Un sueño enterrado bajo la nieve

Rosa Fernández planea su regreso al K-2 para completar un reto truncado en 2014

Panorámica de los lagos de Gokyo, con la montañera Rosa Fernández, de espaldas.:/Rosa Fernández
Panorámica de los lagos de Gokyo, con la montañera Rosa Fernández, de espaldas.: / Rosa Fernández
Dani Busto
DANI BUSTOGijón

Una avalancha truncó su aventura y dejó a medias el reto de coronar el K-2 en 2014. La montañera Rosa Fernández se quedó desde entonces con esa espina clavada que ahora tratará de sacarse con una nueva expedición a la emblemática cumbre de esta montaña, considerada como la más difícil y una de las más peligrosas del mundo.

Junio ya está marcado en rojo en su calendario. Será el mes en el que emprenderá su aventura a la segunda cima más alta del planeta. Pero mientras recauda patrocinios y financiación, la montañera asturiana ya ha puesto en marcha otros proyectos de diferente calado. El más reciente fue el viaje realizado a la región del Khumbu, en el corazón del Himalaya. Allí estuvo acompañada por siete deportistas (seis mujeres y un hombre) de su club ciclista, el Una a Una, con quienes vivió, el pasado noviembre, tres semanas llenas de esfuerzo, confraternización y solidaridad.

En esta ocasión, las bicicletas se quedaron aparcadas a un lado. El equipo realizó una ruta de senderismo por zonas tan dispares como los lagos de Gokyo y los valles de glaciares, y alcanzó una altura máxima de 5.400 metros en el balcón del Kala Patthar. «Atraviesas lugares espectaculares», recuerda Rosa Fernández, quien explica los contrastes vividos durante todo el recorrido: «Es una maravilla. Es un territorio duro porque estás en altura y está frío, pero a la vez es muy agradable porque cada dos horas de camino hay casas de té, donde puedes comer y descansar un rato».

Arriba, el equipo de Rosa Fernández sube al Chola Pass, camino de Zongla, durante su aventura por la región de Khumbu, el pasado noviembre. Abajo a la izquierda, las integrantes del Una a Una, en la cumbre del Gokyo, a 5.357 metros de altura. / Rosa Fernández

Para ella, acostumbrada a afrontar retos muy exigentes, este viaje fue casi un ‘entrenamiento’ más. Sin embargo, para sus acompañantes, se trató de la primera experiencia en este tipo de aventuras. Algunas de sus compañeras se adaptaron mejor que otras, y el objetivo era realizar «un trabajo en equipo», en el que todo el mundo debía ir al mismo paso para superar las dificultades.

Del mismo modo, la canguesa suele realizar expediciones en solitario, acompañada por un sherpa.Pero en esta ocasión fue ella misma la encargada de realizar esas tareas de guía. «Son viajes muy diferentes. Estoy acostumbrada a estar sola, a pasarme dos meses en la montaña, y esto fue totalmente diferente, porque vas con gente, te preocupas por todos y tratas de hacer un buen trabajo en equipo», comenta la montañera.

En una región emplazada junto a un entorno envidiable, al que acuden numerosos fotógrafos para inmortalizar de una sola tacada las siluetas del Everest, el Cho Oyu, el Lhotse y el Makalu, entre otras cimas, también hay tiempo para la solidaridad. El club Una a Una colabora allí con la ONG Maiti Nepal, que trabaja en favor de la infancia y lucha contra la opresión, tráfico y esclavitud sexual de niños y niñas de la zona. Y allí, en Kathmandú, el equipo realizó una de sus primeras paradas para recoger las pulseras, elaboradas por los jóvenes, que después se venderán en España.

«Un reto gordo»

Ahora, Rosa Fernández pone su mirada en la cima del K-2. Asegura que se quedó con «muchas ganas de volver» a esa montaña, y asume que tiene por delante un «reto gordo». Previamente, esta primavera regresará a Nepal para encumbrar el Dhaulagiri, un pico de casi 8.200 metros. Después, si logra los patrocinios necesarios –acudir al K-2 resulta más caro que hacerlo a otros ochomiles–, pondrá rumbo a Pakistán para desenterrar, durante el próximo verano, ese sueño que una avalancha dejó bajo la nieve.

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K2, Himalaya

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