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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 28 agosto 2014

Sociedad

LA LABORAL ACOGE EL AVIÓN QUE SE PARTIÓ AL ATERRIZAR EN
Entre el cielo y el infierno
Granada en 1992, hoy convertido en «nave cultural» que se puede visitar hasta el próximo domingo
07.08.07 -
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Entre el cielo y el infierno
LA NAVE. Convertido en un espacio cultural visitable, el avión accidentado en 1992 ocupa el patio de Laboral Ciudad de la Cultura donde ayer fue la gran estrella, recibiendo decenas de curiosos. / .JOAQUÍN BILBAO
Tiene 24 metros de eslora y tres y medio de manga, aunque en sus orígenes fue mucho mayor. Su silueta no tiene alas, se las han amputado precisamente para que vuelva a volar, aunque ahora lo hace por carretera. Es el avión DC-9, bautizado como 'El castillo de Butrón', que un buen día de marzo de 1992 marcó un segundo nacimiento en los calendarios de 99 personas, al partirse por la mitad en pleno aterrizaje sobre el aeropuerto de Granada. Fue después de caer desde 70 metros de altura a una velocidad de unos 500 kilómetros por hora y hacerlo sin víctimas mortales, a excepción de un pasajero que se lanzó al vacío preso del miedo y falleció días después.

Es el avión que un buen día se encontró el escultor Eduardo Cajal en un desguace a punto de ser fundido. «Estaba moribundo», cuenta el arquitecto Héctor Crehuet, que con la diseñadora industrial Mercedes Lienas, el también arquitecto Pablo Álvarez y el mencionado creador han devuelto la vida a la nave. Y cuando dicen vida quieren decir vida. Los cuatro hablan de 'El Castillo de Butrón' como si tuviera no sólo alma, sino capacidad de reacción y razones para usarla. «La nave tiene existencia propia, piensa y hace cosas por sí misma al margen de nosotros», añade Crehuet, mientras Mercedes asiente. Y así, vivo, con su corazón latiendo a toda máquina, soportando sus diez toneladas de peso sobre un tren de ruedas que costó dos años diseñar, escoltado por dos vehículos y elevando su estructura a más de cuatro metros y medio sobre el suelo, ha llegado a Gijón.

Se asoma desde ayer en mitad del patio de la Laboral, donde sus entrañas partidas por un suelo de vidrio que convierte la bodega del avión en una gran vitrina han quedado abiertas -de forma gratuita- a todas las curiosidades y así permanecerán hasta el 12 de agosto, desde las 12 del mediodía hasta las ocho de la tarde. 'El castillo de Butrón' se puede tocar, sentir, observar desde puntos de vista que un pasajero habitual nunca tendrá y se pueden también abrir sus ventanas, renovadas para dar a la estructura metálica «un ligero aire de libélula cuando están desplegadas», dice la diseñadora industrial del cuarteto. Pero sobre todo, dentro de este viejo DC-9 se puede conocer el cielo y el infierno.

En varias pantallas situadas en los laterales y en la cabina de mando se reproducen imágenes del accidente, el puro abismo y como contraste, la recuperación. El trabajo de reciclaje de este avión destinado ahora a otros vuelos. De este 'castillo' de historia imposible -su accidente fue analizado durante dos años por las lupas más expertas sin que nadie pudiera concluir cómo sobrevivió el pasaje-, que ahora, entre los muros que diseño Luis Moya, es lo que lleva siendo desde 2004. Aquel año sus formas, recortadas 12 metros para que pudiera ser traslado por las autopistas del mundo, concluían la reconversión en una plataforma cultural «para la acción y la comunicación».

No en vano el aparato, que se presentó como espacio de arte en Arco 2004, se surte de creaciones en cada parada. Sus 50 metros cuadrados, alimentados «de inquietudes plásticas, arquitectónicas, escenográficas, sociales, lúdicas y culturales» están en Gijón ocupados por el colectivo Fiumfoto.

Cristina de Silva y Nacho de la Vega han recurrido a la memoria visual para hacer un trabajo titulado 'Bienvenidos al paraíso', en el que se viaja, como el propio 'Proyecto avión', del cielo al infierno, a través de unas pantallas de plasma situadas bajo los pies del visitante. A Fiumfoto le precedió ayer en la apertura del DC-9 la performance de Eduardo Cajal, que acaba regando lechugas y caracoles a la vera de su avión.
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