LA VIRGEN DE BEGOÑA

UN COMINO

Los bilbaínos también celebran estos días las fiestas en honor a su patrona, la Virgen de Begoña

BENJAMÍN LANA

Lo hacen a la vez que los gijoneses, aunque aquí la mayoría disfruta de la Semana Grande sin saber que la virgen de sus amores es vizcaína. Vascos y asturianos han convivido durante siglos gracias al mar y la pesca. Primero fue la caza de la ballena, actividad que se practicó hasta el siglo XVIII a lo largo de toda la costa cantábrica, después el bacalao y la costera del bonito.

En Gijón y en el cercano puerto de Candás, otrora gran refugio marítimo y foco conservero, al este de Cabo Peñas, el punto más septentrional de Asturias y uno de los faros más importantes del Cantábrico, son comunes los Aramendi, Mendiguren, Iriberri, Badiola, Karrera, Eizaguirre, Alcorta e Iriondo, Tellechea y Aldeyturriaga, en su mayoría familias asturianas de pura cepa desde hace más de un siglo que proceden de los matrimonios de pescadores vascos, que pasaban meses de verano pescando en aguas asturianas, con mujeres de los puertos a los que acudían a refugiarse cada noche. También hay herencia vasca mucho más antigua en las últimas zonas balleneras del Cantábrico, como Tapia de Casariego, en el Occidente asturiano, donde los vascos explotaron la caza hasta su desaparición.

La advocación de la virgen en Gijón tiene su origen en la pesca del bacalao. En el siglo XVIII, pescadores vizcaínos que volvían de Terranova fueron sorprendidos por una tempestad y, ante el peligro de muerte, pidieron la protección de la virgen de Begoña y prometieron dedicarle una capilla en la primera tierra que tocaran, si salían con vida. Según cuenta el que fuera cronista de Gijón, Julio Somoza, esa primera tierra fue la playa gijonesa de San Lorenzo y en un pequeño promontorio junto a la misma cumplieron su promesa y construyeron una capilla dedicada a la virgen que años más tarde sería trasladada al interior de la ciudad.

Pero esta advocación mariana no fue solo fruto del azar y las tormentas, hace 150 años las embarcaciones vascas adelantaban la costera del bonito navegando hacia el Oeste, hasta al menos Cabo Peñas, en lugar de esperar a que los bancos llegaran a las costas de Vizcaya. Los lanchones boniteros de la época no podían pasar la noche en la mar y regresaban con la pesca a refugio al terminar cada jornada. Los bonitos se vendían en los puertos asturianos donde se fueron instalando grandes centros conserveros. En 1880, solo en la villa de Candás había ocho fábricas de escabeche.

La expresión genérica en euskera que los arrantzales utilizaban para nombrar los viajes de varias singladuras hacia el Occidente era navegar a ‘Candasera’ o ‘Kandatzera’, en clara alusión al puerto asturiano. Desde entonces y hasta los años 20 del siglo pasado, las embarcaciones de Mutriku, Ondarroa, Lekeitio, Bermeo, Orio, Getaria, Hondarribia o San Sebastián se contaban por docenas. Hasta 40 con 15 hombres por embarcación, según el historiador Manuel Ramón Rodríguez.

Es fácil imaginar la influencia de cientos de marineros vascos viviendo en pueblos asturianos al menos cien días por año y sus fiestas en días de buenas capturas. Pero pese a todo, los recetarios de las cocinas marineras vasca y asturiana no se mezclaron en demasía pese a la relación tan estrecha.

La relación de los asturianos con el pescado siempre ha tenido como base el guiso y la cazuela y escasamente –a excepción de las sardinas– la parrilla, al menos hasta hace unos pocos años. La caldereta asturiana, a base de diferentes tipos de pescados de roca y mariscos que se guisan en cazuela baja no tiene una preparación gemela en el País Vasco, ni las salsas vizcaínas, negra o verde se elaboraban tradicionalmente en el Principado, donde la merluza se oficia tradicionalmente a la sidra y el pulpo de pedreru se guisa con patatas.

En la cocina asturiana, el azafrán y el pimentón tienen un peso mucho mayor como saborizantes tradicionales que en la vasca. En la costa asturiana el bonito se toma a la plancha, en la preparación tradicional ‘en rollo’, a la asturiana, frito con cebollas y pimentón, y solo de modo ocasional en marmitako. Las influencias entre las cocinas marineras del Cantábrico, vírgenes y ballenas al margen, son un mundo por explicar, pero las dejamos para otro comino.

PD. Las atalayas y las casas de ballenas en las que se procesaban una vez cazadas existen o se recuerdan en Gijón, Llanes, Luarca, Candás, Lastres o Tapia de Casariego. Son testigos de otra época. También increíbles contratos comerciales, como aquel firmado con la parroquia de Tapia por el que se garantizaba sepultura en la iglesia a cualquier marinero muerto en la expedición a cambio de una aleta de ballena.

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