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La fama
12.12.07 -

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FAMA, dinero y poder; esos, dicen, son los tres impulsos que mueven el mundo. Hay quien piensa, un grupo de cuyas filas uno se resiste a salir, que es el amor, lo cual es infinitamente más esperanzador. Pero aunque, con una gran dosis de idealismo, se les quiera negar su carácter de motor de la historia, no cabe dejar de admitir que al menos son tres metas por las que han luchado, muerto y matado los hombres de todos los siglos. De las tres, el asesino de Omaha eligió matar y morir por la fama. Quiero ser famoso, y tomó el fusil, entró en un supermercado y mató a nueve personas. Tenía diecinueve años y una mente en la que no había cabida para las consideraciones sobre el valor de la vida. En el templo de la Fama tuvo que apagarse otra vela para que no le rindiera culto alguien que la amaba con un ardor tan perverso.

Como bajo el sol que nos calienta no hay nada nuevo, este es un afán tan antiguo como el hombre. Conocida es la hazaña de aquel tal Eróstrato, un pastor que, en el siglo IV a. C. incendió el famoso templo de Artemisa, en Éfeso, sólo para alcanzar la fama. Muy famoso no se hizo -la Historia a veces no abre sus puertas a quienes quieren entrar en ella-, pero sí pasó a los documentos y por eso llegó a nosotros, aunque sea como un simple nombre. Una versión española de Eróstrato fue otro pastor, un cabrero de Gallipienzo, un pueblo de la ribera navarra, que metió las cabras en los viñedos mientras los vecinos estaban en misa, «porque quiero hacerme famoso», según dijo. A este la Historia ni siquiera le recompensó con la mención de su nombre. Bien podría haber aprendido el de Omaha estas dos lecciones.

En el arte y en la literatura, la Fama casi siempre está vinculada con la Victoria, tal vez porque de ésta se derive casi siempre aquélla, pero eso era cuando las conductas parecían estar más imbuidas de nobleza y se perseguían fines más altos. Hoy la fama se persigue por los platós de las televisiones, vendiendo las miserias personales, por abyectas que sean, y desnudando sin pudor los sentimientos propios y ajenos. Empeño espurio y volátil, porque, como alguien ya escribió, la fama que conceden los hombres nunca está de acuerdo con la causa de la que se deriva. Es como la sombra, que es siempre más larga o más corta que el objeto que la produce.

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