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Cultura

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El precursor del Modernismo
03.12.07 -

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El precursor del Modernismo
BENAQUE. Monolito que homenajea al autor en su localidad natal.
La figura del poeta malagueño Salvador Rueda vive desde hace mucho tiempo en un segundísimo plano, en una zona de olvido y menosprecio de la que rara vez logra zafarse para reclamar lo que de veras le pertenece, ya que fue uno, sino el principal, de los precursores de lo que sería el más arrollador movimiento poético que vivió la literatura española del siglo XX: el Modernismo.

Nacido el 2 de diciembre de 1857 en el pueblo de Benaque, en el seno de una humilde familia de trabajadores a jornal sin estudios, seguramente hubiera seguido el mismo camino de no haberse manifestado bien pronto en Rueda una sed de conocimientos que el medio rural despertó en él, y de no haberse topado con el famoso poeta decimonónico Gaspar Núñez de Arce, que sería su padrino literario. Éste adivinó en el joven literato unas condiciones sensibles para apresar el lado espiritual de la vida y los objetos que le rodeaban, y le proporcionó un empleo digno en la 'Gaceta de Madrid', adonde llegó tras su paso por periódicos y revistas de su provincia como 'Mediodía', 'Málaga' o 'Andalucía'.

Una vez instalado en la capital de la nación, obtendrá el puesto de archivero en la Biblioteca de la Universidad Central, pero para entonces ya había iniciado una frenética actividad creadora colaborando en toda suerte de publicaciones, algunas de las cuales llegaría a dirigir ('La Gran Vía' o 'El Imparcial', por ejemplo), en otras desempeñaría el cargo de redactor-jefe y sería un asiduo opinante y articulista en los más influyentes diarios de su época ('El Liberal', 'El Independiente', 'El Globo', etc.).

La fama que cosecharía Rueda, y que llegaría a ser inmensa en un momento determinado, le vendría por su obra poética, que arranca en 1880 con 'Renglones cortos' y sigue después con un sinfín de libros, entre los que podríamos citar como más relevantes los titulados: 'Sinfonía del año' (1888), 'En tropel' (1892), 'Piedras preciosas' (1900), 'Trompetas de órgano' (1907) o 'Lenguas de fuego' (1908). Una producción abundantísima, por la facilidad que tenía para componer, y por ese mismo territorio donde a los aciertos y hallazgos no tardaron en sumarse las irregularidades y repeticiones, a lo que habría que añadir que Rueda tenía por mala costumbre la de insertar un mismo texto (y no siempre los más afortunados) en varios libros, lo que convertía a no pocos de éstos en selecciones personales más que en obras unitarias y autónomas.

A la minusvaloración del quehacer del autor andaluz también contribuirán las difíciles relaciones personales que mantuvo con Rubén Darío, y que pasaron del entusiasmo con que el nicaragüense acogió en su primera visita a España las creaciones de Rueda al distanciamiento, por cuestiones estéticas, que al entrar el siglo XX se acrecentaron entre los dos representantes del Modernismo en lengua española y que llevaría a Rueda poco menos que a defender postulados más propios del antimodernismo con tal de oponerse a la moda galicista.

Salvador Rueda, en lo más granado de su obra lírica, se anticipó al Modernismo que triunfaría con Rubén Darío, y haría de puente entre la vieja y la nueva literatura, ejerciendo, como así se le reconoció, su magisterio en los comienzos literarios de Francisco Villaespesa o Juan Ramón Jiménez, quien le llamó «maestro colorista» que trajo a la poesía española «luz, embriaguez y vida». Esa imagen del poeta impresionó también a gentes del 27 como Alberti, quien nos lo pintará, en una semblanza, anciano y casi ciego, con «sus negros anteojos y un andar casi a tientas, vacilante, buscando con la mano el filo de las cosas», y ya ajeno a toda gloria, «pobre, olvidado, oscurecido», en palabras de Alberti. Según él, Rueda le lanzó una pregunta retórica: «¿Cree usted que [Rubén Darío] hubiera podido existir sin Rueda?».

En los poemas más cuidados de Salvador Rueda están ya las características de la tendencia que, teóricamente, se dijo importada de América. En sus versos descriptivos y de inspiración popular encontramos una esplendidez musical, pictórica y temática, conviviendo con una exploración de todos los sentidos, que pujan por sobreponerse a una visión de la realidad objetiva y, por lo tanto, insuficiente. En las composiciones del malagueño hay sensualidad erótica, alusiones mitológicas, vocabulario preciosista y retumbante, así como una exaltación casi mística del poder reformador de la naturaleza. Y todo ello sin dejar de lado una preocupación formal que le lleva a sacarle todo el jugo al ritmo y la rima, y a innovar en la métrica con el dodecasílabo o el soneto alejandrino, lo que hace todavía más increíbles y malévolas las acusaciones sufridas por Rueda en el sentido de que no había leído a los clásicos y de que no dominaba la técnica. Lo cierto es que ésta no parecía revestir mayores secretos para Rueda, razón por la cual luchaba contra la monotonía y echaba de menos la variedad: quería, como él mismo confesó, «variedad de ritmos, variedad de estrofas, combinaciones frescas». La suma de todos esos rasgos nos lo presenta como un auténtico anunciador de las líneas maestras del Modernismo.

Al lado de la larga lista de libros poéticos en los que no dejó sin cantar prácticamente nada (por poner tres ejemplos bien dispares, compuso poemas al gazpacho, el microscopio o la mecedora), para delinear una exacta fotografía de cuanto produjo Rueda hay que hacer mención de sus colecciones de relatos y cuadros de costumbres ('El patio andaluz' [1866], 'El cielo alegre' [1887], 'Granada y Sevilla' [1890] o 'Tanda de valses' [1891]), de sus novelas ('El gusano de luz' [1889], 'La reja' [1890], 'La gitana' [1892] o 'La cópula' [1906]), de sus piezas teatrales ('El secreto' [1891], 'La musa' [1901], 'La guitarra' [1907], 'Vaso de rocío' [1908], 'El poema de los ojos' [1908], 'La vocación') o de sus incursiones en el ensayismo literario con 'El ritmo' (1894).

Una producción tan caudalosa y prolífica como la suya le acarreó una estela de celebridad en Hispanoamérica, de forma que viajará en varias ocasiones al nuevo continente para recoger los frutos de su éxito, siendo muy notable el agasajo que se le brindó en el Teatro Nacional de La Habana el 6 de agosto de 1910 a través de unos fastos impresionantes que, hoy día, no se le tributarían ni al mayor poeta de la nación. En los mismos, y ante un ministro español y el vicepresidente de la República cubana, diplomáticos, miembros de la aristocracia y pueblo llano, Rueda fue coronado en olor de multitudes, viviendo uno de los momentos más emocionantes, sin duda, de su carrera literaria.

Asturias no se queda al margen en la trayectoria literaria de Salvador Rueda, de forma que nuestra región establecerá con el padre del Modernismo español una relación que cristalizará en diversos frentes, y a la que me referiré próximamente.

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