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CELSO FERNÁNDEZ SANGRADOR

«Cangas era mitad escombros y mitad huertas y praos»

«Cangas era mitad escombros y mitad huertas y praos»
LA SINFONERÍA (Cangas de Onís)

«Pones un negocio con una intención y luego los acontecimientos te van llevando por donde ellos quieren», dice el popular hostelero

Luis Enrique González Iglesias
LUIS ENRIQUE GONZÁLEZ IGLESIASGijon

Ya jubilado, Celso Fernández Sangrador (Cangas de Onís, 1947) sigue pasando la mayor parte del día en La Sifonería, un local emblemático con más de un siglo de historia, primero fabricando sifones, luego como bar tienda, vendiendo quesos, embutidos o conservas, y finalmente como un chigre de raciones con sabor añejo.

Colección. «Yo empecé a trabajar con 10 años, repartíamos los sifones en un carro de uno en uno. Recogíamos el vacío y dejábamos el nuevo. Había sifoneros por todos los sitios. Venían de Arriondas, de Sevares, y dejaban los suyos. Ellos a su vez igual tenían alguno de Oviedo, de Santander o de Cabrales, y esos sifones iban viajando con ese reponer en cada establecimiento. Así me vi un día con una variedad importante y decidí conservarlos. Luego los fui sacando para el bar y el mostrador como decoración y a la gente le gustaba mucho. Ahora están mis hijas, que espero que mantengan la saga sifonera».

El negocio manda. «Cuando la gente pone negocios y dicen que van a hacer esto y lo otro, pienso que se equivocan, porque luego nunca sabes por dónde va a ir la cosa. Tú pones un negocio con una intención y los acontecimientos te van llevando por donde ellos quieren, al final un negocio es eso, un negocio, y si puedes sacar más dinero de algo que en principio no te planteabas, tienes que aprovechar la oportunidad. Siempre acorde con la filosofía del dueño, claro. Tienes que tener muy claro por dónde quieres ir y por dónde no».

Casquería, por favor. «Empezamos a trabajar con casquería porque nos dimos cuenta de que estaba desaparecida de las cartas y la gente lo demandaba. Hay personas que van buscando estos sabores casi desaparecidos, entre las cuales me incluyo yo. Creo que empezamos con la lengua estofada, luego mollejas, hígado y cosas así. Funciona, pero desde luego, las estrellas siguen siendo la fabada y el cachopo, además de la croquetas de cabrales, que son marca de la casa. Para nosotros es importante utilizar producto asturiano y potenciar lo nuestro. No digo que no pueda estar buena una fabada o un cachopo con productos de fuera, pero ya que estamos aquí, deberíamos cuidar lo nuestro en la medida de lo posible».

Muy de Cangas. «Eso tienes que tener una chispa dentro del cuerpo que te lleve a hacer cosas. También es verdad que hay momentos en la vida que hacer esto es lo que te mantiene la ilusión, cuando ya tienes tu negocio estable y has criado a tu familia. O te sientas y decaes o tienes que tener ilusión por hacer otras cosas. A mí me motiva mucho hacer eventos culturales, como conciertos de música clásica, de tonada, recitales poéticos… entregamos el Sifón de Oro, participo en las fiestas de San Antonio con el ramo y en las de la Pinza... Para mí las fiestas de San Antonio son lo máximo, ese día cierro para disfrutar como un cangués más. Desde hace 30 años también hago de Melchor en la cabalgata. Algunos ya dicen aquí Celsín, Gaspar y Baltasar».

Huertas, praos y escombros. «Hay mucha gente que marcha por trabajo o estudios pero hay algunos que nos conocemos de toda la vida. A mí cuando me llaman Celsín me derrito, porque sé que me conocen desde guaje. Antes venía la gente con plaza de funcionario y se quedaba, ahora van cambiando constantemente. Cuando yo era pequeño la mitad era escombros y el resto huertas y praos. Cangas ha ido mejorando y sigue siendo un pueblo en muchos sentidos, los de siempre nos vemos y casi nos abrazamos. También tenemos una convivencia muy fuerte con los pueblos del entorno».

La generosidad mató al sifón. «Ya no fabricamos pero cuando puedo voy a Noreña y lleno algunos sifones. La verdad es que me duran todo el año porque casi nadie lo pide. Algún nostálgico o alguien que quiere probar por curiosidad. Antes en las cafeterías todas las mesas tenían un sifón en la mesa y los vermús todos eran con un chorrín de ginebra y un golpe de sifón. El problema era que no había neveras, el sifón servía para refrescar un poco. Se le echaba al vino por el verano y cuando pedías un café o una copa de coñac también te ponían un vaso de sifón, sin preguntar ni cobrar. Que yo creo que por eso desapareció, porque el sifón nunca se cobraba, entonces cuando llegaron otras bebidas carbonatadas, al chigrero le venía mejor cobrar La Casera o lo que fuera que regalarte el sifón».

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