La tienda más 'cool' echa el cierre

Colette, más que vender moda, creó tendencia. Vendía lo que no había en ningún otro lugar

LUIS GÓMEZ

La desaparición de Colette, prevista para el próximo 20 de diciembre, es la crónica de una muerte anunciada. La propia empresa anunció su defunción el pasado verano en su cuenta de Instagram: «Todo lo bueno llega a su fin y, tras veinte maravillosos años, cerraremos nuestras puertas. Colette Roussaux ha llegado a ese momento de su vida en el que ha decidido dedicarse a sí misma y tomarse su tiempo. Y Colette no puede existir sin Colette».

Con su decisión, la Colette mujer, muchísimo más poderosa que numerosos modistos, estilistas y reputadísimos editores, se va por la puerta de atrás. Nadie sabe por qué se retira tan pronto de la circulación una experta cuya reputación le permitía pedir a las firmas piezas únicas. Anda bien de salud, por lo que se intuye que solo factores económicos estarían detrás de la inminente desaparición de la tienda más 'cool' y famosa del mundo.

No es una afirmación gratuita. No puede serlo cuando diseñadores de toda condición encuentran inspiración en un establecimiento de 750 metros cuadrados donde entra gente de todo tipo. Es la única tienda donde compra el octogenario Karl Lagerfeld, director creativo de Chanel, porque «tiene cosas que no tiene nadie más. Compro relojes, teléfonos, joyería... todo». Es visitada con frecuencia por Gigi Hadid, Kendall Jenner, Katy Perry, Rihanna, Inès de la Fressange...

Emplazada en pleno Faubourg Saint-Honoré, le ayuda que es el menos clasista de los puntos más exclusivos de la moda. También el más democrático y asimétrico en precios. No es la típica tienda de lujo que apabulla e intimida a los clientes. Uno puede entrar y salir con una goma del pelo por solo un euro, un lápiz de tres, una camiseta de 60, chocolatinas, pegatinas, mecheros de Balenciaga... Y también, claro, la ropa con los precios más desorbitados. Pionera de las 'concept stores' que se multiplican desde hace 20 años, sus estanterías ofrecen, según Sarah Andelman, directora creativa de la boutique e hija de la fundadora, todo lo que les gusta a ambas. «Quisimos construir una aventura y vender desde productos de moda hasta arte, desde belleza a diseño, del estilo de la calle a la comida. Fue muy simple y orgánico: si algo nos gustaba, lo hacíamos», matiza. Cabía de todo. Su muestrario incluye más de 20.000 productos a la vez a la venta. Madre e hija, verdaderas visionarias, han jugado sin riesgos. Siempre han presumido de trabajar sin la restricción de un presupuesto y de no tener miedo. Lo dejaron bien claro cuando se hicieron con un local semiabandonado que no invitaba a demasiadas alegrías.

Más que vender moda, Colette lleva dos décadas creando tendencias. Con su ojo clínico, Roussaux inundó hace varias temporadas las aceras de todo el mundo de patinetes y resucitó a New Balance. El tándem familiar descubrió a diseñadoras como Simone Rocha y Mary Katrantzou y contribuyó a disparar el prestigio de Comme des Garçons, Azzedine Alaïa, Vetements, Alexander Wang, Christopher Kane... Ahora tutela los pasos de Jourden, OAMC, Julien David, Victoria-Tomas... No sólo eso. Ha lanzado colaboraciones y ediciones limitadas con el sanctasanctórum de la aristocracia fashion: Chanel, Louis Vuitton, Cartier...

En agosto presentó otra con H&M, el gigante sueco de moda accesible. «Ninguna tienda ha tenido el poder de marcar la moda y lanzar carreras de diseñadores como ese lugar», agradece Katrantzou. Michel Gaubert, productor de los CDS de Colette, compara la tienda con un centro de investigación constante.

En realidad, ha sido el aliado de todos los que son algo en una industria vanguardista a la que ha modernizado de arriba abajo. Ha convertido, por ejemplo, sus vitrinas en obras de arte, que fabricaba en función de las prendas colgadas y el estilo de los modistos. Roussaux y Andelman elegían cada domingo dónde colocarían los productos nuevos. Desde el pasado junio, cuando todavía se ignoraba su fatal destino, ha cedido cada mes el primer piso de sus tres plantas a una marca concreta. Hasta diciembre pasarán Chanel, Thom Browney Saint Laurent, de quien se especula que podría heredar su privilegiado emplazamiento.

El éxito vivido en estos veinte años ha impulsado proyectos similares, pero todos los intentos han acabado en fracaso. Quienes las conocen dicen que madre e hija han inventado una fórmula difícil de copiar, porque solo hay una Colette y Sarah.

«El mundo cambia, la moda cambia, los hábitos cambian... Estamos en un momento decisivo y tengo curiosidad por ver qué vendrá luego», deslizó Sarah. Tendrá que esperar pero ya será sin Colette, por la que todo el mundo de la moda, sin excepción, llora su desaparición.

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