El Comercio

Festival de Cine de Gijón

Justicia histórica

Justicia histórica
  • Las escenas de 'Migas de pan' producen por igual el espanto y una incontenible ira al abordar crímenes contra la humanidad

En una secuencia de ‘Migas de pan’, la película hispano-uruguaya dirigida por la cineasta Manane Rodríguez, corrige su protagonista, Liliana, a su nuera:«Cuando no se sabe nada, lo más decente es callarse». Respuesta a la acusación que le ha hecho de «exhibicionismo», por pretender denunciar las torturas y vilezas atroces sufridas a manos de la dictadura uruguaya en 1975. Es una frase que habría de tomarse muy en cuenta, acostumbrados a tantos revisionismos históricos nauseabundos que encuentran en personajes como la nuera de Liliana el desprecio por las verdades terribles. ‘Migas de pan’ sabe de lo que habla. Y pone nombres y apellidos a los torturadores que cometieron crímenes de lesa humanidad. El coronel Emilio Garone, ascendido a grado de teniente-coronel. El capitán Gustavo Silva, elevado a general. O el doctor Gayoso Valverde, encargado de mantener con vida a los encarcelados para que prosiguieran sus suplicios.

Las escenas producen por igual el espanto y una incontenible ira. Es vieja la retórica que da vueltas alrededor de la psicopatología de los torturadores, la banalidad del mal de la que habló Hanna Arendt. Solo puede hallar reparación en la justicia histórica. Estructurada en tiempo pasado y presente, ‘Migas de pan’ da también nombre a la presa número 715, Liliana Pereira, encarnada en el pretérito atroz por Justina Bustos y en la actualidad por Cecilia Roth. Y a sus compañeras. La denuncia que documenta la cinta se presentó ante los tribunales el 28 de octubre de 2012. El dolor no prescribe. Y el arte tiene entre sus misiones rescatarlo del olvido.