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Peter Hillary, encumbrando apellido
10.08.07 -
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Peter Hillary, encumbrando apellido
PUDIERA pensarse que el hijo de sir Edmund Hillary es alguien que, simplemente, se aprovecha del apellido familiar para sacar renta de los grandes logros de su archiconocido padre, el escalador. Craso error. Peter Hillary heredero, en efecto, del primer hombre en subir al Everest junto con el sherpa Thenzing Norgay (año 1953), es un brillante aventurero, capaz de superar desafíos inimaginables y, al mismo tiempo, notable documentalista, espléndido escritor y brillante comunicador solicitado en foros de todo el mundo.

Hace unos días, Peter Hillary llegó a Gijón desde Nueva Zelanda, nuestras antípodas, para conferenciar en la Colegiata de San Juan Bautista en lo que se prometía -y no defraudó- una de las grandes citas del año para los apasionados de la Naturaleza, de la aventura y, particularmente, de la montaña. Conviene que se sepa, porque no es nada habitual, que lo hizo a pecho descubierto ya que a los pocos segundos de iniciar la charla, tras ser acertadamente presentado por la montañera Rosa Fernández, abandonó la cómoda protección del atril para despachar una interesantísima visión de la aventura y de la vida con la que nos hizo trepar y destrepar por el agónico escalón final del Everest que lleva el nombre de su padre, aterrizar con el astronauta Neil Armstrong en avioneta 'a ojo de buen cubero' en el Polo Norte, cruzar 1.500 kilómetros en la Antártida a ras de hielo -tras varios meses de intensa preparación que incluyó, para pasmo de sus vecinos, el arrastre del carricoche con su hijo pequeño, Alexander, y un neumático para darle peso- y emocionarnos con la labor que una fundación desarrolla en los pueblos del Himalaya «para devolver algo de lo mucho que ellos nos dieron» construyendo y sosteniendo sanatorios y escuelas.

El llenazo del Centro Cultural de Cajastur se justificaba por lo infrecuente de tener en Asturias a exploradores de la categoría de Hillary que une a su historial de desafíos a la Naturaleza, una inusual capacidad de comunicación forjada en muchas charlas y comparecencias en escenarios y platós. En Gijón nos recordó las servidumbres inherentes a todo profesional de la exploración que le llevaron, por ejemplo, a acudir al late-show de David Letterman inmediatamente acabada una nueva ruta a través del Polo Sur y los agobios de pasar del aislamiento absoluto a, de repente, enfrentarse en Nueva York con el público y con un presentador dispuesto a hacer chanza de todo ante decenas de millones de telespectadores.

Divertido y gesticulante para subrayar los esfuerzos de un paso peligroso en una pared helada o de la elaboración de un guisote en su turno de cocinero de una expedición cualquiera, enfundado con traje y corbata comprados de urgencia en Asturias para resolver el extravío de su maleta en algún aeropuerto internacional, Peter Hillary ilustró su extraordinaria comparecencia con pequeñas secuencias de varios documentales en los que él participó, recreándose especialmente en sus comentarios con el que co-protagonizó con el hijo de Tenzing Norgay para conmemorar el 50 aniversario del histórico ascenso de sus padres a la cima de la Tierra.

Entre medias de la charla, Hillary se encasquetó un pequeño frontal luminoso o exhibió el móvil satelital para subrayar las enormes diferencias técnicas respecto a los grandes pioneros de la escalada. Con aparato como aquel telefoneó desde los míticos 8.848 metros a Nueva Zelanda: «Papá, aquí arriba la vista es increíble». En otro de sus logros aguardó, al borde de la congelación, a que una telefonista despistada y remolona de la CNN recuperase su llamada a los estudios para que su voz pudiese entrar en directo desde una cima.

Sin embargo, para Peter Hillary «mucho más importante que llegar arriba es el regreso a la base». Si lo sabrá él que, tras seguir su intuición y renunciar a afrontar el tramo final, resultó el único superviviente de una expedición de ocho escaladores atrapados por una terrible tormenta en el K2, el Chogori, la 'montaña asesina'.

Al final, ovación cerrada y agradecida, con amplio turno para las preguntas y una reflexión final sobre la creciente insolidaridad en una alta montaña cada vez más concurrida y comercializada. «En nuestras calles -explicó- la gente duda en pararse cuando pasa delante de alguien caido. Eso también sucede pasados los 8.000 metros, cuando el oxígeno llega con dificultades al cerebro y casi no piensas más que en ti mismo, pero hay quien se detiene y proporciona ayuda, aún perdiendo una oportunidad única de llegar a la cumbre. Eso hace grande para siempre a un ser humano».

De la mano de la National Geographic Society, Peter Hillary estuvo en Gijón y encumbró más aún, si cabe, su reconocido apellido. Quienes tuvimos la fortuna de verlo y escucharlo podemos decirlo bien alto y, de paso, felicitarnos para legítimo orgullo de sir Edmund, conquistador del Everest.
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