Una historia para no derretirse

Una historia para no derretirse

La del hielo es una historia que proviene de la época de los mesopotámicos, que ya por el año 3.000 antes de Cristo hacían acopio de hielo. Los antiguos griegos y romanos también enfriaban sus bebidas en verano con el hielo invernal que almacenaban en instalaciones especiales, pero serían los árabes quienes potenciarían el uso de la nieve y el hielo para conservar, refrescar, hacer helados e, incluso, para usos medicinales.

Y con la Edad Moderna nació la industria del hielo. Cada pueblo tenía su nevera y un pozo en el que almacenaban un trozo de lago helado que, aislado con paja, se comercializaba en verano en conventos, hospitales, cuarteles, etcétera. De ahí proviene la expresión que ha llegado hasta nuestros días: 'Limpio de polvo y paja'. Porque así es cómo debía llegar el hielo al consumidor según la Cédula Real de la época.

Estados Unidos dominaría el mercado del hielo en el siglo XIX. Bastan como ejemplo las 240 toneladas de hielo que el americano F. Tudor envió en 1805 del río Hudson a La Habana. El hielo artificial se desarrolla a partir de las máquinas de refrigeración inventadas por J. Gorrie, F. Carré y, sobre todo, el americano Linde en 1888. A finales de la década de los 70 nacería la primera empresa española de cubitos de hielo. Se pasaba así del hielo en barras al hielo envasado. En 2002, Hielos de Asturias lanzaría Cubers.

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