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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Sociedad

'Gajes del oficio de vivir, de haber vivido mucho'
Discurso de investidura de Ángel González como doctor honoris causa por la Universidad de Oviedo
12.01.08 - 10:28 -

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Excelentìsimo y magnifico señor rector, presidente de la junta del Principado de Asturias, profesores de esta universidad, amigos y amigas. Voy a ser muy breve, siempre fui hombre de pocas palabras, creo yo, y esta vez tengo todavía menos, o lo que es más grave, lo que me faltan no son las palabras, son las ideas. Son gajes del oficio de vivir, de haber vivido mucho. Los transistores se gastan o se pasan, se dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo, pero yo no lo creo. Con la vejez al diablo se le olvidan algunas de sus propias diabluras. El tiempo, que primero nos hace crecer, acaba haciéndonos menguar, nos empequeñece eso es la vejez. Por contraste, la juventud es tiempo de proyectos, de esperanzas puestas en el futuro, que es lo que cuenta.
Cuando el futuro hace un llega y se pasa un poco de la raya, comprobamos con estupor que lo único que cuenta es el pasado. Lo que habían sido expectativas se convierte en nostalgia o en elegía. Esa nostalgia, teñida de elegía, es lo que siento hoy al regresar a la Universidad de Oviedo, para recibir el título de doctor, al que nunca hubiera intentado aspirar en mis lejanos días de estudiante. Título que sin duda no merecía y que hoy me es otorgado graciosamente por obra y generosidad del magnífico rector de esta universidad. Lo grave es que quizás ahora tampoco lo merezca. No piensen que estoy haciendo alarde de falsa modestia que, generalmente, cuando se expone tan descaradamente, oculta grandes dosis de vanidad. No se trata en este caso de modestia ni de vanidad, cualidades o defectos a los que no soy totalmente ajeno. Se trata de una cuestión de identidad.
Aunque con frecuencia nos pensemos como un solo hombre, somos una sucesión de hombres que desaparecen y desaparecen a lo largo de nuestras vidas. Y eso es lo que acaba percibiéndose cuando, como en mi caso, es lo suficientemente dilatada. Esa es una de las enseñanzas de la edad que aprendí no demasiado tarde. Miro hacia atrás y me asombro de cuantos rostros, cuántas máscaras, cuántas figuras, cuántos trajes, cuántos uniformes, he sido. Pero de todos cuanto fui, supongo que el honor que hoy recibo se otorga al autor de algunos libros de poemas que escribió alguien que no soy yo. Que el premiado es el autor de los libros de poemas quedó muy claro en la espléndida intervención de la profesora Josefina Martínez. Acepto pues este doctorado honoris causa en calidad de heredero o causadiente del poeta que fue y que decidió dedicarse a hacer versos cuando estudiaba aquí la carrera de Derecho.
Los poetas suelen ser muy sensibles al proceso de metamorfosis que sufrimos todos con el paso del tiempo. ‘Yo soy aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción profana’ escribió Rubén Darío. Yo modificaría sus palabras a riesgo de romper su eufonía y tendría que decir ‘yo no soy aquel que ayer no más decía, soy como antes apunté su sucesor, su causadiente’. Yo también, consciente de las transformaciones que nos impone el sigiloso paso de los días, me pregunté hace tiempo ¿cómo seré yo cuando no sea yo?

Al fin he resuelto ese enigma que entonces me intrigaba. Lo que después de tantas vicisitudes he llegado quizá definitivamente a ser es un viejo jubilado, un viejo jubilado que está aquí justamente en función de heredero de aquel poeta. He perdido los papeles como me pasa tantas veces en la vida. Es un viejo jubilado que contempla la vida con asombro y nostalgia y hago míos unos versos de Jaime Gil de Biezma: ‘De la vida me acuerdo, pero ¿dónde está?’

