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Belarmino

Belarmino

  • Chus conducía camiones hasta que cansó y cambió el vehículo por una sidrería;ahora siente que ésta era su ruta

Si alguien retornara a La Felguera tras cincuenta o sesenta años de ausencia y entrara por la avenida de Gijón, bordeando los viejos e históricos edificios siderúrgicos y mineros, ahora ecologistas y multicolores, quedaría no ya atónito, ablucáu, que el asturiano aumenta el grado: la limpieza de las piedras, los ladrillos, las calles, los árboles, los jardines y la mismísima atmósfera resistiría comparaciónes con los de una aldea nórdica. Nada queda del polvillo, el humo, la niebla y la grisura que perpetuamente todo lo cubríaen un microclima de silicosis y estados de excepción. Tampoco quedan rastros de la inmigración masiva, las fondas de seis por habitación y la abundante oferta de puestos de trabajo: a veces la ecología y el pleno empleo concuerdan mal.

Chus, el propietario de la sidrería Belarmino, en este renovado y amplio barrio que sirve de enlace con Sama, ya tuvo que buscarse la vida como autónomo por muchas ocupaciones, la última y más duradera de camionero, trabajo contra lo que se piensa mal comido, que el vino, la sidra o la cerveza no entran dentro de los menús, y el tiempo prima los restaurantes que sirven y cobran rápido.

«No me veía jubilándome de camionero, demasiado duro y solitario para alguien a quien le gusta la gente;llegó la ocasión y cogí lo que era un café y lo transformé en chigre», cuenta Chus (y no Belarmino, el primer propietario cuyo nombre decidió respetar).

El chigre, moderno, diáfano, con grandes y antiguas fotos de La Felguera que ayudan a marcar la diferencia entre el ayer y el hoy, añade dos terrazas a sus dos puertas de amplias cristaleras y un interior único de justo tamaño para el rápido servicio y el escanciado profesional obligatorio.

De los platos se encarga una maestra de cocina en sentido estricto –previamente enseñaba el arte de Lúculo a parados– y que no obstante su juventud dirigió varios restaurantes y estudió desde las técnicas novísimas a los trébedes: Jésica sabe preparar tiernas y caldosas patatines con carne, intensos arroces marisqueros, revueltos de setas sedosos, jugosos rabos de toro, sartenes de toma pan y moja y unas exquisitas cebollas rellenas de pitu caleyeru.

Del gochu y el xatu casi todo, mientras los potes diarios del medio menú ahorran presupuesto con raciones de paisanu (y paisana tras el destierro del genérico por la corrección política) y de ‘voy llevame lo que sobra’.

Al salir, un paseo hasta la vecina iglesia neorrománica de San Pedro y hasta el parque Duro servirá para mejorar la digestión y respirar (¡quién lo diría hace pocas décadas!) a sano y clorofílico pulmón pleno.

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Cortamos la carne de xatu en trozos que doramos. Aparte sofreímos un fondo de verduras picadinas y le añadimos medio litro de caldo de carne ya elaborado con un poco de vino y brandy. Tapamos y ponemos al mínimo para que cueza suave una hora antes de agregar las patatas peladas y escachadas. En cuanto también queden tiernas (20 minutos)sazonamos, retiramos y servimos.