o convertida en verdugo.

Loable el dublinés por ser el que colocó las primeras manos, testimoniales. Su ardor guerrero seguía al pie de la letra el himno de su país -“Hoy cruzamos el foso mortal por la causa de Irlanda, aunque haya dolor o herida”- en la voz de Imelda May, a la que disfrutamos dos meses atrás en el Music Legends de La Ola. Victoria de la tricolor en esa faceta, ganando por k.o. a Demi Lovato. Mayweather no quería sorpresas y, como reconoció tras el combate, optó por hacer salir de su madriguera al europeo. Buscaba su fatiga más que un descuido. Y eso que con la no guardia que planteaba su cara era una diana constantemente al alcance. Pero se tomó su tiempo mientras hacía escrutinio de collejas ante la inmensa paciencia, seguramente pactada además, del árbitro Robert Byrd, al que se le amontonaba el trabajo cada vez que los peleadores clincheaban, lo que McGregor aprovechaba por instinto heredado del MMA (Artes Marciales Mixtas) en el que se mueve como campeón, para voltear al norteamericano y enviarle un par de recuerdos al cuello.

Al boxeo se le esperaba en el T-Mobile de Las Vegas, con las primeras filas de ring convertidas en una reunión asamblearia de la NBA. No fue hasta el cuarto asalto cuando ‘Te Pretty Boy’ decidió imponer la lógica. Le puso la cara roja a su oponente con el único precio de comerse un directo de izquierda. McGregor iba y venía, siempre por veredas heterodoxas, con la zurda adelantada en plan papamoscas aunque tenía su efecto como atención disuasoria. En adelante, cada round supuso un paso más del estadounidense. Despidió el quinto con un empujón al pecho del irlandés y en el sexto las muecas, gestos y lenguas asomando fuera de la boca teletransportaron a ambos a la puerta de alguna cantina portuaria de mala muerte.

Pero McGregor ya había recibido el aviso. En ese sexto asalto sintió como son veinte segundos seguidos de acoso sin un triste parapeto tras el que protegerse, con su guardia vencida y la necesidad de recular huyendo del castigo. En el séptimo siguió el repaso y derivó en la evidente falta de aire de McGregor, realmente cansado ya. Estaba maduro si Mayweather se decidía a coronar el asedio. Le dio cuerda en el octavo y en el noveno fue el que iba para fontanero en Dublín el que quiso sorprender de salida. Pero sólo consiguió enfadar al creador del lenguaje del dinero, para entonces ya decidido a que la pelea no llegara al límite de los doce asaltos.

Piernas de trapo y necesidad de agarrarse para no precipitarse al vacío. Se salvó en el noveno, pero no pasó del décimo. Mayweather, excitado con la inminencia del k.o., buscó un desenlace que faltaba en su expediente desde que hiciera dormir a Víctor Ortiz en septiembre de 2011. McGregor ya no tenía nada que ofrecer. Dio vuelta y media al cuadrilátero impulsado hacia atrás por los crochets que percutían de lleno en su mentón sin posibilidad alguna de contestar ni de cubrirse. Así, Byrd decidió que era suficiente y se interpuso a la nueva oleada que llegaba parando la pelea, que no llegó al rango de combate.

Toda la bravuconería extendida por el mundo durante dos meses de comercialización del evento se desvaneció en cuanto hubo desenlace. McGregor se sintió orgulloso de seguir en pie cuando se decretó su k.o. técnico y agradeció a su legión de seguidores, mayoría en la reunión en Las Vegas, por haberse dejado sentir para orgullo de un país. Y Mayweather le elogió. “He elegido la mejor pareja para mi último baile”. Ya no habrá más.

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