«Asturias tiene que conseguir que los jóvenes que se fueron vuelvan más formados aún»

Marcos Peña, presidente del Consejo Económico y Social, tras firmar el laudo sobre la seguridad del Prat.
Marcos Peña, presidente del Consejo Económico y Social, tras firmar el laudo sobre la seguridad del Prat. / NEWSPHOTOPRESS

Marcos Peña, presidente del Consejo Económico y Social (CES): «67 años me parece, de entrada, una edad razonable para la jubilación, pero es necesario que seamos un poco más flexibles»

ANA MORIYÓN OVIEDO.

Ha sido una semana especialmente complicada para el presidente del Consejo Económico y Social (CES), Marcos Peña, nacido en Teruel (1948) aunque asturiano de adopción, a quien el Gobierno de Mariano Rajoy le encomendó poner paz en el conflicto abierto entre los trabajadores de los controles de seguridad de pasajeros del Aeropuerto de Barcelona-El Prat y la empresa Eulen. Tras emitir su laudo el pasado jueves, conversa con EL COMERCIO sobre la situación económica de España y Asturias y sobre cuáles deben ser las prioridades políticas de nuestro país. Lo tiene claro. «Necesitamos un pacto por la inversión, la ciencia y la formación. Todo lo demás, nos distrae».

-Los datos macroeconómicos indican que hemos salido de la crisis, pero en la calle no existe esa percepción. ¿Qué nos queda por hacer?

-Tenemos más de un millón de ocupados menos que antes de la crisis. Es una herida profunda la que padecimos que va a tardar en cicatrizar y, además, dicen que el nuevo empleo es malo, que no es para echar cohetes. Obviamente es necesario crear más empleo y mejor, pero eso no es tan fácil como publicarlo en el BOE. Hay que apostar por el mayor factor estratégico de la economía de un país, que es el factor humano y el conocimiento como herramienta. Necesitamos un pacto por la inversión, la ciencia y la formación profesional. Todo lo demás, nos distrae. Y un país que pierde el tiempo en otras cosas corre el riesgo de olvidar lo que realmente es importante: la personas y su conocimiento son las que nos sacarán realmente de la crisis.

-Se escucha decir que, por primera vez, nuestros hijos vivirán peor que nuestros padres. ¿Comparte tal afirmación?

-No. Pero es que yo soy poco apocalíptico. Aunque tampoco tengo una visión idealizada del progreso. Hay que ser conscientes de que las dificultades que se prevén en el futuro mercado laboral son enormes y difíciles de gestionar, pero no creo que nuestros hijos vayan a vivir peor que nosotros. No tengo una visión alarmista. La nave se mueve con dificultades, pero no zozobra.

-Si usted no es alarmista, entonces es de los que piensa que el sistema de pensiones de nuestro país está garantizado.

-Eso va a depender de nosotros, no de ninguna conjunción astral. Tenemos que ser conscientes de que es un tema de primera magnitud y tenemos la obligación ética de protegerlo y de blindarlo. Es una de las principales obligaciones de los políticos y el país tiene que ser consciente de que es una cuestión prioritaria. Garantizar las pensiones ha permitido que la tasa media de pobreza de los mayores de 65 años fuera de un 13 o 14%, casi la mitad de la del resto de la población, que está en el 26%. Durante el periodo de crisis los jóvenes han visto disminuida su capacidad adquisitiva en un 23%, pero los mayores han visto su renta aumentada. Esto ha permitido cohesionar la sociedad y garantizar la convivencia. Y eso es realmente hacer política.

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-Las últimas informaciones indican que será complicado que pueda hacerse algún tipo de reforma en esta legislatura. ¿Nos podemos permitir tomárnoslo con tanta calma?

-No. Habría que hacer algo en esta legislatura. Pero, más que una reforma, yo creo que lo importante es la actitud reformista. No se trata tanto de una gran reforma sino de ser conscientes de que periódicamente hay que hacer reformas o reformitas. Reformar el sistema día a día para ajustar lo que sacamos del cajón con lo que metemos. Es muy peligroso cuando se transmite la idea de la reforma definitiva porque genera una falsa expectativa y el sistema no se soluciona si no es con el compromiso de mantenerlo y prestando atención a que funcione.

-Entonces, ¿no hay fórmula mágica?

-Cuando la herramienta de trabajo es una varita mágica, estamos perdidos.

-Es evidente la necesidad de recuperar el pacto de Toledo, pero ahora parece imposible un entendimiento de ese calado...

-Eso es verdad. Pero otra gran verdad es que tenemos que establecer un orden de prioridades políticas en este país, porque está muy confuso. Últimamente el peso del espectáculo, de la política mediática, empieza a oscurecer esos asuntos que son realmente serios porque afectan, como le decía, a la convivencia de las personas. La política no es asaltar los cielos, es aliviar el daño y favorecer la convivencia.

-Además de voluntad política, tienen que salir las cuentas, y la pirámide poblacional es la que es.

