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Festival de Cine de Gijón

La tortuga roja

La tortuga roja
  • Por vez primera Ghibli co-realiza una película con un artista ajeno a la casa, extranjero además

Por vez primera Ghibli co-realiza una película con un artista ajeno a la casa, extranjero además. Esta colaboración histórica se produjo por iniciativa propia del prestigioso estudio de animación asiático, tras haber enviado un email en 2006 al cineasta neerlandés Michael Dudok de Wit. Hasta entonces, el oscarizado director de ‘Father and Daughter’ (2000), no había pensado en dar el salto al largometraje. Tenía muy presente la frustrante experiencia de algunos amigos suyos, quienes, después de grandes promesas, volvieron decepcionados de Hollywood, tras ver cómo los productores americanos desfiguraban sus proyectos. Pero con Ghibli ha sido diferente. Los japoneses le precisaron que trabajarían bajo la ley francesa, respetuosa con los derechos de los autores, dándole varios meses para escribir el guión.

De ahí surgió ‘La tortuga roja’, historia arquetípica de un náufrago arrojado a una inhóspita isla desierta —solo poblada por tortugas, cangrejos, aves e insectos— de la que querrá marcharse a toda costa, chocando cada intento de abandonarla con una presencia submarina adversa: el totémico quelonio de caparazón escarlata que da título al filme. Hecho como de haikus visuales, tan poético cuento despliega un relato lineal armado en torno a motivos circulares; diseño narrativo típico de las anteriores obras de Dudok de Wit, dotado para exprimir por completo todas las posibilidades de dispositivos dramatúrgicos mínimos. Este primer Ghibli europeo, que escapa de los caminos trillados de la animación por su belleza formal e intenciones, traza una historia casi bíblica en su aparente simplicidad, cuyo poder evocador despliega un movimiento lírico de alcance portentoso. Es la historia de un hombre perdido en una isla remota que es también una meditación kármica sobre el ciclo de la vida. Sin diálogos (no hacen falta), aunque con el sonido del viento, del mar y de las gaviotas como elocuente banda sonora de fondo, palpamos su ‘japonesidad’ en el oriental tratamiento de la naturaleza, entre real y maravilloso, escenario donde la muerte se vive como fin natural del misterio de la existencia y de la búsqueda de un ideal inalcanzable.