El Comercio

Festival de Cine de Gijón
Retrato de una dama

Retrato de una dama

  • El cineasta argentino se ha inspirado en el pasado de su familia para tejer esta historia sobre un período que él nunca conoció y del cual nadie quería acordarse

En la Buenos Aires burguesa de los años 60, Luisa (Erica Rivas), madre en la treintena de dos niñas, afronta la repentina pérdida de su marido y de su hermano, muertos en accidente de tráfico. El drama, anterior al tiempo del filme, permanecerá siempre fuera del relato, pese a su importancia capital en el mismo. Ni siquiera un flashback evocará el día en que todo cambió para la doliente protagonista.

Lo que realmente le interesa a Ariel Rotter (‘El otro’, vista en el FICX de 2007) es el manejo de lo acontecido después en el seno de una sociedad encorsetada por las convenciones, donde nadie ve posible que una madre viuda tan joven pueda proyectar su futuro sola. Y a la que hasta su propia familia presiona sin tregua, estando su duelo en curso, a fin de que rehaga su vida cuanto antes y dé un nuevo nombre a las hijas. Sobremanera cuando entra en escena un nuevo pretendiente, el apremiante Ernesto (Marcelo Subiotto), demasiado encantador, casi hasta la sospecha.

El cineasta argentino se ha inspirado en el pasado de su familia para tejer esta historia sobre un período que él nunca conoció y del cual nadie quería acordarse, en un intento de llenar un vacío en la memoria familiar. Como sus únicas fuentes eran fotografías en blanco y negro, él optó por rodar ‘La luz incidente’ a través del espectro cromático de aquellas instantáneas tomadas hace medio siglo. ¿Nostalgia? No. Más bien se trata de darle apariencia exterior a un mundo ya lejano, un matizado aspecto gris que expresa a la vez elegancia, aburrimiento y opresión, la de los límites. Rotter filma en suntuoso, impactante blanco y negro.

Concisamente, los largos planos secuencia que recrean el estado flotante de Luisa son a menudo registrados a distancia, tras el umbral de una puerta, como si los espectadores observásemos sin haber sido invitados. En compensatorio contraste con la narración premiosa y envolvente, las elipsis permiten saltos en el tiempo tan sorprendentes como reveladores, dentro de un inquietante cuento cruel que, sobre todo, traza el hermoso retrato de una mujer sola, llevado por imágenes excepcionales con la actriz Erica Rivas en estado de gracia.