La tormenta perfecta

Rodrigo Cuevas salió al escenario del Botánico y se ganó al público de inmediato. :: FOTOS: CITOULA/
Rodrigo Cuevas salió al escenario del Botánico y se ganó al público de inmediato. :: FOTOS: CITOULA

Rodrigo Cuevas abarrotó el Jardín Botánico de un público feliz que gozó con su música alocada y bailable que bebe de las raíces

JORGE ALONSO

Una de las razones para mantener la fe en el presente y el futuro de esta comunidad, y de la humanidad en general, es la existencia de artistas como Rodrigo Cuevas, artistas que sepan poner ternura, acidez, mordiscos, guiños, lametones y paseos con el garbo de un cuplé bien arrastrado, artistas que con un ukelele y su voz desnuda consiguen pellizcar y observar con los ojos como platos.

Rodrigo es bien conocido. Aunque desde luego ha demostrado aptitudes para serlo, no es el nuevo Tino Casal, es el primer Rodrigo Cuevas, el hombre que se atrevió a poner en órbita al Toro Barroso (con el impecable Kresy como aliado), el que se remojó y nos remojó en Verdiciu, el que está a cada paso de volvernos a dejar con la boca abierta a nada que tengamos los ojos y los oídos de par en par.

En la jornada festiva de ayer, amaneciendo aún la Semana Grande, fue un placer recibir en el Jardín Botánico a un artista global, que ha caminado cada baldosa que transita, que ha aprendido cada aire que exhala. Allí, en el pulmón imprescindible de la ciudad, Cuevas se vino con banda para reivindicar una propuesta madura, multidisciplinar, dispuesto a pegarse tiros en los pies y a arriesgarse todo lo posible para que la experiencia sea más plena y emocionante. Rodrigo dixit.

Serpenteando por entre un repertorio bailable alocado, achuchado y sinuoso, con guiños electrocuplés y cabareteros, con la elasticidad y la firmeza de quien sabe lo que está haciendo y cómo hacerlo, de quien sabe qué tiene en su mano y cómo apretarlo o acariciarlo suavemente con el dorso de la mano. Rodrigo sabe, Rodrigo lo tiene. Y el público que ayer agotó las localidades para verle en el Botánico, lo disfrutó y lo gozó desde el primer minuto.

Comenzó puntual (a las diez y media de la noche), con el aire teatral que la caracteriza, vestido de negro y con un tocado floral. Se estrenó en escena con 'El señorito' y el buen rollo se hizo presente para no marcharse ya. Con un buen sonido y el público participando, discurrió una noche de música, fiesta, y algo más, porque Cuevas es también un tremendo contador de historias.

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