Con esta cita de Jaime Gil de Biezma incurrimos de lleno en el tema de la nostalgia, un tema que yo abordé muy tempranamente, hay un viejo poema mío titulado ‘El toro de la nostalgia’ en el que describo un Campus Universitario (o lo que yo imaginaba entonces que era un Campus Universitario americano), todavía no los había conocido, aunque muchos piensan que lo escribí después de haber tenido experiencia docente en EE UU. Pero no, fue escrito poco antes de ir, es una imaginación de un campus más libre, donde la gente, los estudiantes, podían ser más felices, más espontáneos, más alegres. Y yo les decía a esos estudiantes que describo (por cierto que hubo una cita a un rincón de esta universidad a raíz del culto jardín del rectorado y estaba pensando en un jardincillo que hay aquí cerca si no me equivoco y ese jardincillo que le atribuyo otras cosas es una imagen que me volvió de aquel jardín).
Bien, les digo a estos estudiantes: todo esto será un día materia de recuerdo y de nostalgia. Volverá terca la memoria una vez y otra vez a estos parajes, lo mismo que una abeja da vueltas al perfume de una flor ya arrancada inútilmente. Bueno, no creo que sea inútilmente este regreso a estos parajes, estos parajes que fueron escenario de mi juventud. Vuelvo aquí con una mezcla de melancolía y alegría, satisfacción y tristeza, todo junto formando un conglomerado sentimental que a veces me hace sentirme muy afectado.
Estamos dentro del terreno de la emoción en esta vuelta a la universidad de Oviedo. Aquí estuvo y en cierto modo sigue estando parte de lo mejor de mi vida. Eran tiempos sombríos, tiempos difíciles, tiempos malos, cuando yo vine aquí a esta universidad la guerra acababa de terminar.

España, y Oviedo muy especialmente, era un espacio en ruinas, en ruinas todavía humeantes, o por lo menos despidiendo polvo de las explosiones. De todas maneras, a pesar de esa oscuridad, de esa opacidad de España, de Asturias, y de la universidad, todo hay que decirlo, yo aquí fui feliz, en muchos momentos feliz , eso que no hay nada que venza a la juventud, aquí tuvo su escenario, su telón de fondo. Aparte de eso, la Universidad de Oviedo ha cumplido una serie de actuaciones y de episodios que podemos calificar de beneficios colaterales. Aquí había, aunque muy tímidamente, todavía, recuerdo que estamos hablando de los primeros años 40, había actos culturales, conferencias, conciertos, alguna cosilla que se salía un poco de lo corriente de lo que era la vida gris, monótona y aburrida de la ciudad.

Y, sobre todo, entre los que yo llamo beneficios colaterales, están gentes que me enseñaron muchas cosas fuera de las aulas, y yo quiero citar aquí especialmente, porque fue para mi, aparte de un gran amigo, un gran maestro, quiero citar aquì a Emilio Alarcos, si no hubiera aquí universidad yo no tuviera la suerte de conocer a Emilio Alarcos y de compartir muchos momentos gozosos y graves de la vida humana, de manera que esto también se lo tengo que agradecer a la Universidad de Oviedo.
Claro, con este motivo no me queda más que dar muchas gracias. Gracias por lo que esta universidad representó en mi vida, gracias por lo que ahora me otorga graciosamente. Gracias al rector, Juan Vázquez, gracias a la presencia de ustedes aquí, gracias a la presencia de Tini Areces, gracias a los profesores que me escuchan, gracias a todos ustedes, amigos y amigas, y estoy también muy contento de compartir el honor con un viejo amigo, que he conocido y con quien he compartido algunas aventuras empresariales y gastronómicas que terminaron muy mal, pero en fin lo pasamos muy bien mientras duró esa aventura y estoy encantado de compartir con él este honor. Muchas gracias a todos y quiero terminar leyendo un último poema y digo el último que publiqué hace una semanas apenas en El País Semanal, es un poema cuya oportunidad les explicaré luego. Se titula ‘El poema de los 82 años escrito antes de los 82’, pero le actualicé la fecha un poco:
Ha pasado casi un siglo.
Soy un señor muy antiguo.
O mejor;
lo que queda de un señor:
unos restos
desvaídos,
algún gesto
que pretende ser cortés.
Es poco, pero algo es.
Dicen que el agua pasada
No mueve molino.
Pero el río de la vida
que pasó
sigue moliéndome vivo,
hecho polvo
enamorado
del agua, del agua aquella,
cuyo murmullo lejano
aún oye mi corazón.
En ese murmullo lejano del río de la vida que pasó, oigo especialmente el reverberar de los muros
de esta ilustre y antigua casa.
Muchas gracias.

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