El Comercio

El 'kilómetro 0' del Eje del Mal

Santuario del ayatolá Jomeini, a las afueras de Teherán, un mausoleo de mármol y cristal digno de un profeta.
Santuario del ayatolá Jomeini, a las afueras de Teherán, un mausoleo de mármol y cristal digno de un profeta. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO GARCÍA
  • Teherán, la moderna capital de la antigua Persia, cambió los palacios del Sha por grafitis del ayatolá Jamenei, pero las grúas ya no se usan para hacer escarmientos y las parejas vuelven a pasear de la mano

Dicen que la realidad supera siempre a la ficción. Quien aterrice en Teherán no tardará en comprender que el mayor peligro al que se enfrenta un extranjero no es acabar como el Brody de 'Homeland', colgando de una grúa ante una turba sedienta de sangre. La auténtica temeridad es lanzarse con un coche de alquiler a ese torbellino desquiciado que son las calles de cualquier ciudad iraní, no digamos ya de la capital, con doce millones de residentes y otros tres de población flotante que conducen como si no existiera un mañana. Los semáforos son ninguneados, las señales de stop parecen meros adornos, cuatro filas de coches se abren paso sobre tres carriles y en la autopista dan marcha atrás cuando han equivocado la salida... Cruzar un paso de cebra es una prueba de fe y aventurarse en una rotonda, casi tan arriesgado como dormir en un cesto de cobras.

Un libanés nada sospechoso de gustarle Juanes me había recomendado incluir en el equipaje un par de camisas negras y dejarme barba. Eso y visitar el Santuario de Jomeini nada más llegar al país. El mastodóntico edificio se levanta a las afueras de Teherán, a 10 kilómetros del aeropuerto y pegado a Behesht-e Zhara, el Cementerio de los Mártires, un jardín de piedra que se extiende sin principio ni final. Han pasado casi treinta años desde la muerte del imán, pero las grúas todavía sobrevuelan el complejo, dominado por una cúpula sobre la que refulge el sol flanqueada a su vez por cuatro minaretes también dorados. No se permiten cámaras en el interior, pero el iraní es un hombre de recursos y no tardan en asomar los móviles por todas partes. El espectáculo es de una belleza deslumbrante, sobre todo por los cristales que tachonan el techo, las paredes de alabastro, y las alfombras que cubren una superficie equivalente a varios campos de fútbol. En medio, la tumba-cofre de Jomeini, el hombre que expulsó al Sha, que hizo realidad el sueño de Mosaddeq de nacionalizar el petróleo, que plantó cara a Estados Unidos, el Gran Satán. El 'kilómetro 0' del Eje del Mal a ojos de la CIA. «Irán es como un anillo que ha perdido su gema», decían por contra los periódicos locales de la época.

Teherán es una de las ciudades más grandes del mundo, encajonada al norte por la cordillera Elbruz y salpicada de estaciones de esquí y con cumbres que alcanzan los 5.500 metros de altitud. Desde lejos parece un magma de cemento, perennemente cubierto por una boina de niebla y contaminación. Conforme se avanza hacia allí, el aspecto de los barrios mejora y la brisa atempera los rigores del verano. Las calles son una sucesión de bloques anodinos que combaten el gris de las fachadas con monumentales murales donde emergen como héroes los mártires de la revolución y los santos se suben por las paredes, el gesto sombrío de Jomeini en dura pugna con la sonrisa beatífica de Jamenei.

El iraní es de natural sociable, hospitalario, culto. La vida transcurre en bulevares y plazas entre partidas de backgamon y corrillos de hombres malencarados que cambian rials por dólares y euros. El viajero asistirá perplejo al consumo pantagruélico de helados, té de jazmín y toneladas de pistachos, llenará el depósito del coche por cuatro perras -un euro, cuatro litros de gasoil- y estrechará mil manos en cuanto diga que es español -«¿Madrid o Barcelona? ¿Ronaldo o Messi?»-. No verá bares ni discotecas, bailes ni por supuesto minifaldas. Tampoco caviar de beluga, a un precio totalmente fuera de su alcance por mucho que Irán sea el principal productor mundial. El alcohol sólo corre en la esfera privada. Dicen.

En la cámara acorazada

La ciudad cautiva con palacios como Golestan y Sa'dabad, donde la dinastía Pahlevi vivía rodeada de la absoluta opulencia mientras el país acumulaba rencor y deudas. Ahora, las familias despliegan en esos mismos jardines alfombras y manteles a la luz de la luna, mientras repiten que no es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y cuando tienen alguna duda se dan una vuelta por la antigua embajada de Estados Unidos, blasonada de grafitis antiimperialistas desde que la crisis de los rehenes abriera un abismo en las relaciones internacionales. O visitan el Banco Central, en cuya cámara acorazada se custodia entre increíbles medidas de seguridad el que es sin duda el museo de joyas más excepcional del mundo, el tesoro de los shas, con tronos de oro, esmeraldas y zafiros, vainas de espadas repujadas con esmeraldas y coronas rebosantes de perlas y diamantes. Un cofre de belleza apabullante que abre al público sólo dos horas los sábados por la tarde.

No demasiado lejos de allí, al sur de la plaza del imán Jomeini, se extiende el Gran Bazar, más de diez kilómetros de galerías y corredores que ofrecen lo mismo alhajas que caparrones y encurtidos, desde sedas y especias a teléfonos móviles. Oriente en estado puro. El centro neurálgico de la ciudad, donde se cierran negocios y conspiraciones, como la que burló a la policía secreta del Sha, la Savak, y trajo de vuelta desde París al líder de los ayatolás. Un mercado persa por el que pasean de nuevo las parejas cogidas de la mano, el velo cada vez menos ceñido y los vaqueros asomando por debajo del chador. Quién sabe, nada es para siempre.