Así es la ganadería más premiada de España

José Ramón Badiola junto a una de sus terneras./JOSÉ SIMAL
José Ramón Badiola junto a una de sus terneras. / JOSÉ SIMAL

La innovación constante es el ingrediente que ha colocado a los Badiola en el camino de la excelencia

JOSÉ L. GONZÁLEZ

La de José Ramón Badiola es la historia de un sueño. Estuvo a punto de entrar en la banca, hizo dinero vendiendo muebles y electrodomésticos, regentó una discoteca y hasta se atrevió con la construcción, pero su pasión desde niño siempre habían sido las vacas, una fijación que le ha robado muchas horas de sueño y que llevó hasta el extremo de convertir su ganadería en la más laureda de todos los tiempos en España.

Para entender cómo el hijo de un marinero y una tendera llegó a construir este negocio hay que remontarse a su niñez. No había cosa que más le gustase al inicio de los cincuenta que jugar en el caserío de sus abuelos, en Perlora. Ya de aquella, su abuelo y su tío le llevaban a los mercados de ganado. «Me decían: '¿Cuál compro?' Yo elegía, y todo el mundo decía que tenía buen ojo», afirma.

Pero su vida estaba enfocada entonces hacia los libros. Tras hacer el bachiller y acabar los estudios de comercio, faltó muy poco para que iniciase carrera en la banca. Su padre había dejado la mar y, además de su trabajo en Ensidesa, se ocupaba en la tienda de su esposa, donde, a petición de «las clientas», comenzó a vender electrodomésticos. Ante la oportunidad de hacerse con un local en Candás, tentó a su hijo: «'Si nos ponemos los dos, lo sacamos. Un sueldo sale de debajo de una piedra. No te preocupes que la gente está durmiendo en Ensidesa', me dijo. Los trabajadores estaban doblando. Había dinero».

José Ramón Badiola aceptó el reto y así se vio vendiendo televisores, instalando antenas en los tejados, llevando lavadoras, muchas lavadoras, a domicilios e iniciándose en unos negocios que ya nunca abandonaría. «Mi padre era muy buen comerciante. Usaba Ensidesa como altavoz. Empezamos a vender muebles y la verdad es que fue un negocio muy próspero», relata.

En su cabeza, la idea de las vacas seguía firmemente instalada. «Yo siempre decía que en cuanto tuviese dinero, ponía vacas. Mi padre se oponía porque era mucho trabajo y poco dinero». Ya sabía José Ramón Badiola hasta dónde quería instalar su granja: en el valle de la familia Moré, en la linde de Gozón con Carreño. «Tenían un molino que daba servicio a todo el concejo, una casa con servicio y jardinero, pomaradas, perales... Cuando era pequeño le decía a mi abuelo: '¿Quién pudiera tener todo esto?'».

Tardó unos años pero, al menos una buena parte, la tuvo. Era 1974, Puri Menéndez ya era su mujer y tenían dos hijos que alimentar, Paulino y Víctor. José Ramón Badiola, con el respaldo económico y la reprobación verbal de su padre, se fue al banco, pidió un crédito concedido con unos intereses del «18%» y se metió «en un fregao» que le obligó a pasar muchos años durmiendo «cuatro o cinco horas al día. Era joven y tenía ganas y energía para sacar aquello adelante. Además, tenía que demostrar a mi padre que no me equivocaba», recuerda.

Cadena de fracasos

Lo que también recuerda José Ramón Badiola es la cadena de fracasos con la que comenzó su historia como ganadero. Su primera operación fue la compra de dos terneros culones en Tineo. «Los tenía vendidos a un carnicero de Avilés. Pesaban 500 kilos cada uno. Se llevaron el primero y, cuando vinieron a buscar el segundo, estaba muerto. Mi padre se frotaba las manos». La segunda: Somiedo. Compra catorce vacas asturianas de carne con su cría. Tras dos años de trabajo con ellas mientras sigue vendiendo muebles y electrodomésticos vio «que aquello no era rentable. Y ahí me pasé a la leche».

Tampoco el negocio de la leche comenzó como él hubiera querido. Un «personaje» de la época, 'El sastre', tratante que destacaba por ir siempre impoluto a los mercados de ganado, le garantiza que sus vacas pueden dar 40 litros de leche al día, una marca que aún hoy es relevante. Le compra 14. «Lo daban, pero como no tenían genética se secaban cuando quedaban preñadas».

