«El humano no es bienvenido aquí; nada recuerda a casa»

Juan Höfer, doctor por la Universidad de Oviedo, en la expedición antártica del pasado año./E. C.
Juan Höfer, doctor por la Universidad de Oviedo, en la expedición antártica del pasado año. / E. C.

El biólogo gijonés Juan Höfer regresa a la Antártida en una aventura que narra para los lectores de ELCOMERCIO.es

RAMÓN MUÑIZ

Cuando bajen las temperaturas, piensen en el gijonés Juan Höfer. Doctor en Biología, regresó el 2 de enero al continente helado, la Antártida, enrolado en una investigación financiada por el Gobierno chileno. Los días en que las comunicaciones se lo permiten, detalla la aventura en 'Viviendo entre pingüinos', su blog en ELCOMERCIO.es. Por lo vivido en la campaña anterior, promete sorpresas. La segunda parte de la expedición, por ejemplo, la pasará en la base Yelcho, «una isla minúscula que en un 70% no es más que un glaciar», cuenta. La temperatura allí se hunde hasta los 20 bajo cero. Uno diría que el olfato se asusta ante eso. Error. «Hay una colonia de pingüinos Papua que están criando en estas fechas, son entre 3.000 y 4.000, preciosos todos pero... ¿tú sabes cómo huele eso?», comenta. «Los polluelos se cagan unos encima de otros, son tres veces más grandes que una gallina, así que al llegar te recibe la peste», ríe. Con el paso de los días se impone la costumbre. De allí los sacó el buque español Hespérides. «Es que os huele hasta la ropa», lamentaban sus rescatadores. A sus 36 años, Höfer es un emigrante de la ciencia. Aquí investigaba el zooplacton del Atlántico hasta que en 2012 llegaron los recortes. El Instituto Español de Oceanografía se quedó sin fondos y canceló el acuerdo que tenía con la Universidad de Oviedo. «Me puse a terminar la tesis y buscar trabajo fuera», recuerda. En Chile sus artículos interesaron. Le incluyeron en un proyecto. En 2017 le mandaron seis meses de expediciones. Ahora le han aprobado otra investigación. «Tengo aquí trabajo hasta el año 2021, me pagan el sueldo y algo para laboratorio y viajar», relata.

Es agradecido con su patria de adopción, entre otras cosas, porque «Valdivia se parece mucho a Asturias, es verde y llueve». Claro que de vez en cuando, le pasa. «Son muy educados, diplomáticos. Yo en cambio si estoy enfrascado trabajando y se me ha caido cuatro veces el destornillador no puedo reprimir un '¡cagonmimantu!'». Dice que entonces lo miran raro. Es un tipo grande, exjugador de rugby, noble pero imponente.

En Nochevieja, por teléfono, recordaba los padecimientos del año pasado, su bautismo antártico. «Puedes tener un día de sol, en camiseta o forro polar; no como si estuvieses en pantalón corto en San Lorenzo pero casi. De repente viene el viento, rápido y frío, y se estropea todo». Toca encerrarse en la base. La última vez eran 30 personas, en cuatro módulos, esperando durante tres días a que amainara esa ráfaga de 100 kilómetros por hora de hielo. A pesar de estar rodeado de icebergs, solo pueden usar el agua de los tanques, un líquido que tiene la virtud de terminarse en el peor momento, «cuando tienes el cuerpo enjabonado».

Los padecimientos son muchos, los ha sufrido, pero repite. Desde Isla Jorge ya ha podido mandar su primer mensaje embotellado para el blog. Recuerda que cada viaje empieza mucho tiempo antes, preparando los cálculos, trazando unos sueños que, al bajarse del avión, volvieron a toparse con la bofetada con la que recibe la Antártida: «Aquí el ser humano no es bienvenido. No hay nada que a uno le recuerde a su casa, esté donde esté eso». Es un vacío que, reconoce, puede embrujar quien se acerca a él.

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