El Comercio

El viejo 'enfant terrible'

El viejo 'enfant terrible'

  • Gaultier cumple 40 años con las rayas marineras y lencería como señas de identidad

Jean Paul Gaultier lleva cuatro décadas provocando sin sucumbir al poder de la industria. Empezó siendo un 'enfant terrible' y en esas sigue. A sus 64 años, se confiesa «un viejo 'enfant terrible'», si bien se resiste a enterrar su espíritu infantil. «Yo nunca quise provocar, sólo quería mostrar lo que estaba a mi alrededor», sostiene. Mantiene la misma cara de travieso y, pese a su pelo oxigenado, no ha cambiado un ápice desde que una profesora le humilló en público a los nueve años delante de todos sus compañeros de pupitre. «Me empecé a interesar por la moda por culpa del Folies Bergère. Dibujé en clase a una mujer con medias de rejilla. Mi profesora lo vio, me hizo ponerme de pie, me pegó en los dedos con la regla, me colgó el dibujo que había hecho en la espalda con imperdibles y me hizo pasear por el colegio para que todo el mundo me viera», evoca.

En vez de derrumbarse, el modisto parisino, que hasta este incidente sufrió el escarnio de muchos chavales, se vino arriba. «No me sentía para nada como una niña, pero sí era muy malo jugando al fútbol y no soportaba la clase de gimnasia, por lo que siempre estaba enfermo. Cuando di el paseíllo con mi dibujo a la espalda, muchos niños me pidieron uno igual. Aquel día algo saltó en mi cerebro. Me di cuenta de que podía ser querido y aceptado haciendo lo que quería. Que ese sería mi pasaporte», señala.

Y, efectivamente, Gaultier ha hecho siempre lo que le ha venido en gana. Ha creado una legión de imitadores y en un giro imposible se ha negado a copiarse a sí mismo cuando la industria le ha tentado (y han sido muchas veces) con ofertas mareantes. Una pléyade de diseñadores jóvenes ha reinterpretado las revoluciones planteadas por este creador nacido en el suburbio de Arcueil. «Ellos lo hacen muy bien. ¿Para qué iba a repetirlo yo?», asiente para justificar su renuncia a reinventarse de la manera que lo han hecho algunos de sus coetáneos, especialmente el influyente Martin Margiela. «No tienes la misma credibilidad cuando eres tú quien revisita tu estilo», defiende. Su desbordante talento le ha mantenido en la cúspide desde que en 1976 presentó su primera colección. Siete años después, metió mano a los armarios masculinos.

Fue el diseñador que se atrevió a vestir por primera vez a los hombres con faldas y, sobre todo, el que plantó a Madonna, en la cumbre de la carrera artística de la cantante de Michigan, un corsé con pechos cónicos que luego todos los demás diseñadores incluyeron en sus colecciones. En un guiño a su amor por España, trasladó aquel espíritu a las 'mujeres Almodóvar'. Victoria Abril lució un corpiño similar en la película 'Kika'. El modisto más iconoclasta ha hecho de la lencería una prenda para mostrar en público en vez de encerrarla en la intimidad de las habitaciones y ha sofisticado propuestas marginales que en manos de otros habrían caído seguramente en el cajón del olvido. ¿Quién si no se atrevería a lanzar una fragancia presentada en una especie de lata de verduras o quién sería capaz de sublimar la indumentaria portuaria y revestirla de glamour al final de cada desfile con rayas de marinero que ha transformado en sus señas de identidad? «Lo que hace Jean Paul Gaultier es arte», proclamó Andy Warhol.

No existe mejor piropo para definir a alguien que, por encima de la pertenencia grupal, reivindica el poder de la individualidad. Tanto, que no le ha temblado el pulso para denunciar los abusos y «el fraude» de una industria a la que nunca le ha reído las gracias. «Antes el contenido editorial era contenido editorial, pero ahora las portadas están pactadas previamente entre las editoriales y los grandes grupos del lujo», denuncia.

«Me cuida desde el cielo»

Gaultier se resta protagonismo, pese a tratarse de uno de los creadores más interesados en ensalzar la sensualidad femenina: «Me ha gustado siempre ayudar a la mujer, pero Yves Saint Laurent ya la había liberado antes con el pantalón. Yo solo volví a introducir la feminidad. Siempre me he rebelado ante la idea de que los hombres tengan que ser los guardianes del poder y del dinero, y las mujeres, dueñas de la belleza y la seducción», reflexiona. También tiene claro que la moda no puede considerarse un arte, pese a que sus piezas lucen en museos, olimpo al que sólo ha tenido acceso un restringido grupo de diseñadores como Valentino, Armani e Yves Saint Laurent. «Sé que la moda está elaborada por artesanos, pero se concibe para vender y hay que buscar el lado comercial», esgrime.

También fue el primero en acercar la alta costura al universo masculino: «Yo quise retratar una colección sobre el hombre objeto, ese macho que no habla, que es guapo y es objeto de deseo para la mujer». Pero, como le pasa a su íntimo Almodóvar, su principal objeto de deseo siempre han sido las mujeres. Dos en especial: su abuela y Madonna. La primera sigue siendo su ángel de la guarda. «Me cuida desde el cielo y siempre fue la mujer de mi vida». Por ella descubrió los corsés y algo todavía más importante: fue quien le enseñó «muchas cosas» para ser libre en la vida. A Madonna la adora. Pese a su reconocida homosexualidad, la pidió, sin éxito, tres veces matrimonio. «Siempre me dijo que me prefería como amigo y no sé por qué», ironiza un Gaultier que, 40 años después, cierra los desfiles a la carrera. «Lo hago por timidez. En unos años deberé correr con bastones de abuelito, pero que lleven rayas marineras». Su símbolo.