«Volvimos de casualidad»

«Volvimos de casualidad»

Otilia Seval nació en Gijón hace casi 96 años. Aquí pasó su infancia hasta que, siendo adolescente, tuvo que partir desde El Musel huyendo del horror, embarcando rumbo a un destino incierto

ANA SOLÍS

Mi madre, como su madre, era muy revolucionaria». De esta forma Otilia Seval comienza a narrar su historia. Ella, como muchos otros, fue una de los más de mil niños y niñas que partieron desde El Musel huyendo de la Guerra Civil. A punto de cumplir 96 años, esta gijonesa del barrio de La Calzada ahora pasa sus días en la Residencia San Antonio de Pádua, situada en La Pedrera. «Ya no sé ni los años que tengo», bromea, pero no ha olvidado ni un solo detalle de aquellos días de partidas hacia países desconocidos. «A nosotros nos tocó Rusia. Solo cogían a niños de hasta trece años». Y, aunque ella contaba con algunos más, su madre consiguió que, junto con su hermano pequeño, Tinín, embarcase. «Mamá trabajaba ayudando a los milicianos, yo estaba cuidando a mi abuela, en el barrio, con mis amigas Olvido y Amparo. Era feliz con ellas y estaba contenta porque no me habían cogido para ir a Rusia», recordaba Otilia. Pero la noche del 23 de septiembre de 1937, todo cambió para la joven. «Vino mi madre corriendo y dijo: '¡Hala, Otilia, prepárate, que marcháis para Rusia!'». No tenía la edad, ella lo sabía, pero Rosario, su madre, consiguió «hacer un chantaje» y mandarla «como si fuera niña». «Me fui a Rusia sin documentación. No fui legal como las demás».

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A toda prisa. Era de noche. Oviedo iba a caer y tenían que sacar a los pequeños como pudiesen. El barco ruso no llegaba. «Nos llevaron hasta Francia en un carguero de patatas y otras mercancías. Un barco muy pobre, de trabajadores. El 'Cervera' venía detrás de nosotros, disparándonos». Una vez dentro, rumbo a lo desconocido, el miedo se apoderó de una inocente Otilia que no quería irse de su casa, tan lejos. «Cuando estaba dentro del barco, quería irme. Pensé en saltar y regresar a casa, pero, si me hacía daño, me rompía alguna pierna o algo, sería mucho peor», recuerda que pensó. Un día después de llegar a Francia, el barco ruso por fin apareció y les trasladó hasta Leningrado -actual San Petersburgo-. Y allí todo fue muy diferente. «Nos dieron de comer plátanos, jamones. Traían mucha comida para recibirnos y también médicos».

Vida soviética

«En Rusia nos trataban como reyes. No comían los ricos tan bien como nosotros. Estuvimos allí ¡viva la virgen!», sonríe. Algo más de un año fue lo que estuvo en la ciudad rusa, y recuerda con ternura cuando correteaba por allí con su amiga Amor, también de La Calzada. Hasta que llegaron los alemanes.

«La II Guerra Mundial fue la que nos jodió a todos, a Rusia y a los niños españoles que estábamos allí», cuenta. Después, huyendo de nuevo y cuando la nieve les permitió salir, los evacuaron en trenes hasta Siberia.

Pero, una vez terminada la guerra, volvió la tranquilidad y el amor llamó a su puerta. Domingo se llamaba él. También huyó de la guerra. Era de el País Vasco. Y un tiempo después, se convirtió en el hombre de su vida. «Nos casamos en Moscú. Allí tuvimos a nuestros hijos: Roberto y Andrés».

«Veinte años en la URSS, donde éramos muy felices. Volvimos de allí de casualidad porque ya éramos rusos». Pero todo el mundo hablaba de España y a ellos también les dio «la locura». Sus raíces y su familia aún estaban aquí. Y, en el fondo, nunca habían olvidado España, así que en Gijón encontraron su hogar definitivo. Dejando atrás la nieve y rodeándose de verdes paisajes, a los que Otilia cada día, desde su ventana, sigue mirando 80 años después.

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