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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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El silencio de Dios
11.09.07 -
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DIOS es como la Policía, nunca está cuando, y donde, se le necesita. Se quejaba en el siglo XVI Juan de la Cruz porque le necesitó y no estaba: «Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido, como el ciervo huiste habiéndome herido». Un decepcionado Juan se dio cuenta tarde, mal y al fin de que Dios nunca está cuando alguno de los suyos le necesita. Y ya eras ido.

Visitaba Ratzinger los fríos barracones del campo de concentración de Auschwitz, y mientras paseaba estremecido por entre un aleteo de almas judías exterminadas por la barbarie racista, se preguntaba por dónde estaba Dios cuando esto estaba pasando. «Si por ventura vieres a aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero». Y que conteste a las llamadas.

Hasta el propio Cristo en el Calvario le echó de menos: «Eli, Eli, lama sabachtani» («Padre, Padre, por qué me has abandonado»), gritaba un crucificado al borde del abismo, y el Todopoderoso ni caso. Ni siquiera se habrá dignado leer el poema reproche que un anónimo le dedica en la página 581 de 'Las mil mejores poesías': «¿Mientras existan siervos y tiranos, y en la tierra consientas tantos males, no acabaré, Señor, de comprenderte, ¿no somos ante ti todos hermanos?, y si lo somos, ¿por qué no ser iguales en la vida lo mismo que en la muerte?».

Ahora son las memorias de Teresa de Calcuta las que muestran cómo la heroína de los pobres dudaba. Estaba la gigante mujercita albanesa de pie en medio de la mayor miseria que imaginarse pueda, moribundos, tísicos, leprosos, desahuciados, hambrientos, un magma oceánico de dolor tal que hasta un Hitler trataría de arreglarlo y de echar una mano. Y entre gemidos de indios semidifuntos -Dios por aquí no pasó-, la mujeruca narra en sus memorias que ella sólo percibía el silencio de un gran sordomudo que se negaba a poner remedio a la cosa.

¿Quién podría ser tan canalla teniendo en la mano la solución a todos los problemas? El desconcierto de la filantrópica monjita para quien Dios era una buena coartada, pero que no era ni ciega ni tonta, recuerda a aquel otro que atacó al italiano Eugenio Pacelli, más conocido por Pío XII. Aquel predilecto hijo del altísimo, agotado por un pertinaz hipo que no le dejaba dormir, acabó sus días blasfemando contra el gran sordo que no acudía a curar aquel su descontrol gástrico, descontrol que tuvo un toque tragicómico final cuando, en el entierro, el cadáver papal explotó en el féretro como una bomba biológica.

(Y otros que también le llaman mucho, pero sólo obtienen silencio, son los asturianos. Escucha y observa. En cuanto un astur se golpea el dedo con el martillo por equivocación, verás cómo llama a la divinidad de aquellas maneras. Y Bécquer también, hoy la he visto, la he visto y me ha mirado, ¿hoy creo en Dios!, pero es que Bécquer era un romántico un poco tontito).

Y es que todo el que llama, espera, cita y requiere a su particular dios, como americanos de cómic apelando a Supermán, sólo encuentra silencio.

Algunos esquizofrénicos hacen como que les responde para con ello aprovechar el tirón y sacar una rentabilidad a su línea directa con la divinidad, que para eso Dios fue creado por algún chamán mesopotámico, para que los listos aprovecharan la idea, y la divinidad fuera una mentira útil, una herramienta de hierro en manos de quienes imponen un orden social en su beneficio, o en manos de fanáticos que viven del cielo persiguiendo a infieles, a paganos, a brujas, a homosexuales, a herejes, a rojos o a cualquier otro distinto que estorbe.

Pero Dios nunca responde porque no es nadie. Por eso calla. No tendría manera de explicarse. No se podría disculpar por tamaña porquería.
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