Asturias importa a través de El Musel siete veces más carbón del que produce

Parque de carbones de Aboño. Millones de toneladas pasan por esta explanada. / J. P.
Parque de carbones de Aboño. Millones de toneladas pasan por esta explanada. / J. P.

La generación térmica aumentó en el 'mix' nacional del 14,4% el año pasado al 17,9% en lo que va de 2017

NOELIA A. ERAUSQUIN GIJÓN.

Asturias tiene una historia ligada al carbón, pero su presente no está menos unido al de este mineral formado hace más de 300 millones de años. La perspectiva actual, sin embargo, no está tan vinculada a su extracción, reducida a mínimos en el Principado, como al uso que se le da como combustible y a la industria que depende directamente de él. El debate presente ya no es tanto si se usa carbón autóctono o internacional, que también, sino si hay que seguir quemándolo debido a sus emisiones y a sus efectos en el calentamiento global. La reciente cumbre del clima de Bonn y la petición de Iberdrola al Gobierno de cerrar las térmicas de Lada (Asturias) y Velilla (Palencia) han vuelto a incendiar un debate recurrente, mientras el calentamiento del planeta prosigue y amenaza la vida en la Tierra tal y como se conoce.

Según los últimos datos disponibles, durante los ocho primeros meses de este año se extrajeron en la región 368.416 toneladas de carbón, un 42,8% menos que en el mismo período de 2016, el que fuera el peor año de la serie histórica, con 865.013 toneladas -a principios de los noventa rondaban los seis millones-. Mientras, por el puerto de El Musel entraron el ejercicio pasado seis millones de toneladas, 2,5 de carbón siderúrgico destinado a Arcelor y 3,5 de térmico, parte del cual se emplea en el Principado y parte que viaja por carretera a las centrales de Castilla y León. Por tanto, la producción del Principado es siete veces menor que la cantidad que entra a través de El Musel y, con la caída de este 2017, todo indica que las distancias crecerán aún más. Asturias sigue siendo negra de minerales, pero sobre todo porque los consume en grandes cantidades, ya que el carbón que se quema ya no proviene de su subsuelo, sino de Colombia, Rusia, Indonesia, EE UU, Australia o Sudáfrica.

En la reciente cumbre del clima de Bonn, Canadá y Reino Unido impulsaron una alianza para dejar de emplear carbón en la generación de energía antes de 2030. A ella se adhirieron 21 países, entre ellos Francia, Italia o Bélgica, pero no Alemania, en cuyo 'mix' las térmicas tienen un peso del 40%, ni España. El argumento del Gobierno de Mariano Rajoy es la importancia que tienen estas centrales para garantizar el suministro eléctrico -sobre todo ante la falta de conexión de la red con Francia- y evitar que se disparen los precios por la ausencia de lluvias y viento, lo que provoca el desplome de generación de las renovables. Prueba de la relevancia que aún tienen estas instalaciones es que, a pesar de que están en cuestión, en lo que va de año ha aumentado su peso en el 'mix' nacional hasta casi el 18%, frente al 14,4% con el que cerró 2016.

Posición del Gobierno

La semana pasada, en una visita a Asturias para firmar el nuevo convenio de los fondos mineros, el ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal, defendió el 'mix' actual de España y el mantenimiento de las térmicas. De hecho, anunció que el real decreto que prepara el Gobierno para tener la última palabra ante el cierre de centrales propondrá su venta para que otro operador pueda seguir gestionándolas si son rentables. Esta es la respuesta del Ejecutivo ante el anuncio de Iberdrola de cerrar las térmicas de Lada y Velilla y también el anuncio hecho por Endesa a principios de año de cesar la actividad en las de Compostilla (León) y Andorra (Teruel).

El presidente del Principado, Javier Fernández, ha advertido estos días de que el cese de la actividad de las térmicas supondría «una nueva «econversión», dado que el futuro de las cuatro centrales térmicas asturianas (Lada, Aboño, Soto de la Barca y Soto de Ribera) y el de las castellanoleonesas de La Robla, Compostilla y Velilla del Río Carrión y el tráfico de El Musel «son interdependientes». Su cierre reduciría una quinta parte de los tráficos del puerto, dejaría sin trabajo a cientos de camioneros y también implicaría una subida de la tarifa eléctrica al consumidor de entre un 15% y un 20%, una cifra que podría elevarse al 40% durante los inviernos si también se acaba con las plantas nucleares, según Álvaro Nadal.

Aumento de precios

El aumento de precios no solo afectaría al consumidor final -el ministro cifró en 2,5 euros para cada familia española el cierre de Lada y Velilla-, sino a la industria electrointensiva, con un peso fundamental en el PIB asturiano y que emplea de forma directa a 18.000 personas en la región. Prueba de la importancia que tiene la factura de la energía para estas compañías es que en el Principado absorben el 67,6% de la demanda eléctrica, frente al 23,6% en España y el 25,3% en Europa, y en algunos casos supone casi la mitad de sus costes de producción. Por tanto, el fin de las térmicas supondría a su vez poner en riesgo la viabilidad de compañías como Alcoa, Arcelor o Asturiana de Zinc, «que están compitiendo en mercados mundiales y la electricidad la tienen necesariamente que adquirir en un mercado regional», advierte Javier Fernández, más allá de que también están puestas en cuestión por la contaminación directa que ellas provocan. De hecho, Arcelor es el mayor consumidor de carbón de Asturias, más de dos millones de toneladas anuales, y las polémicas por la polución que emiten sus plantas son constantes.

En el debate mundial sobre la descarbonización, la producción asturiana resulta insignificante. Según la última memoria de la patronal Carbunión, en 2015 se quemaron en España 20 millones de toneladas de carbón -solo tres de autóctono-, frente a las 111 de Alemania; 33 de Reino Unido, 566 de Estados Unidos o las 2.743 de China -casi la mitad del consumo mundial-. Este aspecto sirve a Carbunión para defender la necesidad de mantener la producción nacional, tanto por servir al mantenimiento de los empleos y asentar población en las comarcas mineras, como por aspectos como la seguridad de suministro, dado que es el único combustible autóctono y España sigue siendo una isla eléctrica. En este sentido, animan a avanzar hacia la competitividad de las minas y potenciar tecnologías de captura de CO2 y otros elementos contaminantes.

No obstante, la regulación comunitaria que obliga al cierre de las explotaciones no rentables el 31 de diciembre de 2018 no permite ser optimistas en un sector, el de la minería, que desde 1980 ha perdido el 94% de los puestos de trabajo directos que generaba en Asturias y el 86% de su producción. La compañía pública Hunosa, que llegó a contar con una plantilla de cerca de 28.000 trabajadores, tiene ahora apenas 1.300 empleados, gran parte destinados a actividades diversificadas que ya no tienen que ver con bajar a la mina, y ya solo quedan tres explotaciones privadas de cierta entidad (la de Carbonar en Cangas del Narcea, Pilotuerto en Tineo y Cerredo en Degaña). Con estos mimbres, la sangría poblacional en las cuencas es más que evidente. Solo en las del Nalón y el Caudal, desde el Plan de la Minería del Carbón y Desarrollo Alternativo de las Comarcas Mineras de 1998 se han perdido 35.000 habitantes. Por el camino se han quedado pozos emblemáticos como el María Luisa o los economatos, que marcaron toda una época en el consumo de las cuencas. El futuro pinta negro.

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