De pastor de ovejas a empresario naval

Del Dago, con el cónsul de España en Barranquilla, Carlos Guerra, en un homenaje al empresario asturiano en 2014. / L. P. DE LA HOZ / EL HERALDO

Natural de Corain y afincado en Colombia es propietario de la naviera Agromar, con una cifra de negocio superior a los 200 millones de dólares El asturiano Manuel del Dago negocia, a sus 90 años, la compra del astillero de Sestao

SUSANA BAQUEDANO GIJÓN.

Que alguien que haya sido pastor de ovejas durante diez esté dispuesto ahora, ya con los 90 cumplidos, a liderar la inyección de fondos para salvar el astillero La Naval, en Sestao, es una historia que despierta al menos sorpresa y no menos curiosidad. Es la historia de quien hoy controla uno de los grupos empresariales más importantes de Latinoamérica, con intereses en negocios agrícolas, forestales y marítimos. Es también una historia de superación, la de un asturiano que nació en Corain (Cangas de Onís) en el año que dio nombre a la Generación del 27, la de Rafael Alberti, Federico García Lorca o Luis Cernuda, por recordar algunos de estos grandes escritores. Quizá compartiera con ellos su extremada sensibilidad, pero Manuel del Dago la dedicó al cuidado de un rebaño en los Picos de Europa.

Una vida modesta que daría un enorme giro en 1947, cuando decide dejar su Asturias natal y cruzar 'el charco'. Se instala en Cuba y se inicia en la industria maderera. Como todo en su trayectoria, comienza desde lo más primitivo, talando árboles. Con la llegada del castrismo se traslada a Colombia y expande su negocio con la explotación de bosques, aserraderos y fábricas de aglomerado.

Para atender las necesidades de transporte de la madera que utilizaba en sus factorías, Del Dago entra en contacto con el sector naviero y crea la sociedad Agromar, convertida hoy en una de las principales navieras del continente, con líneas de tráfico entre los puertos de Colombia, Perú, México, Ecuador, Chile y Argentina con puertos del Caribe, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda. En la actualidad, la naviera Agromar emplea cerca de cuarenta buques, muchos de ellos con nombres de localidades asturianas, con una cifra de negocio superior a los 200 millones de dólares.

Un negocio le llevó a otro. Y fue creciendo. En 1982 fundó la Compañía Agroforestal de Colombia para negocios de aprovechamiento maderero y explotación ganadera y en 1984 creó Inversiones Del Dago para participar en el desarrollo de otras actividades, como la operación y construcción de plantas de tratamientos de aguas, comercialización de servicios de agua y alumbrado público.

Los Del Dago mantienen una estructura familiar en la gestión de sus negocios. Con cerca de noventa años, el asturiano reside gran parte del año en Miami y es su hija Rosy del Dago la que lleva la dirección ejecutiva de las empresas del grupo. Con una sólida formación académica en Estados Unidos, MBA por la Universidad de Miami, se ha especializado en los negocios marítimos del Grupo y se la considera pieza esencial en la consolidación del plan de renovación de La Naval.

El primer contacto del ex pastor de ovejas con La Naval se produjo en 2006, de la mano del empresario baracaldés, Juan Antonio Díez Montes, con el que había coincidido en algunos negocios en Latinoamérica y con quien decidió entrar en el capital del astillero, hasta entonces de propiedad pública.

De las cabañas a la cárcel

En la historia de Del Gago también hay un capítulo que merece mención aparte. Hace poco más de dos años su nombre saltó a los medios de comunicación al ser detenido en el aeropuerto de Madrid, cuando llegaba a España en un vuelo junto a otros empresarios, para ser conducido de forma inmediata y por orden judicial a la cárcel de Soto del Real. Permaneció diez días en prisión, hasta que fue puesto en libertad. Sus problemas con la Justicia española habían comenzado unos años antes, tras haber ejecutado unas obras de remodelación en las cabañas de Covareña de las que era propietario, en la zona protegida de los Picos de Europa. Eran los mismos recintos en los que guardaba las ovejas cuando era joven y las obras, al margen de toda legalidad y especialmente vigiladas en ese paraje, le habían supuesto una condena a seis meses de cárcel y una multa de 144.000 euros -posteriormente sería rebajada a 72.000 euros- que hasta ese momento se había negado a abonar. Mirar para otro lado haciendo caso omiso a la sentencia y a la multa le condujo a ese mal trago de permanecer una semana 'a la sombra', que pudo abandonar no sin antes abonarla.

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