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De los teclados a las abejas

Marta Bobis y Santiago del Vigo, con un tarro de La Realera./MARIETA
Marta Bobis y Santiago del Vigo, con un tarro de La Realera. / MARIETA

Miel La Realera instala sus colmenas en el cortín familiar, una edificación con más de dos siglos de historia, típica del suroccidente asturiano

Carmen Ordiz Pérez
CARMEN ORDIZ PÉREZ

Hace cuatro años, Marta Bobis y Santiago del Vigo decidieron dar un giro a su vida. Él, en paro, ella, trabajadora del mundo de la informática y apicultora en su tiempo libre. La pasión heredada de su padre llevó a del Vigo a darse de alta como apicultor profesional y buscar una salida a la crisis laboral que había en su sector. Aunque sus estudios nada tenían que ver con la carpintería, su persistencia y pasión le dotaron de la habilidad para ser el encargado de construir cada colmena desde el inicio. Hoy, elaboran mieles artesanales de alta calidad que posicionan en tiendas delicatesen y en su plataforma 'online'.

«Tenemos la mayoría de nuestras colmenas en Ibias, en el pueblo de mi madre. De allí obtenemos nuestra miel de brezo, con mucho carácter e intensidad. La miel de mil flores, mucho más suave, es de nuestro colmenar en Illas, al pie del Gorfolí. Son mieles totalmente puras y nos gusta decir que van del panal al tarro. No las alteramos ni las sometemos a cambios bruscos de temperatura, nosotros simplemente cuidamos lo que producen nuestras abejas. Por desgracia, en ocasiones se ven en el mercado mieles que son mezclas de distintos tipos de calidad inferior, como la procedente de China, por ejemplo», explica Marta Bobis.

Pero sin duda una de las peculiaridades de esta joven empresa fue distribuir las primeras colmenas en el cortín familiar. Este espacio bicentenario, también denominado curtín o cortío, consiste en un cerco elaborado con piedras de pizarra. Este tipo de cierre típico del occidente interior se empleaba para evitar el ataque del oso, animal llambión por excelencia. El pastor eléctrico hizo que los cortines cayeran en desuso y que muchas de ellos hoy en día solo sean cúmulos de piedras invadidos por la maleza.

«Mi familia tiene algún cortín más, pero elegimos uno porque era el que mejor conservado estaba y es el más accesible. Un apicultor que tenga muchas colmenas lo verá como algo muy incómodo para trabajar, ya que no puedes llegar en coche hasta las colmenas o te tienes que agachar para entrar, pero para nosotros es un auténtico lujo. Los cortines los construían en sitios estratégicos y muy válidos para la apicultura. Este fue hecho por mis antepasados, lo usaban contra el oso. A nosotros una vez nos rompió la puertecita que teníamos y destrozó las colmenas. Ahora vemos su rastro, pero de momento no ha vuelto a entrar», bromea Bobis.

La conservación de estos cortines es parte del enriquecimiento y la preservación de la cultura gastronómica que una región tan rica como Asturias debería apoyar y defender. Un aplauso a los jóvenes que se buscan el futuro sin olvidarse de las raíces, inspirándose en el pasado.

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