Virginia Vallejo, la amante de Pablo Escobar desvela sus secretos: «No me enamoré del terrorista ni del gordo asqueroso...»

Virginia Vallejo, la amante de Pablo Escobar desvela sus secretos: «No me enamoré del terrorista ni del gordo asqueroso...»

La periodista Virginia Vallejo narra en 'Amando a Pablo, odiando a Escobar' su relación con el mayor traficante del mundo en los años ochenta. «Era letal, pero también generoso y sensible»

GERARDO ELORRIAGA

Virginia Vallejo no se puede defender ni siquiera a través de la Wikipedia, según confiesa. «Me han dedicado epítetos repugnantes», lamenta. Su suerte se torció cuando quiso revelar los fructíferos y discretos contactos entre los dirigentes colombianos y los señores de la droga. Entonces, los medios del país latinoamericano arremetieron contra quien fue gran estrella de la televisión y amante del señor de la vida y la muerte en la Colombia de los años ochenta, el hombre que inundó Estados Unidos de cocaína. La autora de 'Amando a Pablo, odiando a Escobar' (Península) ha relatado su historia de amor intenso y odio acérrimo con el capo del cártel de Medellín, ahora de actualidad gracias a series como 'Narcos'. «Es una porquería», sentencia sobre ésta. «Como la familia del expresidente Santos no pudo matarme en la realidad, lo hacen en la ficción. Yo vendí los derechos a Javier Bardem. No he visto la película 'Loving Pablo', aunque me han dicho que se asoció con los mismos que quieren destruir mi imagen».

En conversación telefónica desde Miami, a donde llegó en un vuelo de la agencia antidroga estadounidense DEA y gozó del programa de protección de testigos, recuerda una aventura que comenzó, inopinadamente, entre elefantes y cocodrilos, en la mítica finca Nápoles de Escobar, provista de un exótico zoo. «Sucedió en 1982, cuando fui con mi novio un fin de semana a su hacienda, aunque entonces no sabía de sus negocios», explica. Conoció al anfitrión, un hombre galante que le salvó la vida tres veces en un corto espacio de tiempo, y comenzaron una relación que ha sido carne de telenovela. «Nos han convertido en el cuento de la bella y la bestia, el de la villana amante frente a la esposa fiel. Pero a mí nunca me han investigado, y a ella tres veces por lavado de dinero», apostilla.

El primer contacto dio paso a una pasión secreta a caballo entre Bogotá y Medellín. «Nos enamoramos locamente», asegura Virginia. «El Pablo que yo conocí no era el terrorista ni el gordo asqueroso, sino un joven de 33 años que me adoraba, y yo la estrella de la televisión colombiana desde hacía una década, la Penélope Cruz de mi país, la más bella de la alta sociedad, que había coincidido en el colegio con los hijos de los jefes de Estado».

«No me enamoré del terrorista ni del gordo asqueroso, sino de un joven que me adoraba»

La generosidad y la filantropía del capo de la droga sedujeron a una mujer que lo había tenido todo. «Mire, he estado con los cuatro hombres más ricos de la república, tres aparecen en la lista 'Forbes', y descubrí que eran miserables y avaros. Nunca me regalaron un ramo de flores y tampoco un sándwich a un pobre», afirma. Frente a ellos, recuerda, Escobar se gastó una fortuna tan sólo en carburante para la avioneta privada que la transportaba desde su lujoso apartamento a la hacienda donde disfrutaban de su discreta relación.

Vallejo participó activamente en la creación de la aureola del Escobar benefactor. La visita a un inmundo basurero en el que habitaban los más marginados descubrió al filántropo, al hombre que construyó 2.000 viviendas para los necesitados. La leyenda popular se levantó sobre esa mugre y la esperanza de un redentor. «Eran tiempos en los que Colombia era muy pobre y la elite se asustó porque pensó que alguien así les podía arrebatar el poder», dice ella.

Como conductora de informativos en 'prime time', Vallejo proporcionó un micrófono a Escobar y él descubrió el impacto mediático, tan útil para sus intereses. «Quería que fuera su amante, su cámara y su biógrafa», señala Virginia. En aquellas veladas campestres él le narró su vida, cómo «creció como un delincuente, instigado por su madre».

Pero la ilusión se rompió, dos años después, cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, empecinado en la lucha contra el crimen organizado, fue acribillado por los sicarios de Escobar y el presidente Belisario Betancourt aprobó una ley de extradición que conducía a los narcos desde el juzgado local hasta una fría cárcel en Estados Unidos. «Pablo se volvió loco», recuerda la periodista. «Inició una lucha contra el Estado para impedir ese proceso y su capacidad para la maldad creció a medida que el conflicto aumentaba. Un crimen se tapaba con otro mayor, como si se tratara de una bola de nieve».

Ella lo abandonó varias veces, pero su amante la recuperaba siempre, hasta que buscó refugio en Alemania. Aquel hombre que le escribía poemas, con el que mantenía conversaciones sobre política e historia, se había convertido en el enemigo número uno del Estado. A Escobar se le atribuyen 30.000 víctimas; entre ellas, los pasajeros del vuelo 203 de Avianca, al introducir un explosivo en su interior. «Quería ser el rey del mundo y no acabar en una celda, y para conseguirlo estaba dispuesto a matar a toda la humanidad».

Virginia asegura que no pudo impedirle cometer aquellas matanzas, aunque lo intentó. «Mire, nunca he escondido sus atrocidades, pero yo intenté mediar, parar la guerra con el cártel de Cali, que generaba muchos muertos», alega, y alude a su amistad con Gilberto Rodríguez Orejuela, capo de capos y enconado rival de Escobar. «Pablo pensó que me iba a ir con él y quiso matarme». Sin embargo, la periodista nunca creyó que corría peligro, a pesar de que la esperanza de vida era corta entre los protagonistas del narcodrama. «Sólo lo aprecié cuando abrí la boca y dije que el presidente Ernesto Samper era amigo de Rodríguez Orejuela. Entonces comenzaron los problemas y mi salida definitiva de Colombia».

Su libro es el testimonio de aquella época intensa. «Tengo las manos limpias y vacías, no soy una viuda lacrimógena ni una estrella retirada como las que trabajan en los noticieros de Miami, que se las saben todas», alega. «Yo soy una escritora que se enamoró de un hombre, pero no del monstruo en el que, desgraciadamente, se acabó convirtiendo. Pablo Escobar tuvo muchas facetas, unas letales, otras generosas y sensibles».

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