
Ayer se ponía fin a la última campaña de excavaciones en la oquedad de Santo Adriano, bajo la dirección de Juan Luis Arsuaga y Gema Adán. En poco más de dos semanas, los arqueólogos han extraído de la cueva unas cuatro mil piezas que se suman a otras tres mil obtenidas en la campaña de abril y que serán analizadas en los meses próximos. Son esos útiles los que permiten componer las escenas cotidianas de los neandertales de la cueva del Conde. Relata Gema Adán que se han hallado desde útiles para raspar pieles hasta otros para cortar carne y para cazar. Los hay de piedra y también de hueso y es precisamente el hecho de que existan los segundos lo que merece especial atención de los especialistas. Es así porque no es común que aparezcan útiles elaborados con hueso entre las comunidades neandertales. Ya habían aparecido antes, por ejemplo en Santander y Francia, pero sin embargo no se encuentran en las excavaciones de Valencia y Gibraltar. Eran, pues, muy diferentes los grupos que habitaban aquellas zonas que los de las áreas cantábricas, que tenían una mayor capacidad tecnológica. «Para el año 40.000 es bastante moderno», detalla Gema Adán, que subraya que incluso contaban con adornos. «Esto es importante porque los últimos neandertales que conocemos en la Península no tenían esa capacidad, esos conocimientos», dice la profesora de la Universidad de Oviedo.
Y esa capacidad no se le suele atribuir a los neandertales, sino a los cromagnones que llegaron después. Ahí radica la importancia de las excavaciones de la cueva del Conde, que dan una imagen de los neandertales con mayores capacidades intelectuales y tecnológicas y una nueva visión de la Prehistoria.
La cueva aporta ya sus primeras conclusiones nada más cerrar sus excavaciones, pero los trabajas continúan con el traslado a la Universidad de todas esas piezas para su catalogación y análisis. Con todos ellos, se podrá reconstruir una historia de la cueva que ya tiene sus primeros perfiles, que habla de un territorio que habitaban uros, bisontes, rinocerontes, caballos, rebecos y ciervos. Los habitantes de la oquedad no sólo vivían de la caza, sino que también carroñeaban animales, es decir aprovechaban al máximo los ejemplares que encontraban muertos.
Su forma de cazar, en un paisaje abierto de pinos y rodeado de charcas y lagunas, era muy concreto. «Los atacaban directamente», explica la arqueóloga, que añade que se escondían y atacaban por sorpresa a la presa clavándole una punta de flecha en el corazón. No solían acudir solos a cazar, aunque era uno el que llevaba el peso de matar al animal. Y, mientras unos cazaban, se cree que en estas bandas de neandertales otros se quedaban posiblemente en la cueva, siempre con sus hogueras encendidas, trabajando las pieles.





