El Comercio

Alicia Menéndez observa 'Charca', un cuadro de Kely de 2005, en la sede la Fundación Princesa de Asturias.
Alicia Menéndez observa 'Charca', un cuadro de Kely de 2005, en la sede la Fundación Princesa de Asturias. / MARIO ROJAS

La Fundación muestra su arte

  • La Noche Blanca de Oviedo sirvió para mostrar por primera vez en público la colección de pintura y escultura de artistas asturianos que se cuelga en la sede de la Fundación Princesa de Asturias

Fue a finales de los noventa cuando comenzó a formarse. El objetivo era darle empuje a los maestros de la plástica asturiana, configurar una pequeña selección de artistas vivos interesantes y crear así una colección de arte. Creció entonces a través de adquisiciones hasta alcanzar una treintena de obras y, desde 2012, una veintena de ellas animan el día a día de los trabajadores de la Fundación Princesa de Asturias, que se saben unos privilegiados de poder subir unas escaleras observando los muelles neoyorquinos de Hugo Fontela, trabajar frente a un ordenador gozando de la blancura pura de Lisardo o hablar por teléfono mientras contemplan los detalles de la 'Charca' con la que Kely se ha hecho dueña del lugar.

Esa pequeña colección de arte se abrió ayer por vez primera a las miradas públicas en la Noche Blanca de Oviedo. Las oficinas de la calle General Yagüe abrieron sus puertas y Arancha Menéndez, Ramón Carbajosa y Alicia Menéndez se afanaron en explicar los pormenores del arte que les rodea a diario. La última de los citados, Alicia Menéndez, fue quien en 2012, cuando se reformaron las oficinas, se encargó de colocar las obras buscando la mejor ubicación, a sabiendas de las limitaciones, para que tuvieran la mejor perspectiva para ser disfrutadas y gozadas. Experta y apasionada del arte, es quien mejor conoce la colección de la Fundación y sus porqués. «El nexo de unión es Asturias no porque todos los artistas hayan nacido aquí, sino porque forman o han formado parte del circuito del arte asturiano y han expuesto en sus galerías», revela. Se buscó, además, cubrir distintos espectos y tocar todas las generaciones, que van desde los años treinta en los que nació Elías García Benavides hasta los ochenta de Hugo Fontela. En medio, obras de Lisardo, de María Jesús Rodríguez, de Melquiades Álvarez, de Kely, de Mariano Matarranz, de José Andrés Gutiérrez, de Pablo Maojo, de Enrique Asensi, de Maite Centol, de Víctor Ochoa, de Agustín Bayón...

Y, por supuesto, Miró. Joan Miró preside el acceso a las oficinas con la célebre escultura que creó para los Premios. «La Fundación tuvo una inmensa suerte. En 1981, Pedro Masaveu, el primer presidente, le encarga a Joan Miró que realice una escultura que simbolice los Premios. La única indicación que se le dio fue que tenía que representar lo que son los galardones, que reconocen los valores científicos, culturales, etcétera. Él recoge esta idea y hace esta pieza de bronce», explica Alicia Menéndez. Se trata de una obra seriada, que cada año se vuelve a reproducir con sus seis kilos de peso y con los elementos más habituales de la simbología de Miró. En ella están el sol y la luna, la búsqueda de la luz y del conocimiento. En una ocasión, el molde del que cada edición nacen los galardones alumbró una escultura de más. Y es precisamente esa la que se muestra en la sede la Fundación y que el público pudo ayer ver de cerca.

No está sola esa escultura. También Pablo Maojo y su madera de roble tienen hueco e igualmente se deja mirar y admirar una elegante pieza de Enrique Asensi, un escultor valenciano afincado en Alemania que aúna en su arte la filosofía y que se erige como una pieza extraña en la colección, puesto que en este caso no hay ninguna vinculación con Asturias. También considera escultura Alicia Menéndez un bajorrelieve de María Jesús Rodríguez y también lo es el estudio que para el busto de bronce que se expone en Oviedo de Sabino Fernández Campo hizo Víctor Ochoa en 1997 y que tiene acomodo en una sala de espera de las oficinas.

El viaje artístico por las paredes de la Fundación es, en todo caso, mayoritariamente pictórico y con especial gusto hacia el universo abstracto. Llama la atención la presencia del autor luanquín Juan Andrés Gutiérrez, del que se cuenta con tres obras, una de ellas de gran formato que preside el despacho de la directora, Teresa Sanjurjo. «Este cuadro me da paz», confiesa ella. Triplemente representada está también la desaparecida Kely, que llegó a ver su obra colgada antes de su temprano fallecimiento en 2013. Incluso llegó a ocuparse personalmente de la iluminación de sus pinturas. Repite también Melquiades Álvarez en una colección a la que se han dejado de incorporar nuevas adquisiciones. Lo cierto es que el pasado año, y de forma excepcional, se compró un carboncillo de pequeño formato firmado por Agustín Bayón. Es un retrato de don Felipe ya como Rey y precisamente se adquirió con el ánimo de tener una obra que retratara al nuevo monarca.

La colección apenas crece y está la mayor tiempo oculta a las miradas públicas, pero, pese a eso, está viva y abierta a todas las posibilidades. Las piezas que la componen -como ha sucedido con las de Kely y Hugo Fontela- se han cedido para ser mostradas en diferentes exposiciones.