Casados con ellas y con Dios

José Juan García, con su mujer, Belén Martínez, y su hijo Nicolás, en la iglesia de San Juan, en Mieres, después de misa. /
José Juan García, con su mujer, Belén Martínez, y su hijo Nicolás, en la iglesia de San Juan, en Mieres, después de misa.

La Iglesia asturiana abre sus puertas a hombres casados para paliar la falta de vocaciones. Los diáconos permanentes son la solución de Sanz Montes a la escasez de sacerdotes

AZAHARA VILLACORTA / JUAN SAN MARTÍN

Tu papá va a ser cura», le espetó un buen día un compañero del cole al hijo menor de José Juan García. Así que este abogado en ejercicio y exconcejal del Partido Popular mierense se vio casi obligado a acudir al centro educativo de marras a explicar a los confundidos escolinos que no, que no iba a ser cura, sino diácono permanente, y enseguida «entendieron perfectamente» en qué consiste esta figura que nació en el cristianismo primitivo y que desapareció hacia el siglo VIII, hasta que fue recuperada por el Concilio Vaticano II en la década de los sesenta.

Lo entendió su mujer y lo entendió su madre. Lo entendió incluso su padre. «Y eso que él es del Partido Comunista y pensé que me iba a desheredar», ríe con ganas.

La Iglesia asturiana abrió la puerta a los diáconos permanentes en 2015, con la ordenación de los dos primeros, a los que se han sumado recientemente otros tres más, porque, junto a José Juan García, acaban de ordenarse en una ceremonia muy similar a la de los sacerdotes Santos Benjamín Ferrera (natural de El Entrego, casado, padre de una hija de 23 años y agente inmobiliario retirado por una incapacidad)y José María ‘Chema’ Sauras (madrileño afincado en Oviedo, 67 años, también casado, padre de tres hijos en la treintena, licenciado en Ciencias de la Información y que se jubiló como inspector de Policía con una brillante hoja de servicios como responsable de prensa del Instituto armado).

Alberto José con su mujer, María, y sus hijas, Gabriela y Virginia. A la derecha, en el tanatorio de Cabueñes con estola morada.
Alberto José con su mujer, María, y sus hijas, Gabriela y Virginia. A la derecha, en el tanatorio de Cabueñes con estola morada. / JOSÉ SIMAL

Tuvo que llegar Jesús Sanz Montes al Arzobispado para decidirse a afrontar de esta forma el grave problema de escasez de sacerdotes y vocaciones que ha dejado ya a decenas de pueblos sin párroco propio. Una plantilla de curas mermada y envejecida que, gracias a los diáconos (en España hay alrededor de 400 en 40 de las 78 diócesis, mientras que el número total de curas es de unos 18.000 para 22.700 parroquias), se libera de carga de trabajo. Yes que, según el Derecho Canónico, los diáconos permanentes (la palabra alude a que se trata de una situación de por vida, un orden indeleble, mientras que el diácono transitorio es el que posteriormente recibirá el orden sacerdotal)pueden celebrar bautizos, bodas y exequias, además de predicar en las homilías, dar la comunión o bendecir. Eso sí:tienen vetado consagrar y perdonar, así que, por tanto, tampoco pueden confesar ni administrar la extremaunción.

Y, si bien forman parte de la jerarquía eclesiástica, a diferencia de los curas sí pueden militar en partidos políticos y sindicatos, o ejercer cargos públicos de representación (según el Código de Derecho Canónico de 1983, aunque más tarde la Conferencia Episcopal Española les impuso «permanecer al margen de toda actividad política o de partido y solamente con permiso del obispo pueden desarrollar algún tipo de actividad sindical»).

En el caso de José Juan García, «lo de ser concejal del PP pertenece a una vida anterior», bromea el letrado, que comienza pronto la jornada. «A las nueve de la mañana voy a llevar a mis hijos, Lucas y Nicolás, de 8 y 12 años, al colegio, al Santo Domingo de Guzmán. Después, acudo a la iglesia a rezar la liturgia de las horas». Y, a las diez, emprende camino hacia su «despacho con crucifijo», listo para litigiar. «Son dos vocaciones distintas y complementarias. En una sirvo a los clientes y en la otra, a los fieles».

