VILLAVICIOSA

Parrilla Isidro

La mar pone su parte, pero aquí nos recuerdan que la comarca también se enorgullece de sus jugosos pastos

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

Llueve. Y casi hace frío en el día que julio se despide y agosto anuncia su llegada. Da igual. Ver caer la lluvia sobre la explanada del aparcamiento, el merendero con mesas y bancos de madera y piedra, la terraza y los frondosos árboles (que ya empiezan a amarillear hojas anunciando un otoño prematuro) puede resultar igual de reconfortante que una tarde soleyera. Y el hórreo. Y la fuente. Y el entoldado de quita y pon. Y luego está el olor a tierra mojada que algún avispado químico debería convertir en perfume. Para un reconfortante refugio disponemos, ocupando el amplio y blanco chalet, un comedor de barra y entrada, y otro posterior con chimenea que –de seguir las cosas así– tal vez acoja troncos ardientes antes de Todos los Santos.

Parrilla Isidro

Dirección
Carretera de La Ñora, barrio de Cazamular. Quintueles (Villaviciosa)
Teléfono:
985 89 42 72
Cocina y sala:
Isabel Bastián Bastián y Isidro Cifuentes Rodríguez
Apertura:
1984
Menú:
10 euros (laborable) y 18 euros (finde)
Sidra:
Piñera
Descanso:
Lunes

En la barra frontal los lugareños apuran culetes, leen la prensa y charlan de los asuntos mariñanes cuando no de alta política. La autenticidad aldeana queda refrendada por el ambiente distendido, las confiables materias primas, las raciones capaces de satisfacer al más famientu y los económicos precios.

«Soy de Quintueles», nos dice Isidro, el amable fundador y propietario. «Y como muchos de por aquí me dediqué a la ganadería, repartí leche con mi propio camión y cuando prohibieron su venta ambulante pensé de qué manera podría ganarme la vida. Hacerme taxista me apetecía, pero después de tanta relación con xatos y vacas, preferí poner un restaurante. Y más concretamente por una parrilla, especialidad bastante escasa en aquellos entonces». Hombre decidido, con una familia a la que sacar adelante y una esposa que de cocina sabía bastante más de lo necesario, montó un merendero y los xatos, gochos, pitos y corderos, con sus matachanas y criollos, sus patatines y sus ensaladas de huerta vecina comenzaron a salir sin descanso, facilitando que la casa creciera en espacios de acogimiento y hoy no sea idea descabellada reservar.

Pero no sólo de parrilladas lentamente guisadas en la visible parrilla de leña vive el comensal. O de llámpares, que estamos en la capital mundial de este molusco, tal vez menos refinado que la ostra, si bien capaz de enriquecer salsas gloriosas. Hay croquetas tiernísimas, fabes de sobresaliente, bonito entomatado, cachopos crujientes de concurso, chuletones señoriales; y horno igualmente de leña para cochinillos y lechazos…

Encima, la parroquia monta maratones de parchís, sábados de baile, comuniones, homenajes y reencuentros, certificando que la buena comida (y bebida) convoca, desde las hecatombes de los astures con bueyes y zythos, fuera sidra, fuera cerveza, a la fiesta tarde o temprano necesaria.

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