-El origen de las pensiones se remonta a inicios del siglo XX, cuando empezaron a coger fuerza en Inglaterra y Alemania. En ese periodo la edad media de vida no alcanzaba los 60 años y, sin embargo, la previsión media hoy de percibir una prestación es de 21 años para los hombres y 23 para las mujeres. De aquí a cuarenta años, las previsiones europeas establecen que habrá unos 55 millones más de personas con más de 65 años y 45 millones menos de trabajadores. Pero eso no tiene que generar alarma, sino compromiso y trabajo.

-¿Elevar la edad de jubilación es la solución?

-Es conveniente. Pero no debemos fantasear, debemos tener en cuenta nuestro mercado de trabajo. La edad de 67 años parte de un acuerdo en el que participaron los sindicatos. ¡Chapó por ellos!. De entrada esa cifra me parece razonable, pero creo que es necesario ser un poco más flexibles. El español vive un cambio abrupto porque pasa de trabajar a, un día después, jubilarse, y muchas veces estamos en condiciones óptimas para que nuestro trabajo sea rentable. Hay que flexibilizarlo para que el proceso sea más natural.

-¿Recomienda complementar el sistema público de pensiones con planes privados?

-A mí no me escandalizan los planes privados y, además, promoverlos es bueno porque se fomenta el ahorro. Pero no creo que uno vaya a sustituir a lo otro porque el ahorro medio en planes privados no puede cubrir ni un año de jubilación. No podemos poner este tipo de planes como solución porque sería engañar a todo el mundo.

-La robotización, la digitalización o la economía colaborativa están desequilibrando nuestro sistema tradicional. ¿Cómo gestionarlos?

-Se avecinan modificaciones importantes en nuestra forma de trabajar y eso modifica también nuestra forma de vivir. Está cambiando la base que permitía la cotización y tenemos que ser capaces de gestionar esta nueva realidad porque vamos a necesitar 140 millones de euros al año para pagar las pensiones y hay que conseguirlos sin hacer daño a la eficiencia del sistema. Pero la solución nunca es prohibir porque en la prohibición está el pecado.

-Los sindicatos reclaman una reforma laboral. ¿Es la prioridad?

-La modificación de los artículos cada vez me interesa menos y mire que yo he sido un reformista, pero nuestro sistema laboral está exhausto de tanta reforma. El compromiso y la voluntad de las personas es más importante que las reformas legales y el objetivo debe ser la formación y el conocimiento de nuestros compatriotas.

-¿Cree que es el momento de pactar una subida salarial, como apunta Fátima Báñez?

-Es verdad que los trabajadores son siempre los últimos invitados a la fiesta de la recuperación y que habrá que pactar como se pueda y cuando se pueda una subida salarial. Pero tampoco echemos a volar la fantasía. Para ganar más tenemos que ser más listos y trabajar mejor. Y, perdone que insista, para eso el compromiso nacional debe ser el conocimiento.

-¿Cómo se ve la economía asturiana desde Madrid?

-Estamos todos igual. Todos estos problemas de los que estamos hablando evidentemente también afectan a Asturias, con el añadido complejo que tiene el Principado porque allí la ecuación entre activos y pasivos se ha roto y hay más personas que reciben una prestación que personas que trabajan. Pero es la evolución comprensible de cómo se ha producido en esta región la reconversión industrial y otra serie de temas que son singulares en Asturias. Aunque, no se crea, tampoco hay ninguna comunidad tan singular.

-Somos una de las pocas regiones que no han sido capaces de recuperar, ni está previsto que lo logre el próximo año, el PIB que tenía antes de la crisis. ¿En qué fallamos?

-Me gustaría a mí saberlo, contárselo a usted y que lo resolviéramos. La evolución de Asturias y de la economía asturiana ha sido muy singular y esta región, en un periodo muy breve, perdió sus dos señas de identidad productivas. Pero creo que lo ha gestionado muy bien y además sigue manteniendo algunas ventajas con respecto a su capital humano. No tengo ninguna visión apocalíptica ni mucho menos de Asturias. Al revés, han de sentirse orgullosos.

-Pero mucho talento se ha ido.

-Claro que se fue, pero no solo de Asturias. El problema de Asturias no es que se hayan ido los jóvenes, sino que tiene que conseguir que vuelvan más formados aún. Por eso tenemos que ser atractivos.

-Las empresas asturianas se quejan de la alta fiscalidad. ¿Se equivoca el Principado en su política fiscal?

-La fiscalidad tiene que ser, primero, suficiente, pero también equitativa y, además, eficiente, porque tiene que favorecer el desarrollo y porque si es ineficiente recaudamos menos. La fiscalidad es un asunto vital y es otro de los debates que debe abordar este país.

-¿Aboga por la armonización para evitar las desigualdades entre comunidades?

-La armonización es necesaria, aunque no sé hasta qué punto se pueden producir fugas de empresas como se dice y a mí, lo de las balanzas fiscales, me parece metafísica. Pero sí es cierto que se necesita cierto orden, especialmente en Donaciones y Sucesiones. Pero no seamos niños cuando hablamos de igualdad de derechos. Un extremeño tiene la mitad de renta que un madrileño. Ésa es la verdadera seña de identidad que sirve.

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