FICHA
La primera década del siglo XXI es ecléctica y recordatoria. Y el mundo se ha globalizado hasta conseguir que los anhelos juveniles de Nueva York, en cuya Escuela de Altos Estudios Artísticos se inspiró 'Fama' -por allí pasaron personajes tan célebres como Al Pacino y Liza Minelli-, se extienda al resto de los meridianos. La frase de referencia se ha universalizado: «Buscáis la fama, pero la fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor». Y Nueva York es el fondo escénico que abre la función. Rascacielos, automóviles enla calle 46 y sirenas que ponen su grito en el enjambre norteamericano.
Hoy, la versión teatral de la cinta de Alan Parker se escenifica en las tarimas de medio mundo con éxito notable. En Gijón, se representó ayer sobre las tablas del Teatro Jovellanos su adaptación española -que omite los nombres conocidos por aquello de los derechos comerciales, pero que tiene poco que envidiar al sello original-.
Se transparentan los personajes y las circunstancias. En el actor Sergio Alcover, que aquí responde al nombre de Joe Vegas, cualquiera puede adivinar a Leroy Johnson.
El color, el ritmo, la vitalidad de la danza, la energía que transmite el espectáculo, las canciones que evocan momentos cimeros de la discografía más o menos reciente, son una parte del guión. Pero tampoco se queda en la orilla una de las señas de identidad que catapultó a 'Fama', la interiorización en los meandros sentimentales que van de la mano junto a la lucha por la gloria. Amor, sexo e incluso alusiones a Stanislavski.
El rastro de la emoción
Hay equilibrio en esos dos hemisferios, distinguiéndose de una pura sucesión de baladas o trepidaciones de rock & roll. Es la diferencia, por ejemplo, con algunos sucedáneos, del tipo de 'Operación Triunfo'. Se trata de un musical en la amplia comprensión de la palabra, con el vigor de unas partituras pegadizas, la potencia del pop y el vertiginoso vuelo de los bailes individuales y colectivos, pero dejando sitio para que se hilvanen historias y nos relaten la trastienda de aquellos que están llamados a rebato por las musas, la humanidad que habita en los jóvenes corazones, cada cual con su pentagrama.
De modo que la oferta del libreto dirigido por Ramón Ribalta y Oleguer Alguersuari, según la idea de David de Silva, obliga a los intérpretes al desdoblamiento, al gesto, al diálogo y a la voz, misión de la que salen ampliamente cumplidos, ovacionados y dejando en el aire el rastro de la emoción.