José Juan García, en misa, junto al párroco de San Juan. A la derecha, dándole la comunión a su mujer.
José Juan García, en misa, junto al párroco de San Juan. A la derecha, dándole la comunión a su mujer. / DAMIÁN ARIENZA

Así que, sobre todo, saca tiempo durante los fines de semana, que es cuando más horas dedica a la Iglesia. «Estamos pendientes de que nos destinen. Estoy al servicio de lo que ordene el arzobispo y espero no defraudarlo. Aquí no puedes ir por libre. Y, de momento, estoy aprendiendo. Digamos que todavía llevo la ‘L’», avisa este hombre de excelente humor que, por ahora, atiende la residencia de mayores Picu Siana y ejerce en la parroquia de San Juan Bautista de Mieres (en unidad pastoral con otras siete: San Pedro de Mieres, Santa Eugenia de Siana, San José de Ablaña, San Bartolomé de Baíña, San Pedro de Loredo, Santo Cristo de La Peña y Santa María Magdalena de La Rebollada). Casi nada.

«De momento, voy presentándome en sociedad parroquia a parroquia». Y, además, después de la celebración de la palabra del domingo en Siana, asiste al párroco en la celebración dominical de San Juan, donde acude toda la familia, a la que administra la comunión, de la esposa a los niños y la suegra. «Soy especialista en dar hosties, pero de les buenes», bromea.

Pero, hasta llegar hasta aquí, José Juan ha tenido que superar el filtro del Arzobispado y cursar tres años de Ciencias Religiosas. «Trabajas como un perro. No te lo regalan», cuenta. Ysolo son dos de los requisitos indispensables junto con tener al menos 35 años y cinco de matrimonio en caso de que el aspirante sea casado.

Jose María Sauras, junto a su mujer Maricarmen Pérez, en su casa de Oviedo.
Jose María Sauras, junto a su mujer Maricarmen Pérez, en su casa de Oviedo. / PABLO LORENZANA

Ahora bien, si un diácono casado enviuda, no puede volver a contraer matrimonio, pero sí puede optar a ser sacerdote. «Dios no lo quiera porque yo quiero mucho a la mi muyer», precisa el mierense. Y el Derecho Canónico también establece que el candidato podrá ser un joven soltero mayor de 25 años. Pero, en ese caso, se le exigirá celibato tras la ordenación diaconal.

También hay diferencias atendiendo a su retribución, ya que, en el caso de que un diácono se dedique plenamente a su labor eclesial, merecerá «una retribución tal que pueda sostenerse a sí mismo y a su familia», mientras, si ejerce una profesión o está jubilado, «debe proveer a sus propias necesidades y a las de su familia».

Es el caso de su homólogo Santos Benjamín Ferrera, nacido en El Entrego, entregado a su vocación en Sotrondio después de jubilarse como agente de una inmobiliaria por incapacidad permanente y que tiene una hija de 23 años que trabaja en Mánchester. «Si lo de vender pisos era la tierra, esto es el cielo», reflexiona este hombre a quien también se le hizo «muy cuesta arriba lo de volver a estudiar a los 52», porque, «aunque llevaba toda la vida en la Iglesia, era un ignorante». Y a quien no se le oculta que el trabajo que tiene por delante es ingente, porque «la Iglesia de la Cuenca está pachuchilla. Los mayores que iban a misa van muriendo y no hay relevo detrás, y tampoco hay gente para atender tantas parroquias», dice quien, además, ejerce como director de Cáritas parroquial y secretario de Cáritas arciprestal. Consciente, asimismo, de que «hay muchas familias en las que los hijos hacen la Primera Comunión y luego no las ves más. Así que lo de la regeneración es difícil». Y luego están «la baja natalidad, la gente que marchó, los prejubilados»y «los que echan bastante de la Iglesia sin preocuparse de ver más allá, solo porque es lo que oyeron todo la vida». Pero ahí está él, con más moral que el Alcoyano y dispuesto a empezar «una nueva vida» con «una alegría desbordante».

Es la misma que siente su compañero de ordenación, José María ‘Chema’ Sauras, que compara su nuevo cometido espiritual con las tareas policiales que desarrolló durante 45 años, ya que, en ambos casos, «se trata de servir. No en vano, es eso lo que significa diácono:servidor. Como policía, defendía a la sociedad de quienes cometen delitos. Como diácono, defiendo a las personas de sí mismas, porque el que peca es uno».

