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El vino y los niños

El vino y los niños
SR. GARCÍA
BENJAMÍN LANA

Un artículo se incuba en tu interior y cuando madura nace solito como si mediara un parto. Algunos son hijos de la reflexión, otros de una vivencia de mesa y mantel, los hay que brotan del mismísimo corazón y no son pocos los provocados por la introducción involuntaria o voluntaria de un cuerpo extraño en tu interior. En el caso de los cuerpos extraños todo depende de dónde se metan. En una ostra dará como resultado una bellísima perla, pero en un ojo, un picor del carajo y una conjuntivitis. Traigo este cuento porque en el artículo de hace unas semanas dedicado a mi hija, 'Bienvenida al mundo de la cuchara', escrito desde el corazón, decía yo: «Cuando cumplas ocho años ojalá te pueda escribir otra carta. Te hablaré del vino y haremos magia de colores en el vaso de agua. La vida está llena de sorpresas».

Tras su publicación me llegaron muchos mensajes alabando la ternura con la que estaba escrito, pero no pocos incluían tirones de orejas por lo del vino. ¿Le vas a dar vino a tu hija con ocho años? A la primera me contuve y pensé que debía respetar el parecer de cada uno. Algunos mensajes después me entraron las ganas de escribir este artículo. Ya hemos hablado alguna vez del problema que este país tiene con el vino. Que el mayor viñedo del mundo –el 13% de todas las vides del mundo son españolas– consuma menos litros per cápita que Reino Unido, Croacia, o Eslovenia debería preocuparnos mucho.

Fundamental

Que bebamos menos de la mitad que nuestros vecinos franceses y portugueses, también grandes productores, y casi el 44% menos que los italianos, el otro gran elaborador que además tiene condiciones climáticas similares, debería hacernos reflexionar. ¿Qué nos pasa, qué se puede hacer para cambiar esto? El asunto daría para dos periodos de sesiones completas en el Congreso sin vacaciones de Navidad, pero con la modestia de este espacio nos limitaremos solo a apuntar sucintamente el tema de las edades y la educación.

Hubo tiempo no tan lejano en este país en que el vino era un alimento fundamental de la dieta, un producto de consumo diario para los adultos como el pan y la leche. Bebíamos más del triple que ahora y entre los problemas que preocupaban en la España de los 70 y 80 no estaba el de los efectos del tinto. Ahora se cometen excesos mucho más severos con bebidas destiladas de discutible calidad y otro tipo de sustancias mucho más peligrosas. De todos los riesgos que la vida depara a un chaval cuando crece no creo que el vino esté entre los veinte primeros.

Aprendizaje

En aquellos tiempos su consumo se iniciaba con naturalidad y poco a poco, como un elemento más de la cultura gastronómica de una familia o de un territorio. Un chorrito de tinto en el vaso de agua de los chavales convertía la comida en una fiesta y los acercaba al mundo de los mayores. Los niños querían crecer para que los tuvieran en cuenta –ahora viven mejor prolongando la infancia hasta límites 'peterpanescos'– y empezar a degustar el vino, así fuera en una concentración bajísima, diluido en H2O, era prueba de que uno caminaba por el camino correcto. A nadie le quepan dudas de que la costumbre era mucho más saludable científicamente que la de ingerir cualquiera de las bebidas azucaradas y gasificadas que se consumen a diario en millones de hogares.

Yo he contado alguna vez que mi tío abuelo Jose Mari me daba a los diez años medio vasito del vino que elaboraba para casa con su mejor garnacha y a los doce lo hacía ya con permiso de mi padre. El paladar madura y el olfato se afina cuando se aprende a disfrutar pronto de sabores alejados de lo dulce. El vino, como la ópera y el jazz, demanda un proceso de aprendizaje largo para disfrutarse en plenitud y, a poder ser, un maestro. Sería maravilloso que cada chaval pudiera tener las dos cosas. Yo, aunque no sea políticamente correcto, me ofreceré a mi hija para ambas y le haré magia en su vaso de agua al teñirlo levemente de rojo algún día. Y disfrutaremos oliendo hasta que llegue el momento de probarlo solo.

Se ha hecho un gran daño identificando el vino con una bebida alcohólica cuando es muchísimo más que el efecto que produce si se toma en exceso. Es como identificar un cuchillo con el asesinato o el butano con la cámara de gas. El vino es uno de los alimentos básicos de nuestra cultura y símbolo de nuestros ritos, parte primigenia de nuestra herencia cultural y, sobre todo, una fuente de conocimiento y de placer sutil como pocas puedan hallarse en este mundo.

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