El Comercio

Despedidos. De arriba abajo, Hedi Slimane, Justin O'Shea y Peter Dundas.
Despedidos. De arriba abajo, Hedi Slimane, Justin O'Shea y Peter Dundas.

La moda suma cuatro nuevas víctimas

La moda es lo más parecido a una crónica de sucesos. Ya puede ser uno el mayor genio y vender como el que más que cuando esta industria dicta sentencia no hay nada que hacer. O sí, y casi siempre se reduce a tomar la puerta de salida. Los despidos suelen ir acompañados de excelentes indemnizaciones. Por algo las grandes agujas reciben tratamiento de estrellas del rock. Es lo que le sucedió a Hedi Slimane, al que le entregaron un cheque por valor de 13 millones de euros tras dejar de prestar sus servicios a Yves Saint Laurent. Pero el dinero no lo puede todo. Hace un par de semanas el creador parisino abrió una cuenta de Twitter con el propósito de rebatir a quienes le acusaron de no defender la firma de la que fue despedido el pasado abril tras permanecer cuatro años. A Slimane le tocaron el orgullo.

Y a Peter Dundas, Peter Copping y Justin O'Shea, la moral. El negocio volvió a confirmar su condición de ruleta rusa. Hace sólo unos días Roberto Cavalli puso de patitas en la calle a Dundas sin darle ningún tipo de explicaciones, aunque la compañía deslizó maldades que no dejaban en muy buen lugar al modisto noruego. Insinuó que pasaba más tiempo de fiesta que en los talleres y que las jaranas le costaban un riñón a sus jefes. Dundas pasa por ser uno de los creadores más 'cool' y de coleccionar amantes, pero su hoja de servicios profesional apenas presenta tachones. Resucitó Emilio Pucci y como compensación pidió ser tratado a cuerpo de rey tras fichar por Cavalli, donde recaló como director creativo en marzo de 2015. La firma tiene su sede en Florencia y exigió vuelos diarios entre París y la ciudad italiana. Se los pagaron.

Justin, ni medio año

Antes que a Dundas, Óscar de la Renta dio un portazo en las narices al británico Peter Copping. El diseñador ha estado menos de dos años al frente de la dirección artística de la etiqueta estadounidense, que abandonó a principios del pasado verano por motivos personales. Es el eufemismo que emplean habitualmente diseñadores y empresarios cuando rescinden sus contratos sin montar escándalo.

La última demostración de cómo se las gasta esta industria tiene como protagonista a Justin O'Shea y constituye el mejor ejemplo de que nadie está a salvo de la quema. Su paso por Brioni, la firma sartorial de lujo, ha sido un visto y no visto. No ha aguantado ni seis meses, batiendo todo tipo de récords. La operación ha roto todos los esquemas. Aunque nació y creció en una comunidad de aborigen australiano, se empadronó en Londres en cuanto logró el visado. Junto a su novia, Veronika Heilbrunner, O'Shea forma uno de los tándem más atractivos del mundo de la moda. Consolidaron su amor entre 'showrooms', pasarelas, compras de lujo, aeropuertos y habitaciones de hotel. Con su cuerpo ultratatuado, barba pelirroja y maneras de dandi moderno, se convirtió en un prescriptor de tendencias. Pero su reinado ha sido tan efímero como el de los verdaderos profesionales.