
Los primeros trabajos arrancaron en febrero de 1981 y el documento final no se aprobó hasta cinco años después, en enero de 1986. Rañada relata que se tomó como base un catálogo de edificios de interés, que comprendía sólo unas 80 unidades constructivas y se había realizado en su día por encargo del Ayuntamiento. En aquellos años -rememora quien mantuviera relación profesional durante dos décadas seguidas con el Consistorio gijonés- se tiraba prácticamente un edificio con valor arquitectónico objetivo a la semana. Aunque ahora parezca increíble, ni el martillo de Capua ni el mercado del Sur estaban sujetos a ningún tipo de protección.
El experto explica que la sensibilidad social hacia la conservación del patrimonio urbanístico era entonces casi nula y muchos de los edificios que hoy tienen consideración de emblemáticos o dignos de protección eran cuestionados por las fuerzas vivas del momento. Uno de los casos más paradigmáticos de aquella situación fue la manzana que conforma el martillo de Capua, entre las calles de Eladio Carreño, Ezcurdia y Capua. A pesar de albergar eclécticas construcciones de finales del siglo XIX y de comienzos del XX, que llevan la firma de arquitectos de renombre como José Miguel de la Guardia o Mariano Marín Magallán, Rañada recuerda que las violentas críticas por su catalogación -ampliamente recogidas por EL COMERCIO- fueron constantes durante las sucesivas informaciones públicas del documento. El propio Colegio de Arquitectos en sus 55 páginas de escrito alegatorio pidió la inmediata desclasificación de este elemento. Y el Ministerio de Haciendo también pidió lo mismo para la Fábrica de Tabacos y la Gota de Leche.
Tras muchos avatares el catálogo gijonés quedó conformado por 888 unidades inventariadas. Con la aprobación del PERI de Cimadevilla la parte del catálogo referida al barrio alto fue sustituida por el plan especial.





