El Comercio

Volver a empezar en Asturias

Houssine, con su esposa Khadija y sus hijos, Ismail y Basma, en la playa de El Arbeyal.

Houssine, con su esposa Khadija y sus hijos, Ismail y Basma, en la playa de El Arbeyal. / PURIFICACIÓN CITOULA

  • Trabajadores de Arcelor Zumárraga comienzan a asentarse en el Principado

  • El inicio del curso y la posibilidad de lograr inquilinos para sus viviendas adelantan el traslado de algunas familias, aunque la mayoría de los empleados de la acería vendrán solos

Aún no tienen la carta de traslado a Asturias, no saben si trabajarán en la planta de Arcelor de Avilés o en la de Gijón y tampoco cuándo comenzarán, pero hace algunos días que varias familias de empleados de la multinacional en Zumárraga se han asentado en el Principado. De momento, tres se han instalado en Gijón, otras dos en Candás y otra se aloja en un hostal mientras busca un piso. Son una excepción. De los 85 trabajadores que aceptaron la recolocación, apenas una decena vendrá con su cónyuge e hijos. La mayoría vivirá el exilio laboral en solitario y regresará a casa siempre que los turnos se lo permitan. De hecho, algunos ya se están organizando con los compañeros más afines para compartir piso. Otros, sin embargo, no están dispuestos a separarse de sus familias y ya han hecho la mudanza.

Este es el caso de José María Díaz, que con su esposa, Virginia Potenciano, y su hijo Iván, de diez años, acaba de empezar una nueva vida en Candás. Las prisas han estado marcadas por el inicio de las clases. «Queríamos que empezara aquí el colegio y no venir a mitad de curso», explica Virginia, convencida de que su hijo va a hacer amigos pronto, «porque es muy extrovertido», aunque tiene cierto miedo y se pregunta «por qué otra vez él». Y dice 'otra vez' porque este es su segundo traslado en menos de cinco años. La familia ya se mudó hace cuatro de Villaverde a Zumárraga, cuando Arcelor decidió cerrar la planta madrileña y trasladar a su personal al País Vasco. «Aquella vez fue el verdadero desarraigo», recuerda. Hicieron las maletas entonces y ahora vuelven a hacerlas, pero con más rabia. «¿Por qué no nos trasladaron aquí en aquel momento? Una planta no se cierra de un día para otro. Toman decisiones, pero no piensan en las personas», critica Virginia que, también por segunda vez, dejó su trabajo como panadera para seguir a su marido. «Teníamos claro que somos una familia y que vendríamos juntos. Son muy valientes los que se van a quedar allí y ellos se trasladan», asegura. Ahora solo espera que su hijo «pueda echar raíces» y que esta sea la definitiva.

Lo que también decidieron rápido es que querían asentarse en un pueblo, «para que Iván campe a sus anchas», y porque hasta ahora vivían en uno, Alsasua. Una familia trasladada de Villaverde a Asturias ya estaba en Candás y no se lo pensaron, «es importante tener a alguien para empezar», aunque creen que esta vez será más difícil la adaptación, porque hace cuatro años se mudaron casi dos centenares de familias y ahora son apenas una decena.

En Candás también viven desde hace una semana Emilio Carmona y Adriana Simión. Su caso es similar. Se mudaron desde Villaverde a Zumárraga hace cuatro años, pero con la mala suerte de que en septiembre del año pasado decidieron comprar un piso en la localidad vasca. Lo pusieron a la venta y, aunque no han podido deshacerse de él, consiguieron un inquilino y adelantaron la mudanza para no perder la posibilidad de alquilarlo. Como en el caso anterior, son las mujeres las que prefieren hablar. «Ellos son más callados», explica Adriana, que asegura no llevar el cambio «muy bien». «Es difícil empezar de cero», subraya, y también destaca que, en este caso, «son contadas» las familias que se desplazan, lo que impide hacer piña como hace cuatro años.

Houssine Hbouba también se encuentra en Asturias con su mujer, Khadija, y sus hijos, Ismail y Basma. Es por los pequeños, que empiezan sexto y tercero este año, por los que han adelantado la mudanza, para que puedan empezar el curso con sus nuevos compañeros. Esta familia de origen marroquí llevaba ya diez años en el País Vasco y también considera complicado volver a empezar. «Nos dicen 'es fácil para vosotros', pero no es así. También dejamos allí a amigos y a mi hermana, muchas cosas», relata Houssine, que estos días está atareado con trámites que van desde la escolarización de los niños a elegir médico en el centro de salud. En su caso, escogieron para asentarse el barrio gijonés de El Natahoyo. «Me aconsejaron, si quieres vivir bien, elige Gijón», explica este trabajador de Arcelor, que de momento ve la ciudad con buenos ojos. «Mi hijo lloró al final de curso, pero con las vacaciones parece que se le ha olvidado un poco», cuenta.

Jose María Fernández, sin embargo, apura el tiempo con su familia en el País Vasco hasta que Arcelor le comunique su traslado al Principado. Nacido en Zumárraga, es de los que ha decidido venir solo. «A ninguno nos gusta abandonar el entorno. Aquí tenemos hermanos, padres, sobrinos...», señala, pero no hay trabajo y por eso decidió no pedir la cuenta como otros 209 compañeros. «Que rompa el contrato Arcelor si quiere, esto es mi futuro, mi jubilación», asegura desde Vitoria, donde pasa unos días antes de que sus hijos empiecen el curso. José María aprovecha cada minuto porque sabe que será duro. En Zumárraga dejará a su mujer, Enkar, y a sus hijos, Oier, de 15 años, y Eider, de 10. Al conocerse la oferta de traslado, «el chaval me dijo, 'aita', yo lo siento, pero me quedo», recuerda. Ahora, Fernández se prepara para viajes constantes, pagar el alquiler en Asturias y la hipoteca en Zumárraga y mandar dinero a casa. De momento se plantea compartir piso y, después, si es posible, vivir solo. «Nos vamos haciendo mayores y tenemos nuestras rarezas», argumenta. Lo que está claro es que para todos será una nueva vida.