GIJÓN

Restaurante Belmonte

Hay establecimientos que aparte de dar bien de comer a todo un barrio son ejemplo del temple de su guisandera

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

El Belmonte se alza esquina con esquina ante la iglesia parroquial de Tremañes, y tiene por compañeras inmediatas una fila de casinas sociales de las más antiguas, de planta única y fachadas azulejadas, además de cobertizos para aperos de huertas familiares. En comparación, el restaurante, que es también parrilla y hostal, se hace gigante. Sin embargo, basta entrar, tomar unos culinos en el chigre primero, o comer donde el comedor formal, entre laterales de parrilla de leña y de terraza soleyera, para darnos cuenta de que el aforo, a pesar de su buen tamaño, parece pequeño, íntimo, familiar y muy hospitalario.

Rodeado de casas de aldea con huertas y vacas por una parte, y de polígonos industriales por otra, no le faltan obreros de mono y ejecutivos de puño blanco a la hora de comer, que con la crisis se cuidan las apariencias y el «yo ando igualmente escaso de fondos».

Restaurante Belmonte

Dirección:
Camino de la Iglesia, 524 - Gijón
Teléfono:
985 32 10 52
Fundadora:
Encarnación Álvarez Álvarez ‘Pili’
Cocina:
María Isabel Álvarez Álvarez
Sala:
René Reyero Álvarez
Descanso:
nunca
Menú laborables:
8,50 con café;10 y 12 ,90 sábados y domingos
Tarjetas:
se aceptan

No siempre fue así. Durante décadas el principal pueblo vecino, o mejor dicho poblado, se llamaba ‘Villacajón’, y quienes lo conocimos bien (a mí me tocó realizar allí el censo de 1980, chabola a chabola y prefabricado a prefabricado) lo recordamos como una miserable concentración de habitáculos mayoritariamente poblados por gitanos feriantes de Tras-os-Montes.

A nadie le costó tanto realizar el censo –del analfabetismo no se libraba casi nadie– y nadie disfrutó de tantos detalles: licores, cafés, linternas, transistores y unos cuantos gallos de Barcelos.

Pues su supermercado principal, el de la libretina hasta que’l mi home cobre, lo dirigió Pili. Y también el bar de pintas, culetes, coñacs españoles, solisombras y carajillos.

Pili, que se llama Encarnación y su padre, disgustado con tan místico nombre la llamó siempre así, Pili, nació en Acicorbo, una aldea pequeña y alta en pleno dominio de brañas vaqueiras, y en cuanto pudo, escapando de aquellas cumbres, maravillosas para vacacionar y menos para trabajar y vivir, emigró a Dusseldorf, pasando de una fábrica de tejidos a montar el Bar Español, conocer a su marido, y cambiar la capital renana por la villa de Jovellanos.

Y compró en 1969 el bar tienda de una señora llamada Marina que mantuvo combinándolo con la cría de gochos, pites y huerta por donde ahora se ha extendido el local. Encima su marido se marchó a Venezuela, tierra de promisión en aquellos entonces y donde sigue, dejándole tres hijos pequeños a los que sacó adelante sin ahorrarse fatigas, y a los que les posibilitó adquirir tres licencias de taxi.

Y resumamos la parte humana antes de pasar a la gastronómica: su hija le dio a René de nieto, y llegado el momento de la jubilación le dijo a éste que «o tú te lo quedas o lo cierro». Y rené que es simpático, despierto, nació prácticamente tras la barra, jugó al fútbol y sacó una ingeniería, se lo quedó. Y lo amplió, remocicó, emparrilló y revitalizó mientras su madre le ayuda y su abuela le aconseja cómo cuajar suave y jugoso el pastel de cabracho, guisar unos callos perfectos desde la callada al jamonín picado, ximielgar el bacalao con pisto para que la salsa engorde, hornear el cochinillo y la paletilla de cordero en punto crujiente y meloso, conseguir unas cebollas rellenas de carne o bonito dignas de El Entrego, darle a los potarrinos en tinta el ajo y el licor adecuados que los realce o conseguir unas berenjenas o un repollo relleno que ni por San Antonio, patrón de Belmonte.

Y un arroz con leche, un flan, unas natillas o unos frixuelos propios de cocina de carbón.

René añadió la parrilla de leña para vacíos, entrecotes, chuletones, costillas, churrascos y demás carnes a la madera y el hierro.

Ahora que tantos negocios se abren, sobreviven una temporada, y cierran dejando tras de sí decepciones, depresiones y deudas, el Belmonte representa otro tipo de negocio y otra generación –esa sí que sin duda alguna la más preparada de España junto con la anterior– capaz de convertir las piedras en panes, atender fíos, cocina y ganado casi simultáneamente y vigilar que a los suyos jamás les falte de nada.

Y ‘los suyos’ incluye a sus comensales.

¿Qué visitar?

De moderna fábrica y remota fundación, con un pórtico cerrado de faldellín y una fachada cuya ventana gemela y campanario aportan sabor asturiano, mira a parque y se rodea de parque. Pero durante años fue centro de ayuda y también de enfrentamientos entre párrocos piadosos con los gitanos, vecinos deseosos de devolverlos a Portugal, asociaciones caritativas conservadoras y revolucionarios clamando derechos. Al ver lo que ya no está, recordemos igaulmente que éste fue barrio de casonas y aristócratas con huellas visibles. Yde indianos que lo llenaron de palmeras.

Orejas de ministro

Ingredientes para 4 comensales:

-4 orejas de cerdo curadas y saladas.

-Pimentón picante.

-Aceite de oliva.

Elaboración:

1. Dejamos las orejas a remojo en agua fría durante veinticuatro horas, con tres cambios de agua por lo menos.

2. Las pasamos por el grifo y revisamos que no tengan pelo alguno que quemar.

3. Seguidamente, en una pota con abundante agua hirviendo, las introducimos y en cuanto el hervor reinicie bajamos el fuego y dejamos que cuezan lentamente sobre hora y media.

4. Transcurrida al menos hora y cuarto usaremos una aguja para testar la terneza.

5. Las sacamos, recudimos y esperando un poco a que enfríen, bien con guantes, las picamos en rectángulos propios de un bocado.

6. Por último las emplatamos, salamos, regamos con aceite de oliva, vestimos de pimentón picante… ¡Y a brindar!

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