Cansancio

ROSA IGLESIAS JUICIOS SIN VALOR

Trabajo una barbaridad y me canso otro tanto. El trabajo es un amante tóxico, sufres su ausencia y padeces su presencia. Hay pequeños destellos de satisfacción, claro. Pero se te van cuando llega el extracto de la tarjeta de crédito. Gasto mucho más de la cuenta y me compro tonterías que no necesito y cosas que a lo mejor me hacen falta. Entre tanto me salen agujeros en los calcetines que es una de esas cosas para las que nunca encuentro momento. Los calcetines de hoy en día no duran nada. Siempre que me compro medias o calcetines recuerdo una tienda del ramo en Santander. Al decirle a la dependienta, en plan asturiano, que el par que me ofrecía me parecía un poco gordo para setiembre, la señorita muy rescamplada me respondió que eran unos pantis buenísimos que utilizaban con gran aprovechamiento las chicas de alterne que compraban allí. No pedí explicaciones por si me las daban. Desde aquel día no he podido cerrar la boca. Es lo que tiene la vida, te esfuerzas tanto por ganar un poco de dinero y después lo que siempre se llamó comprar y ahora experiencia de ídem es un desastre. Esta vida pide otra para resarcirse de tanto desatino. Ahora mismo, me he dado un respiro después del último punto y acabo de adquirir calcetines online. Ya sé que debería comprar en el negocio local, lo hago de hecho. Pero mientras esto les contaba mi dedo gordo ha podido con lo que era un agujerillo. El organismo de uno es una fuente de sorpresas. El paquete me llegará el martes y lo abriré mientras me entero de lo último de Puigdemont. Servidora de ustedes, escucha Puigdemont y me dan ganas de echar horas extraordinarias, pagando yo. A mí Puigdemont me tiene hasta la peineta y el procés hasta ahí talmente. Siempre había creído que algún organismo internacional nos protegía de la tortura de estar siempre con lo mismo. La gente cargante debería tener un estatus especial y hablar solo dos horas en días alternos. Revisable, eso sí. Porque las personas cambian, los novios no, pero las personas sí. Yo misma tenía una buenísima memoria y ahora olvido todo. Y leo por ahí que el estrés y el trabajo hacen que se genere un ruido malo para la memoria. Y algo de eso debe haber. Porque el otro día esperé en vano el ascensor y subí a pie la escalera creyendo que estaba averiado. Pero los ascensores como la vida hay que llamarlos, no vienen solos. Y sigo tan cansada.

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