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La Torga

La Torga

  • Destacó por su fundador catalán y ahora destaca por un nuevo encargado con historia larga y laureles varios

Ramón nació en un pueblín de Salamanca. O le nacieron, porque al poco crecía asturianín, tras conseguir su padre empleo en la Electroquímica. Aquellos eran tiempos de pluriempleo, y para mejor sacar adelante a la familia combinaba su papel de obrero industrial con el de hostelero en El Jardín, esa sala de fiestas gijonesa sin cuya historia y sociología nadie podría entender los últimos sesenta años de la villa.

Allí, recién cumplidos los catorce, Ramón se puso a recoger los vasos del baile al aire libre. Fue el comienzo. A los dieciséis ya había ascendido a camarero de confianza y oportunidades;su posterior recorrido por otros nombres cardinales del entretenimiento local incluyó el Oasis, El Parque del Piles y El Dragón.

«Mucho antes de la mayoría de edad ganaba, entre sueldo y propinas, un montón de dinero; parte lo guardaba cucamente en el faro de la bicicleta para no tener que dárselo a la familia», recuerda.

Luego llegaron otros destinos –La Taberna Gallega, por ejemplo– y cumplida la mili le tocó turno al Pindal, cafetería con tortitas y carajitos de fama que animó tempranamente la ahora comercial y cosmopolita calle de Juan Alvargonzález, que hasta posee título de bulevar sidrero.

«Cada vez me interesaba más la cocina, por lo que cogí en la misma calle La Pumarada, chigre de comedor grande, y después vine para éste donde trato de que mis clientes coman bien y a buen precio», añade.

Éste comenzó como Casa Jaime, la de Jaime Manzano Manzano, un cocinero sabio y original que por una asturiana dejó su Lérida natal y popularizó él rincón, que continúa disponiendo de una sala con barra y comedor de tapeo, y otro comedor formal en color crema, molduras de ladrillo, cuadros y transparencias mezclando aires de tasca y mesón.

De la comida debe anotarse su naturalidad, clasicismo, abundancia y economía, con un recomendable menú del día que diferencia opciones y adapta gustos: mariscos en individualidad o en parrillada, pescados a la sidra, plancha, horno o cazuela; cortes de vacuno, secreto ibérico y chuletinas de cordero, parrilladas de carnes variadas… Y un supercachopo que da para cuatro comensales y para que se quite el sombrero quien lo gaste.

Fritos de merluza y pixín, callos de la casa, setas con jamón, pastel de pescado de roca, chipirones afogáos, oreja o hígado encebollado quedan incluidos en las posibilidades cotidianas. Amelia, guisandera quirosana, sabe elaborar en fogones modernos lo que aprendió en fogones de carbón. Yla que aprendió a cocinar con hulla y ramas secas no le teme a nada, de la inducción al roner.

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