El Comercio

Ponga: en los dominios de Belenos y Taranis

La cumbre del Tiatordos sobre el valle pongueto.
La cumbre del Tiatordos sobre el valle pongueto. / FOTOS: P. A. M. E.
  • Declarado en todo su territorio Parque Natural, el concejo que elabora el afamado Queso de Los Beyos y conserva en Peloño el mayor hayedo de la península, sigue fiel a su destino de parada y fonda

En los bosques de Ponga, en hayedos como el de Peloño, se ocultan algunos de los últimos ejemplares de urogallo de la Cordillera Cantábrica. Se esconden también aquí o duermen su sueño intemporal la sombra de dos dioses del panteón céltico: Belenos, señor de la luz y el fuego, y su pariente Taranis, el rey del trueno y el rayo. El primero lo hace bajo el topónimo de la capital del concejo: San Juan de Beleño o Beleño a secas, mientras su compañero de fatigas divinas perdura en el nombre de la aldea de Taranes y de la peña del mismo nombre que la corona desde sus 1.733 metros, no muy lejos del gran coloso de los cielos ponguetos que es el Picu Tiatordos (1.951).

Basta adentrarse por los desfiladeros y hoces que conducen a este concejo -declarado Parque Natural en todo su territorio- para sentir que no es casual el que entre sus cumbres de caliza hayan venido a reunirse los dioses de la luz y del trueno. Como el paisaje después de una batalla que hayan disputado ambas deidades parece dibujado el de la abrupta orografía pongueta, camino de paso, tortuoso y difícil, hacia la meseta, por lo menos desde que por él transcurría una calzada romana y posteriormente el Camín Real, atravesando los puertos de Arcenorio y Ventaniella.

A la puerta del pequeño hotel y balneario que regenta, desde hace casi tres décadas, junto a su socia y cocinera en el negocio, Celia Nieves, el cabraniego Jorge González se muestra satisfecho de que el centenario manantial que nutre la piscina cubierta con aguas de entre 20 y 30º de temperatura haya sido, por fin, reconocido oficialmente como termal. Éste fue uno de los primeros núcleos de turismo rural de Asturias (al lado de Taramundi) y, a su manera, ya antes había cumplido una función recreativa y terapéutica similar a la que muchos establecimientos actuales ofrecen entre sus servicios: desde el siglo XVIII aparece documentado como balneario y hasta bien entrado el último siglo existió una fonda -a la vez chigre y tienda- que hospedaba a usuarios de las aguas termales venidos desde cualquier punto de la península. El hostelero muestra facturas de la casa de comienzos del XX, rescatadas junto a recetas médicas prescritas para los huéspedes de la Casa de Baños. Al lado de la piscina actual se conservan los restos de un lavadero que se nutría del mismo manantial del balneario y que, por una de esas humoradas que tiene a veces el tiempo, sirvió para que la familia propietaria de la antigua fonda experimentase las ventajas del lavado con agua caliente unas cuantas décadas antes de que llegasen a nuestro país los electrodomésticos capaces de ése y otros milagros como el del centrifugado.

Desde Mestas de Ponga y su balneario al lugar de Taranes hay unos tres kilómetros de carretera estrecha y pródiga en curvas con enigma, en las que es necesario tocar la bocina para evitar un posible siniestro total; a cambio de su aparente peligro, ofrece un bonito viaje entre pasillos arrancados a dentelladas en las paredes de caliza y algo así como el laberinto de un jardín cubierto con toda clase de combinaciones arbóreas: castaños enlazados con alisos, hayas emboscadas con fresnos y envarados avellanos que dejan caer sus frutos sobre el firme -es un decir- del asfalto. Una centenaria castañal con el tronco abierto en canal y chamuscado por un rayo nos recuerda que estamos en los dominios del dios celta de las tormentas. La aldea que de él toma su nombre conserva el sabor y la lucida sobriedad de la arquitectura tradicional de la zona, con hórreos de sólidas colondras, viviendas con corredor y galerías acristaladas, cuadras con sillares como palaciosy su iglesia al pie de la Peña Taranes y del Tiatordos, de factura dieciochesca.

Desandando el camino hacia Mestas y tomando la carretera que conduce a Beleño otros lugares que merecen una visita para degustar el carácter tradicional pongueto son Abiegos y Sobrefoz.

Para los aventureros y buscadores de maravillas imborrables queda la escapada al bosque de Peloño, con sus espectaculares ejemplares de hayas que cuentan los anillos de sus troncos en siglos, o a recorrer el Desfiladero de los Beyos, prodigio ejecutado a dos manos por el hombre y la naturaleza, en cuyo entorno se elabora el apreciado queso que lleva el nombre de esa vía y donde aún se maltienen los escasísimos ejemplos de hórreo beyusco (a dos aguas), que fueron característicos del concejo y que traspasan la raya administrativa de Asturias hacia el vecino concejo leonés de Sajambre/Sayambre, con el que las tierras ponguetas tiene tanto en común.

Eso; que Ponga, sus valles, ríos, foces, bosques, montes, cumbres, caminos de paso y fonda, sus dioses celtas de la luz y el trueno, valen uno o unos cuantos paseos de ida y vuelta para quien no se canse de fatigar la eterna novedad de su paisaje.