El inicio del cambio

A punto de tirar la toalla, Silverio Blanco, empresario, le recomienda ir a Madrid a formarse en la escuela de jueces ganaderos. Todo cambió. Formación teórica y práctica sobre todos los parámetros de las vacas de leche, contactos con especialistas y dueños de importantes ganaderías y una graduación con nota. En aquellos años logró que Eduardo Sánchez Junco, ingeniero agrónomo y dueño de la revista 'Hola', le vendiese una vaca canadiense. Vendrían más.

En aquella época el «ojo de Badiola» ya era conocido en los mercados de ganado. A su primera vaca campeona, 'Osa', la vio pastando en un campo en Villaviciosa. «Si yo iba a comprar una vaca, el ganadero subía el precio. Así que miraba y mandaba a otro a comprar por mí», recuerda entre risas. Lo que siempre ha tenido claro es el consejo de su padre, quien le decía que «siempre invirtiera en lo mejor. Llevaba dinero para comprar tres vacas y me volvía con una».

Esa política empresarial, a contracorriente, le valió muchos augurios de quiebra por parte de los vecinos que, con el tiempo, le acabaron copiando un modelo que entonces comenzaba a fraguarse. Ya en los años ochenta comenzaba a hablarse de genética y en esos primeros momentos del cambio José Ramón Badiola decidió subirse a un tren que cobraba muy cara la entrada. «Una pajuela de semen de toro costaba entonces 45.000 pesetas. Hoy vale 60 euros», explica.

La política estaba clara: buscar la excelencia. Comienza a importar vacas de alta calidad que cría con semen de grandes ejemplares. «Nuestra idea siempre fue que las hijas no se vendían. Las hijas de la vaca buena me las quedo yo y las de la mala las vendo».

A finales de los años 80 incorporan otra innovación a su granja, hoy habitual en todas las explotaciones: el carro mezclador, un aparato que permite medir la ración de comida que se administra a cada animal y asegurarse además de que coman todos los elementos de ese compuesto. «Si se lo das por separado, la vaca escoge», explica Paulino Badiola, veterinario que lleva trabajando en la explotación desde 1994 y que ahora está al frente del día a día. La suya fue también una de las primeras naves de ordeño que hubo en Asturias, una instalación que entonces les permitía ordeñar seis animales en una sola tanda, cifra que hoy se eleva a 20.

La siguiente década fue la de la transferencia de embriones, otra revolución que vivieron desde el primer momento. «Lo probamos a mediados de los ochenta y fue un fracaso. Luego mejoró técnicamente». El metodo consiste en hormonar a las vacas para que produzcan muchos óvulos, que se extraen, fertilizan y se colocan en una vaca receptora. «De una vaca buena consigues mucha descendencia», explica.

Su método se basa no solo en conseguir buenos ejemplares, sino también en saber criarlos. La higiene, que siempre han llevado por bandera, es una de las claves de que sus vacas produzcan cantidades ingentes de leche. «Esto es como un hotel. Las vacas duermen en una cama de arena, porque así están secas las ubres. Las camas se hacen dos veces al día», explica Paulino Badiola.

«Un mazazo muy gordo»

El negocio iba viento en popa, los premios se acumulaban en sus vitrinas, los hijos tenían la vida encarrilada, pero la vida tenía reservada a la familia uno de los peores golpes que puede asestar. «Los dos hermanos estaban siempre juntos. Acababan de llegar de Colombia, de un concurso. Habían insistido para que se quedasen allí de vacaciones, pero volvieron. Víctor estaba en la granja ayudando a unos trabajadores y volcó con una máquina. Le cayó encima y murió. Fue un mazazo muy gordo. Ser creyentes nos dio mucha fuerza. Eso que no le pase a nadie», recuerda emocionado 16 años después.

Ahora tiene dos nietos, Javier y Diego, que «dan una gran fuerza después de unos años muy oscuros». Una fuerza que les ha llevado a seguir mejorando su ganadería -«en los últimos diez años solo hemos incorporado una vaca», recuerda Paulino Badiola- para intentar «mirar el rebaño y no encontrar una vaca mala».

Vicepresidente de Central Lechera Asturiana, hace un par de semanas estuvo en el cincuenta aniversario de la empresa junto al rey Felipe VI. Dos de sus premiadas vacas captaron la atención de los presentes. Su porte y tranquilidad ante las cámaras sorprendió a más de uno. «Siempre estás esperando a que la que nazca sea la número uno de Europa, intentar que sea siempre la mejor, pero para nosotros es muy difícil».

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