El Comercio

Más 'House of cards'

El problema de 'House of cards' no es que sus tramas resulten inverosímiles, que las vueltas de tuerca se repitan, que contenga mil argumentos exagerados hasta el extremo. Eso no es un problema, porque gracias a eso algunos seguimos enganchados a ella, como si de un culebrón de gran presupuesto se tratase. O como si fuese un 'Scandal' o un 'Anatomía de Grey', que uno consume como placeres culpables. El verdadero problema, lo que realmente duele, es que dos personajes tan estupendos como eran Frank y Claire Underwood se hayan convertido en una parodia de ellos mismos. Eso escuece. Eso no se lo perdonaré a Netflix. O sí, vete tú a saber las vueltas que da la vida. Mucho se está hablando en los últimos días acerca de las cancelaciones de Netflix y de lo enfadados que están los seguidores de 'Sense8', entre otros, porque la plataforma ha decidido no producir más episodios. Qué malvada. Ríos de tinta ante las injusticias de la vida que han provocado que la plataforma televisiva decida no continuar con aquellos productos que considera menos rentables. Bien, a ellos les han dado voz en un montón de medios. Pero mucho menos caso han merecido los seguidores de otras series de Netflix que le pedimos que acabe con ellas, que no las renueve más, que las deje morir dignamente. Ahí está 'Orange is the new black', que abandoné hace cinco siglos. Y 'House of cards', que ha estrenado su quinta temporada. Y engancha, eso sí. Y se ve de un atracón, una vez se asume que la Casa Blanca es un sindios. Y que sin problema se hace la vista gorda con otras cuestiones. Que esto son series, no se nos debe ir la vida en ello. Pero Frank y Claire eran dos personajes excelentes. Dos políticos sin escrúpulos capaces de vender a quien fuese por conservar el poder. Un matrimonio imperfecto que se entendía como pocos, pese a la excepcionalidad de algunos mimbres de su relación. Y ahora cada vez son mas grotescos, menos interesantes, él perverso, capaz de quemar el mundo por seguir en el Despacho Oval. Ella, fría y despiadada, sin que parezca que corra sangre por sus venas. Ya no hay detalles, no hay pinceladas. Y eso es lo que hace grande a un personaje.

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