Santos Benjamín Ferrera se pone el alba.
Santos Benjamín Ferrera se pone el alba. / JUAN CARLOS ROMÁN

El primer paso era atreverse a contar en casa su decisión y sus hijos (de 35, 36 y 39 años) se lo tomaron con normalidad, mientras que su mujer fue la más sorprendida. «¿Diácono?¿Y eso qué es?», le preguntó, de mano.

Asegura Chema que, cuando era niño, un día llegó todo serio del colegio y le dijo a su madre:«Mamá, yo quiero ser cura». Y su madre le respondió «que muy bien, pero que antes viviese un poco la vida. Lo que pasa es que después salí un cabrito y descubrí que era más divertido leer tebeos que estudiar».

Pero aquella vocación antigua volvió a revivir en cuanto se puso la dalmática (la vestidura propia de los diáconos, que es similar a una casulla pero con las mangas muy anchas y que a él le recuerda «a la ropa de los mosqueteros»). Le invadió «una gran paz y una gran alegría», además de «mucha responsabilidad», explica mientras espera destino en Oviedo con un objetivo muy claro:«Solo espero poder devolver una parte ínfima de lo que he recibido de la Iglesia. Porque lo que he recibido es a Dios. Y eso es algo superlativo». Eso sí, añade:«No somos curas frustrados».

Chema Sauras cree en «una Iglesia que acoge con mucho amor, que no puede ser selectiva».Y recuerda que la actividad preeminente del diácono, según las normas eclesiásticas, es la de atender las cuestiones sociales y asistenciales, la función de los antiguos diáconos, que por encargo de los apóstoles atendían a los huérfanos y a las viudas de las comunidades cristianas, así como a los enfermos o necesitados. Un espíritu que también destaca uno de los pioneros, el avilesino Juan Antonio Blanco González, 59 años y padre de dos hijos de 28 (sacerdote en Cangas del Narcea) y 21, que está a punto de cumplir dos como diácono en San Nicolás de Bari y que acierta a coger el teléfono cuando sale de trabajar como encargado de un supermercado para asegurar que «no es nada fácil compatibilizarlo». Porque, además, afirma que sus jefes «o no lo saben o no quieren saberlo». Pero él lo tiene claro:«La Iglesia somos todos y hay que estar con la gente».

Juan Antonio Blanco, revestido con la dalmática. A la derecha, con su familia, el día de la ordenación de su hijo.
Juan Antonio Blanco, revestido con la dalmática. A la derecha, con su familia, el día de la ordenación de su hijo. / PATRICIA BREGÓN

«Yo siempre estuve metido en la Iglesia, así que, cuando les dije a mis hijos que me iba a meter a diácono después de que el que hoy es obispo de Astorga, Juan Antonio Menéndez, me animase, el pequeño me dijo:‘Total, ¿qué más da? Si ya estás todo el día allí’», bromea. Y, desde entonces, solo ha respondido a las preguntas de sus compañeros. Los:«¿Pero cómo te arreglas?». O:«¿Cómo es que el día que descansas quieres estar allí pringando?».

Nada puede con su fe que ni con la del gijonés Alberto José González Caramés, el otro hombre que abrió camino en 2015 y que es cinturón negro de kick boxing, aunque ya no practica por una lesión.

Policía Nacional jubilado por problemas de salud, casado, 50 años con dos hijas de 20 y 18 y una perilla que lo hace inconfundible, es diácono en San Vicente de Paúl, en El Llano, y uno de los capellanes del tanatorio de Cabueñes, donde, en los últimos 24 meses, habrá celebrado «unas 800 exequias. Desde fallecimientos de bebés hasta las de una pareja de ancianinos que llevaban 65 años casados y se murieron con cuatro horas de diferencia. Es una labor dura, pero a mí me llena. La veo como una gracia».

Eso sí, reconoce que «los bautizos son mucho más alegres» y presume de que, del medio centenar que lleva, solo le lloró un niño. «Y eso, porque no soportaba estar boca abajo», apunta. Con su hija pequeña lo tuvo un poco más difícil:«Me preguntó que si iba a estar menos tiempo con ella por ser diácono». Son los ministros de la nueva Iglesia. «Y la gente nos puede reconocer porque, si los curas llevan la estola colgando del cuello, nosotros la llevamos cruzada sobre el pecho».

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