El Comercio

Jenaro Fueyo Castañón Segundo Alonso González Isidro Fernández Cordero Antonio González Alonso

El próximo sábado 8 de octubre la Catedral de Oviedo acogerá la ceremonia de beatificación del sacerdote Jenaro Fueyo Castañón y los seglares Segundo Alonso González, Isidro Fernández Cordero y Antonio González Alonso, asesinados el 21 de octubre de 1936 y conocidos como los Mártires de Nembra. La liturgia será presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y contará con la presencia de los titulares de las archidiócesis de Santander, León, Astorga y Oviedo. Culminará así un proceso iniciado en el año 1990 por el párroco emérito de San Nicolás de Bari (Avilés) Ángel Garralda y en el que los familiares de las víctimas habían puesto todas sus esperanzas para el reconocimiento oficial del martirio padecido por estos cuatro alleranos en uno de los episodios más atroces y menos conocidos de la guerra civil en Asturias. El Papa Francisco firmó el pasado enero el reconocimiento de su martirio «por odio a la fe».

Jenaro Fueyo García (Murias, 1949), sobrino nieto del párroco de Nembra asesinado, nos recibe cordial en su domicilio ovetense del Campillín, desde cuyo balcón se ve la torre de la Catedral. Este profesor jubilado y comprometido en proyectos de cooperación social en Centroamerica, recuerda que en su familia durante mucho tiempo las circunstancias terribles en las que murió el tío sacerdote: «Reinaba el más absoluto silencio, era una especie de tabú, como si entre ellos se hubiesen puesto de acuerdo para no hablar de ello». Después casualidades de la vida harían que una prima suya contrajera matrimonio con el hijo de Isidro Fernández Cordero -otra de las víctimas de los sucesos de Nembra- y por esta y otras vías le fueron aportando más información. Con el tiempo ambas ramas familiares coincidirían en las reuniones iniciadas en 1990 para conseguir la beatificación de los mártires.

De todo lo sucedido aquel 21 de septiembre en el interior de la propia iglesia de Santiago de Nembra, a Jenaro sí le había llegado la memoria de uno de los detalles más escalofriantes de los últimos momentos de las víctimas a manos de sus verdugos -milicianos de la retaguardia, encargados de la represión de los supuestos elementos derechistas locales-: su muerte por degollamiento y que unas mujeres, colaboradoras en los hechos, habían aparecido con baldes en los que recoger la sangre «para hacer con ella morcillas para los carcas», según la expresión de una de ellas, recordada por testigos presenciales. En cierta ocasión, su prima le había brindado la posibilidad de llegar a conocer a una de estas personas, algo que él siempre rechazó: «Se daba la circunstancia de que una de ellas era clienta de la tienda que puso la viuda de uno de los dos mineros asesinados y ahí tenía la pobre señora que atenderla», cuenta.

En julio de 1936, cuando estalla la guerra civil, Nembra es un lugar de unos mil habitantes en el que casi un centenar de vecinos profesaban como sacerdotes o miembros de órdenes religiosas. La presencia del sindicalismo católico, impulsado por el Marqués de Comillas entre los trabajadores de su empresa de minas Hullera Española, suponía una importante competencia al sindicalismo de clase de organizaciones como la fundada por el socialista Manuel Llaneza y las más minoritarias sustentadas por los comunistas. El párroco de Nembra, Jenaro Fueyo Castañón, colaboraba en las distintas iniciativas del Sindicato Católico y había promovido el acercamiento de familias obreras a las actividades parroquiales como la Adoración Nocturna, de la que eran miembros los tres seglares que compartieron con él su destino final. Esas parecen ser las razones que llevaron a un grupo de milicianos de la retaguardia allerana a escogerles como víctimas y al especial ensañamiento con el que los ejecutaron.

«Claro que había una competencia enorme del sindicalismo católico en esa zona minera -explica el padre Ángel Garralda, autor del volumen 'Los Mártires de Nembra' y promotor de su beatificación-, era una lucha feroz además entre la fe en Cristo y el ateísmo marxista, para quienes se amparaban en éste, había que exterminar a los católicos y a la gente de derechas... lo hicieron en la revolución del 34 y aquello fue sólo un aviso». El sacerdote navarro de nación y avilesino por ministerio desde hace más de cinco décadas señala el perfil de los verdugos de Nembra como una muestra de lo que ocurría entonces en Asturias y otras zonas de España: «Sus padres eran todos excelentes feligreses, creyentes y buenos católicos, personas sin ninguna tacha y a sus hijos, a aquellos jóvenes les habían envenenado con el odio a Dios y la religión, como a tantos otros, el odio marxista les cegaba».

En el trabajo publicado por el párroco emérito de San Nicolás de Bari se relata cómo fueron los últimos momentos de los cuatro mártires de Nembra. El sacerdote es detenido y conducido a la iglesia de Santiago, en la que ya se hallaban prisioneros los mineros Isidro y Segundo. Allí, pocas horas después, sus captores les comunican que van a ser ejecutados y les preguntan dónde quieren estar en el momento final: los tres responden que en el mismo lugar donde solían seguir la misa. El sacerdote oficia entonces su última liturgia con los dos feligreses que van a compartir destino con él. Luego les hacen abrir sus propias tumbas frente al altar: Isidro y Segundo son degollados y posteriormente descuartizados para introducirlos en los nichos abiertos por ellos mismos; el párroco, corre idéntica suerte, tras ser maltradado y en su caso -detalla Garralda- el cuerpo es enterrado boca abajo. Al cuarto de los asesinados, el joven estudiante de Magisterio, Antonio González, le dan la oportunidad de salvarse si blasfema y profana objetos sagrados y al negarse a hacerlo, se lo llevan al Comité de Sama y allí, tras someterle a torturas de todo tipo (el testimonio del chófer en ese macabro trayecto asegura que le habían cortado la lengua) lo conducen al Alto de Santo Emiliano y no se vuelve a saber más de él, aunque los testimonios recogidos por el autor de 'Los mártires de Nembra' apuntan a que fue asesinado y arrojado al pozo de una mina abandonada.

Hojeando el libro de Garralda, entre cuyas páginas, Jenaro Fueyo García, guarda una de las pocas fotografías que conserva de su tío-abuelo y una pequeña esquela donde se le recuerda, reflexiona sobre el entorno en que se producen estos hechos: «Nembra era un pueblo pequeño y en los pueblos pequeños se suelen producir esta clase de atrocidades, quienes se creen los reyes del mambo y controlan la situación se aprovechan de ello para zanjar rencillas y odios, aunque en este caso parece claro que hay una motivación ideológica: ateísmo contra religión, en cualquier caso se trataba de matar por matar, hacer el mayor daño posible y de la manera más atroz». Él estará, junto a los restantes familiares de los mártires de Nembra, en la ceremonia de canonización en Oviedo: «Esto es también memoria histórica -añade-, se trata de una cuestión de humanidad y reconocimiento de un dolor. Mi propio tío y sus compañeros perdonaron a sus asesinos, nosotros no podemos menos que hacer lo mismo».