http://static.elcomercio.es/www/menu/img/gastronomia-desktop.jpg

«Me decían que no íbamos a durar y de eso hace 49 años»

«Me decían que no íbamos a durar y de eso hace 49 años»
ALEJANDRO SUÁREZ MEANA. Fundador del restaurante El Pinal

«Recuerdo ver qué sé yo cuántos 600 en fila subiendo por la carretera y aparcando alrededor del local en los años 70»

Jessica M. Puga
JESSICA M. PUGAGijón

Valentía, voluntad y convicción le hicieron falta a Alejandro Suárez Meana para dejar su trabajo de tornero en Moreda y lanzarse a la aventura de abrir un negocio de hostelería en Peón, justo donde acaba Gijón y empieza el concejo de Villaviciosa. «No me gustaba aquello, estar todo el día encerrado. Yo quería estar en la aldea y buscarme un buen porvenir», cuenta. Y abrió El Pinal, que aunque ahora sea uno de los restaurantes más conocidos de la zona, hace 49 años no era más que un solar en donde se empezaba a levantar un pequeño local.

Historia. «Abrimos el 15 de diciembre de 1968», cuenta Suárez, que decidió comprar un terreno cercano a la casa en la que había nacido para edificar su hogar además de su negocio. Por aquel entonces, el local era «un chigre de pueblo. Teníamos bar, tienda y un pequeño merendero», en el que metió 50.000 pesetas. No fueron años fáciles, «muchos me decían que no íbamos a durar y han pasado 49 años», recuerda ahora el hostelero, que se lanzó a la aventura al cumplir los 24 y que ya está jubilado, tras convertir aquel pequeño negocio en uno de los restaurantes más demandados cuando de celebraciones familiares se refiere. «La tienda la cerramos pronto porque la gente empezó a acostumbrarse a que le apuntáramos lo que debía, pero no tanto a pagar la deuda», cuenta. Coincidió, además, con que el negocio empezó a destacar en la zona por las comidas que preparaban. La apuesta estaba hecha.

Familia. El único secreto, revela Alejandro Suárez, del éxito de El Pinal ha sido «el trabajo». También que todo ha quedado en casa. Además de él, el negocio lo lanzó su mujer, Margó Blanco, responsable de la cocina. «Los primeros años venían muchísimos amigos de la fábrica de Moreda. Recuerdo ver qué sé yo cuantos 600 en fila subiendo por la carretera y aparcando alrededor del local en los primeros años 70», cuenta Suárez, que también recuerda la fecha exacta en la que dieron su primera boda: el 13 de mayo de 1972. «Se casó una chica de Cabueñes», concreta. Era el momento de crecer e «hicimos una nave con tejado de uralita para las celebraciones, porque de aquella los comedores no tenían que ser como los que hay hoy en día», explica. En El Pinal hay ahora cuatro salones grandes y otro más pequeño. En ellos, la familia también está presente: «Dos se llaman Lucía y Alejandra, igual que mis nietas mayores. Los chicos no tienen nada, nacieron después, así que llegaron tarde», bromea el hostelero, que supo aprovecharse de las celebraciones familiares para expandir su negocio en los años 70. Fue entonces cuando empezaron a trabajar casi sin descanso, principalmente por las comuniones, que de aquella, cuenta, eran celebraciones mucho más pequeñas. «La hostelería siempre ha sido muy dura. Hubo muchas veces que tuvimos que empalmar un día con otro, sobre todo Margó en la cocina», recuerda.

Celebraciones. Tuvieron que seguir creciendo: «En estos casi 50 años hemos hecho cuatro o cinco reformas grandes; la última en el año 2000, cuando construimos la capilla», cuenta Alejandro Suárez. Un proyecto que iniciaron con la idea de dar misas porque «la iglesia de Peón, que está en el valle, queda muy lejos del Curbiello, que está en lo alto». Todo fue bien hasta que terminó la construcción, pues, una vez culminada, no le permitieron consagrarla. «Qué le vamos a hacer, ahora hacemos en ella muchas bodas civiles, tantas que la capilla se ha convertido en uno de los tirones del restaurante», asegura. También lo son las vistas del local, pues desde él se ve todo Gijón y el mar. «Aquí en los años buenos ha llegado a haber 800 personas», asegura el hostelero, que también ha vistó cómo la crisis de este milenio ha provocado que el número de invitados por boda haya bajado drásticamente: «Ahora, una boda de 100 comensales es buena, cuando hace no mucho eran, mínimo, de 200». La experiencia también le vale para saber que, por tradición, los años impares son mejores que los pares y que mientras antes los niños se entretenían corriendo por el prau, ahora lo hacen en las colchonetas o pasando el rato con animadores. Al futuro, solo le pide «mantenernos como estamos, nada más», aunque de eso se encargarán las hijas y los yernos de Alejandro y Margó, quienes han recogido su testigo en el negocio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos