Antiguo, pero joven

José Alberto Menéndez González y su esposa Paulina.
José Alberto Menéndez González y su esposa Paulina. / belén garcía
Café Madrid (Cangas del Narcea)

Desde su apertura en 1880 cambió unas cuantas veces de ramoy dueños;ahora presume de croquetas y cachopos

L. A. ALÍAS

Por un lado tenemos el café Madrid en el peatonalizado corazón histórico de la villa, muy cerca de la capilla del Santo Cristo del Hospital y esquinado con la soleyera plaza de Mario Gómez; desde su terraza podemos observar los desniveles urbanos que crean y salvan miradores y escaleras en la ladera tajada por los ríos Narcea y Luiña: los techos de algunas casas apenas alcanzan los tobillos de otras.

Decir café Madrid, que a la capital del reino de España marcharon cientos de cangueses para ejercer primero de aguadores, después de serenos y ya más modernamente de dueños de los chigres principales, es decir institución arraigada donde las haya en el comercio local, con casi ciento cuarenta años de corte y confección, ultramarinos, posada cocinera y otras historias hasta Alberto y Paulina, sus últimos y actuales encargados: acaban de celebrar el tercer aniversario de la apertura y les vemos el entusiasmo necesario, las ideas claras y los resultados constatables para alcanzar metas exigentes y marcar diferencias dentro del ramo.

Datos

Calle.
Mayor, 17.
Teléfono.
649 166 442
Sala y cocina.
José Alberto Menéndez González y Paulina Zajac.
AyudantE.
Argentina Rodríguez Feito.
Menú semanal.
15 euros.
Apertura.
2014
Cierre por descanso.
Nunca.

Alberto nació de padres hosteleros, los dueños del bar Tiso, que daba potes y carnes aún recordadas, celebraba bodas y disponía de habitaciones. Y cumplió el dicho que de padre gato, hijo minino, encontrando, para mayor suerte personal y fuerza profesional, a su mujer Paulina, originaria de Polonia, de ayudante en la mismísima cocina familiar.

¡Aquellos tiempos aún cercanos en que la minería dio a Cangas una renta per cápita luxemburguesa! De hecho Alberto tuvo su época de minero, y retirados sus padres, montó muy jovencito un disco-bar en el Tiso que pasó así de la gaita a la guitarra eléctrica.

Luego, la crisis minera y la crisis general cambiaron las noches en blanco que la juventud podía permitirse. Y además tuvo Alberto que lidiar con la circunstancia trágica del temprano y próximo fallecimiento de sus padres, perdiendo él y sus cinco hermanos una ayuda y una referencia que les obligó al cuidado mutuo.

“Con mi hermana pequeña y mi mujer, que se perfeccionó culinariamente en el restaurante Casa del Río, una de las palabras mayores canguesas, logré que Emilio Gurdiel, “El Morocho”, su propietario, me alquilara el café Madrid, un deseo, casi obsesión, que llevaba rondándome años por su historia y ubicación. Pronto nos dimos a conocer con nuestras croquetas cremosas, nuestros chipirones rebozados en plancha, nuestro pulpo a la brasa, nuestros cachopos -clásico, con cecina, con chosco o con pimientos-, nuestra fabada, nuestros callos ; nuestros chuletones impecables en corte y maduración…

Y añade Alberto con tono melancólico: “Me entristece que mis padres no puedan vernos, creo que se seintirían orgullosos” .

Si queda sitio a la sombra de una sombrilla en la terraza (¿acabará este julio de nublados?) hay taperío extenso y gustoso. Y si no, los interiores de sala cafetera amplia y comedor tranquilo, con paredes de piedra y ladrillo, nos cuentan cómo tras la respetuosa modernidad, la larga presencia comercial y popular del rincón sigue visible y tangible.

Y puesto que Paulina y Alberto se preparan para ampliar la cocina, los espacios, el personal, las ofertas y las atenciones, aparte de que muy pronto recibirán ilusionados a su segunda hija, el siglo XXI se vive con ilusión e intensidad entre los gruesos tabiques del XIX.

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