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Capital del valle

Julia Martínez, en el comedor del restaurante de Peón. / JOSÉ SIMAL
Julia Martínez, en el comedor del restaurante de Peón. / JOSÉ SIMAL

A esta aldea con paisaje de cuento, quienes acuden tienen como referencia obligada para el buen comer a Casa Pepito

LUIS ANTONIO ALÍAS

Bajar al valle de Peón es bajar a la aldea perdida. Es cierto que Asturias está lleno de valles así, de aldeas así, de paisajes que se copian, amplios en su cierre de montañas, con bosques y prados que van de verdinegros a verde esmeralda pasando por todos los números del pantón, pero el de Peón, si lo ilumina el sol o lo difumina la niebla, demanda parada y contemplación zen.

Eso sí, la carretera, de tan sinuosa y curvilínea, no pide lirismo y sí máxima atención, mientras descendemos de lo antes ganado en el Alto del Infanzón. Y cuando llegamos a lo hondo, por donde discurre el río España -poco río para mucho país-, justo al lado del cruce con otra carreterina de fascinaciones y lentitudes que llega hasta Pola de Siero, nos recibe Casa Pepito, alargado caserón que brinda merendero, terraza abierta, terraza cerrada, chigre y comedor en el personal ambiente creado por Julia y sus antepasados; un ambiente asturiano, chigrero, mesonero, parrillero, con especialización en grandilocuencias muy sabrosas que coronan el tablón de suprema de buey y la superhamburguesa, dos festines que a los mismísimos Lazarillo, Buscón o Carpanta pareciera excesivo.

Pero vayamos por partes. Hoy, Casa Pepito son Julia y su hijo Sergio. En 1949 eran su abuelo Ernesto, que le puso el primer nombre, y su padre José Manuel 'Pepito', que le dio el segundo por aclamación popular. Ernesto «le encargó a Urbano, un albañil de Peón y no un peón de albañil», una casa de piedra en un solar heredado por María Cristina, mujer de Pepito y madre de nuestra actual protagonista. Y como mandaban los tiempos la casa, con medida de caserón, acogió bar, llagar, tienda y estanco.

Bien: tenemos a Ernesto, el abuelo hacedor y primer encargado; tenemos a Pepito y María Cristina, que tras casarse prepararon y sirvieron comidas, y tenemos a una hermana de María Cristina que independizó la tienda y la puso en el lateral: ¡cuántos residentes y veraneantes pudimos allí proveernos de los artículos imprescindible para las necesidades cotidianas!

Recombinado y gradualmente reconvertido el llagar y almacén en comedor, Casa Pepito adquirió fama en un enorme radio a la redonda y sirvió de marco casamentero a la parroquia propia y las colindantes con un menú que aseguraba eternas, felices y fértiles uniones: sopa de gallina, fabada, pitu, huevos en salsa y arroz con leche. Además, las tortillas de patata de María Cristina provocaban llenos y esperas por las mesas de fuera y de dentro.

Pepito se fue demasiado pronto. Y María Cristina continuó ya con la ayuda de su hija Julia, que llevaba la casa -su casa- desde nacida en el corazón y la cabeza: sangre joven puso Casa Pepito al día reformando el comedor, repartiendo toneles y objetos de labranza por las paredes, y creando un clima cálido y confortable que incluye parrilla y campo donde los pequeños pueden jugar tranquila y felizmente.

Retornando a las especialidades, el tablón de buey nos pone delante precisamente de eso, un tablón que no mide menos de lo que marca el metro patrón, completamente cubierto por un fileteado de vacuno alistano crudo, mientras que la superhamburguesa embute un panchón tierno con un kilo de carne, otro tanto de lomo adobado, tomate, juliana de lechuga, queso en lonchas y un denso cerco de patatas sobre una bandeja redonda que casi desborda. Ambas especialidades dan cuatro raciones normales, tres excelentes, dos excesivas y una imposible sin pluma de ave romana.

Las croquetas, los calamares de potera, los chipirones fritos, la fabada, la carne asada, el cachopo, el bacalao a la vizcaína, las tartas caseras y un capítulo para celíacos, junto a los variados menús de la casa, amplían las perspectivas con calidad y abundancia.

De punto fina un digestivo orujos.

Casa Pepito, cerca de su setenta aniversario, permanece fiel al bueno, bonito y barato que le convirtiera en centro comarcal de gulas y tertulias; visitarla exige tiempo, fame y buena compañía para compartir raciones y -culín tras culín- chispear conversaciones.

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