Una vida unida al kárate

Ricardo García durante una clase con los alumnos más pequeños en el Santa Olaya. /  AURELIO FLÓREZ
Ricardo García durante una clase con los alumnos más pequeños en el Santa Olaya. / AURELIO FLÓREZ

El gijonés Ricardo García fue premiado por segunda vez en la Gala de Maestros por su ejemplar trayectoria

CÉSAR SÁNCHEZ GIJÓN.

Ricardo García (Gijón, 1961) lleva un buen número de años instalado entre los más destacados instructores del kárate español. Así se lo reconocieron el pasado fin de semana en la Gala de Maestros, celebrada en Santander, donde recibió por segunda vez un reconocimiento por su trayectoria, premiando así los méritos que ha acumulado en toda una vida dedicada a esta disciplina deportiva. «Es una enorme satisfacción y una responsabilidad haber recibido el premio. Lo recogí con la humildad y la ilusión de seguir trabajando día a día para seguir aprediendo», señala García sobre esta distinción de la que pueden presumir muy pocos karatecas.

Para este gijonés, el kárate es una auténtica filosofía de vida. Como deportista en activo, estuvo en el equipo nacional y participó en campeonatos internacionales como el Mundial de 2004 para, posteriormente, decidir retirarse de la competición en el Europeo de Bochum de 2009. Lleva dos décadas impartiendo clases en Gijón a través de las cuales intenta transmitir a sus alumnos su pasión por esta disciplina que cuenta con muchos adeptos en Asturias.

En el Santa Olaya cumple una década como responsable de la actividad. Allí tomó el relevo de otro de los grandes del kárate regional como Fernando Blanco. Ricardo García en este tiempo ha logrado que se convierta en una de referencia en la entidad del Natahoyo como lo constata el hecho de que más de un centenar de socios han alcanzado el cinturón negro bajo su tutela. Sin ir más lejos, una docena de karatecas del Santa Olaya superaron con éxito el examen para alcanzar este grado hace pocas semanas.

Ricardo García admite que la clave para mantener viva su pasión por el kárate es sencillo: «Seguir a un alto el nivel de entrenamiento». «Me obligo a realizar las clases con mis alumnos», detalla el técnico, consciente de que la única posibilidad de mantenerse en la escuela de instructores pasa por estar el mejor nivel. «Es un deporte que siempre tienes que estar en movimiento», subraya.

«Es muy gratificante estar en contacto con los más jóvenes y trasmitirles todos los valores del kárate. Es un deporte en el que no hay atajos. La mejora viene con el trabajo diario y en eso lo maestros nos mostramos inquebrantables a la hora de alcanzar los distintos cinturones», desgrana.

No se pone límites

Su vida es el kárate y no se pone límites. Lleva con discreción ese séptimo dan reservado a muy pocos maestros en España. De hecho, admite que nunca se ha puestos el cinturón rojiblanco, propio de este grado, que en lugares como Okinawa, cuna del kárate, llevan los instructores que también ostentan esa categoría.

Sus ganas de estar en formación constante, le ha llevado en los últimos meses a lugares como Estados Unidos y a Bruselas, entre otros lugares. En la capital belga logró una cualificación que le permitirá dentro de dos años intentar subir otro peldaño y alcanzar el sexto dan en Japón, donde existe una graduación diferente a Europa. Se trata de una categoría reservada a unos pocos, muy difícil de conseguir que ya no solo incluye aspectos técnicos sino que conlleva introducirse en la propia cultura japonesa. Este sexto dan, de igual forma, lo acreditará para conseguir el título de instructor A de la JKA (Asociación Japonesa de Kárate).

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