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Pitu caleya: el pata negra de la granja asturiana

Pitu caleya: el pata negra de la granja asturiana

En la Sierra del Aramo el criador Amador Garcíacuenta con 500 pitos en cinco hectáreas de libertad,además de un matadero profesional

Carmen Ordiz Pérez
CARMEN ORDIZ PÉREZ

En Vallín, Concejo de Morcín, se encuentra Amador García Suárez, dedicado a la cría profesional de pitos de caleya. Su historia comienza con su padre hace aproximadamente 14 años. Una finca y 20 pitos para autoconsumo se han convertido en la actualidad en más de 500 aves y un matadero profesional que les permite abastecer a restaurantes, carnicerías y ofrecer puestos de trabajo.

«Antiguamente teníamos que ir a matar a Ponferrada o Benavente. Eso suponía que nos teníamos que desplazar cada semana para matar 40 o 50 pitos. Los beneficios que teníamos con la venta de esos animales se quedaban muy reducidos, por no hablar de la huella de CO2», explica García Suárez. La lucha contra los kilómetros y la contaminación les lleva a realizar una inversión de aproximadamente 130.000 euros para la construcción de un matadero pequeño, pero que cumple todos los requisitos necesarios para el sacrificio de estos animales. Una apuesta que les permite a día de hoy ser proveedores de restaurantes como Casa Gerardo, Casa Belarmino, Casa Narciandi o La Nieta y de distribuidores como Productos Cárnicos El Cuco.

«La inversión fue elevada pero también implica vender más. De hecho, nuestra idea es crecer, ya que a día de hoy hay más demanda que oferta. Hemos comprado otra finca donde están empezando las excavaciones para poder hacer otra nave y abastecer así a nuestros clientes», anota Amador García.

Las cualidades que hacen tan especiales a estos animales son su alimentación y su calidad de vida. La realidad de estos pitos es muy diferente a la de las explotaciones avícolas intensivas. «El pitu caleya está criado a base de maíz roto, un pienso que se diferencia del triturado no solo por tener un precio más elevado, sino por su composición. Se trata de maíz partido en trozos del tamaño de un grano de arroz, sin ningún añadido. Si a una buena dieta además se le suma, mínimo, un año de vida con más de 5.000 metros de libertad te encuentras con una buena formación de grasa, un sabor, textura y color muy diferentes a los pollos criados en pocos meses y con engordantes. Es como comparar un jamón de pata negra con uno de 10 euros el kilo».

En cuanto al papeleo, él lo tiene claro. «A veces se piden demasiados papeles y se exigen cosas que no son tan necesarias y que implica mucho gasto de dinero. En cuanto a los controles sanitarios, cuantos más mejor. Al final, se está jugando con la salud de la gente. Estoy muy a favor de que en eso sí sean estrictos».

En definitiva otro ejemplo de explotación ganadera que apuesta por la vuelta a lo de siempre, una tendencia cada día más extendida no sólo en ganadería sino también en restauración, y que tiene como principio fundamental volver a las explotaciones que respetan el bienestar animal y la forma de cría tradicional. Quizás durante años el ser humano se aceleró por innovar cuando en realidad solo tenía que tratar de mejorar lo que había.

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