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GIJÓN

Sidrería Genio

Eugenio Graña, en su sidrería. /AURELIO FLÓREZ
Eugenio Graña, en su sidrería. / AURELIO FLÓREZ

Pequeña, familiar y de buen diente, los vecinos la aprecian y los casuales agradecen descubrirla

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

La plaza de Miguel Servet, en La Calzada, proporciona un paisaje urbano colmenero que no deja a nadie indiferente. Desde la terraza de Casa Genio, la perspectiva parece agigantarse: un rectángulo enorme con zona verde, de descanso y juegos, que cierran en sus cuatro lados enormes edificios impersonales, deja al cielo de bóveda luminosa y cercana casi al alcance de una escalera.

Filas de ventanas, que son filas de intimidades, darían enorme trabajo al Diablo Cojuelo por la densidad humana a mostrar bajo sus tejados, pero ya no queda nada humano expuesto mil veces en pantalla, así que mejor echamos otro culín apreciando la suerte de quienes viven aquí, ante un espacio de tránsito corto y bancos serenos.

Sidrería Genio

Dirección:
Calle Miguel Servet, 17. Gijón.
Teléfono:
691 888 246.
Cocina y cata:
Eugenio Graña Fernández y Ángela María Álvarez Valera.
Apertura:
2016.
Descanso:
ningún día.
Menú (sólo finde):
12 euros.
Sidra:
Foncueva y Vda. de Angelón.
Tarjetas:
no se aceptan.

La sidrería, pequeñina y agradable, con simpáticas pinturas de quintanas y llagares, ofrece variedad de pinchos sobre la barra;destacan unas deliciosas torrijas por la rareza de ofrecimientos dulces:«Las hago según receta de mi madre, una magnífica cocinera profesional que me enseñó todo sobre potas, hornos sartenes y fogones», nos dice Eugenio (que de ahí Genio).

Luego comenzó a aprender desde niño, pasando la familia por unos cuantos establecimientos y regentando El Mirador de Teverga, concejo que de caza, gochos y xatos lo sabe todo: «Yo no pasaba de retacu, pero ya me fijaba en los cortes, las preparaciones, el servicio, los adobos y los guisos», recuerda.

Llegado el momento buscó sus propios destinos profesionales, unos cuantos, y en la parrilla Gaucho Fierro conoció a su mujer, que desde entonces le acompaña, anima y comparte responsabilidades y fatigas.

En un cambio de etapa ella le propuso abrir local propio. Se resistió. El primer hijo añadía temor y peso a la aventura. Y editó un currículum sin demasiada suerte, «hasta que el dueño de un restaurante a quien se lo entregué, lo rompió delante de mí sin leerlo;me sentí humillado y vi que mi mujer tenía razón. Buscamos algo que pudiéramos llevar ambos, encontramos Casa Finito, cambiamos el nombre y los contenidos, el vecindario nos honró con su presencia, y ahora creo que no pudimos optar por camino mejor».

La ensalada César, entre la leyenda y la realidad, con sus croutons o curruscos, y en versión pollo, alcanza consideración principal, no de complemento, y del cachopo de cecina y queso de cabra –tierno y cremoso– tres fartúcanse, dos refartúcanse y uno se llama Pantagrel.

Y si no, callos, oreja, calamares, tortinos de variado contenido, tortilla de patata guisada, costillas a la diabla, merluza a la sidra o amariscada, carrilleras a la sidra y una hamburguesa cien por cien vacuno que no exige cola, pedido, pago adelantado y cargue Vd. la bandeja.

Buena comida, buena gente, buen rincón y –de haber fútbol con implicaciones sentimentales– pasiones ardientes que los culinos refrescan.

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