El Comercio

Los primeros de mayo, en libertad

Una manifestante, el 1 de mayo de 1977, en el acto celebrado en Madrid, con intervención policialEFE
Una manifestante, el 1 de mayo de 1977, en el acto celebrado en Madrid, con intervención policialEFE
  • El PCE celebró un mitin con 15.000 asistentes en Gijón el 30 de abril, pero la primera manifestación del Día de los Trabajadores en la ciudad fue conflictiva

  • Mañana se cumplen 40 años de la legalización de las marchas de los trabajadores

Corría la primavera de 1977. Grupo de trabajadores gritaban por las calles de Gijón: «en abril, legalización y el 1 de mayo, manifestación». Esa era la teoría; la realidad era que no iba a ser un Primero de Mayo en libertad. Tan seguros estaban los líderes sindicales de CC OO y USO, Francisco Prado Alberdi y Severino Arias Morillo, de que no habría problemas para salir a las calles esa mítica fecha del 1 de mayo, que, días antes de la legalización oficial de los sindicatos, concretamente el 26 de abril de 1977, depositaron en el Gobierno Civil la petición formal.

El jarro de agua fría llegó el 28 de abril de 1977: paradójicamente, mientras las centrales sindicales eran oficialmente legalizadas, la manifestación del 1 de mayo no obtenía el plácet gubernamental. El ministro de Relaciones Sindicales desautorizaba los actos invocando el artículo 6 de la Ley 17/1976 reguladora del derecho de reunión. En Asturias, CC OO y USO pretendían organizar un mitin en la plaza de toros de Gijón, mientras que la UGT lo haría, conjuntamente con la FSA, en el Pabellón de Deportes de Oviedo. Pero las cosas no resultaron tan fáciles.

La manifestación de Gijón no se autorizaba, mientras que la concentración de socialistas y UGT en Oviedo, sí. La explicación de la autoridad gubernativa era que éstos lo celebrarían en el pabellón polideportivo cubierto de Oviedo, y el acto de Gijón sería en la plaza de toros, que era un recinto descubierto.

Pese a ello, USO y CC OO decidieron seguir con su propio 1 de mayo en Gijón. Era domingo, y un millar de trabajadores (buena parte de ellos del sector de la construcción que mantenían la famosa 'huelgona de 101 días) comenzaron a reunirse en las inmediaciones de la plaza de toros. A su alrededor, muy cerca, aguardaban miembros de las fuerzas de orden público. Los gritos no tardaron en llegar: «¡Viva el 1 de mayo!», «¡1 de mayo obrero!», clamaban los concentrados, mientras Francisco Prado Alberdi les comunicaba que el gobernador civil había prohibía el acto. La carga policial no se hizo esperar: porrazos, saltos en las calles y escorribandas. Se produjeron algunos heridos y contusionados. El propio Prado Alberdi recibió varios golpes en la cabeza cuando hablaba a través de un megáfono a las personas que estaban concentradas ante la plaza de toros de Gijón y sufrió una conmoción cerebral, mientras que al militante del PCE Francisco de Asís Fernández Junquera le rompieron la rótula cuando salía de una reunión que nada tenía que ver con las algaradas callejeras. En el resto del país hubo de todo, desde manifestaciones pacíficas hasta incidentes graves, como en Madrid, con varios heridos. La situación política era tensa y se mezclaba la lucha obrera con las reivindicaciones políticas, una expresión extrema de las cuales fue la semana proamnistía que tuvo lugar a mediados de aquel mayo en el País Vasco y Navarra, que finalizó con siete muertos.

Eran los coletazos de una estructura social y política que había dominado España durante cuatro décadas. Pero aunque el primer Día de los Trabajadores en libertad celebrado en Gijón teóricamente amparado por las nuevas libertades democráticas no resultó bien, los tiempos habían cambiado. Lo habían hecho de tal forma, que el día anterior, y en el mismo escenario, la plaza de toros gijonesa, los comunistas sí que pudieron celebrar su Primero de Mayo, en lo que fue el primer mitin legal del Partido Comunista en España tras 40 años en la clandestinidad.

Carrillo y los carlistas

Fue un acto al que acudieron 15.000 personas, con la presencia de Santiago Carrillo, la gran figura del comunismo español de la época, quien aseguró que «no se trata de cambiar los símbolos, la bandera, sino la oligarquía que nos oprime, las estructuras». Y como los tiempos eran aún los que eran, Carrillo subrayó que «mientras haya presoso políticos y partidos democráticos no legalizados, no puede decirse que haya libertad. Si son legales partidos que emplean el terror e incitan a la sublevación contra el Gobierno, ¿por qué no van a serlo el Partido Carlista, el PT, el MC, el ORT y los demás».

Tras un «ahora, camaradas, a trabajar», Carrillo dio varios 'vivas', entre ellos, a España «porque también es nuestra y la tenemos que hacer libre y democrática». Fue un acto muy simbólico, en el que también intervinieron Horacio Fernández Inguanzo 'El Paisanu', Francisco Javier Suárez (secretario general del metal de CC OO), José Ángel del Valle Lavandera y Conchita Valdés, que hablaron sobre problemas sindicales, sobre la juventud, la mujer y el regionalismo.

Por su parte, los socialistas celebraron la fiesta en el Palacio de los Deportes de Oviedo, que estaba lleno de pancartas con las siglas de PSOE, UGT y JJ SS y la participación de unas 5.000 personas. Rafael Fernández abrió el turno de oradores para pedir un minuto de silencio por los mártires de Chicago y por los de la causa socialista, y tuvo emocionadas palabras de recuerdo para Agustín González, uno de los dirigentes socialistas durante el franquismo, fallecido hacía poco en Gijón. Afirmó que el PSOE, partido revolucionario, marxista y de clase, no debía olvidar el pasado ni la revolución de 1934 ni la Guerra Civil. Luego hablaron Antón Saavedra, por la UGT, y Luzdivina García Arias, y el número fuerte lo constituyó el discurso, didáctico, de Luis Gómez Llorente, que expuso el programa del PSOE. Defendió la República como forma de Estado más conveniente para España, atacó a Suárez como encarnador del franquismo sociológico y a Alianza Popular como reflejo de pasado.

El fallido acto del Savannah

La legalización del PCE había sido la clave de la continuidad o fracaso de la transición del franquismo a la democracia. El PC se había convertido en un mito, por méritos propios y por decisión expresa del franquismo. Poco antes del gran mitin de la plaza de toros gijonesa, se había preparado un homenaje a Carrillo en Gijón. Se iba a celebrar el 8 de marzo en el restaurante Savannah, entre El Natahoyo y La Calzada, pero el partido no era aún legal (lo sería el 9 de abril), y un numeroso contingente de antidisturbios y agentes de la Brigada Político-Social irrumpieron en los salones del conocido restaurante con la orden de impedir que el secretario general del PCE hablase ante sus camaradas. Unas mil personas tuvieron tiempo apenas de aplaudir unas breves palabras de salutación de Carrillo, tras lo que hubieron de desalojar el Savannah. Esa misma mañana, Carrillo había dicho ante los periodistas que estar de nuevo en Asturias era «un poco como volver a nacer». Era el año clave para ello. Doce meses después, en 1978, las manifestaciones del 1 de mayo se celebraron ya con menos conflictividad, dado paso a la normalización festiva y reivindicativa con la que, 40 años más tarde, se organiza lo que es la gran fiesta del trabajo.

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